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| ------------------------Apuntes preferenciales, por Vera Land | |||||||||
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De las cuarenta y tantas pelis que vi en lo que va de 2002 estás son las que me provocaron mayor placer. La primera sostenida por un monólogo externo y la segunda por un monólogo interior.
Una silla, un actor y algunos cigarrillos Algunas veces llegamos a la sala de cine conociendo la trama del film o con cierta información que nos hace estar alertas a determinadas sutilezas que no queremos perder; otras veces entramos, con mariposas en el estómago, sin ninguna lectura previa ni comentarios de nuestros amigos; y en ambos casos la experiencia cinematográfica, cuando las luces se apagan, nos agarra o no independientemente de las situaciones anteriores. Entré a la sala donde se proyectaba A Huey P. Newton Story sin saber que se trataba de un unipersonal, probablemente de haberlo sabido la hubiera salteado. ¿Pasarme 130 minutos viendo un actor haciendo un monólogo y en formato 35mm? ¿Filmar una obra de teatro sin adaptarla? ¿Qué sentido puede tener? Spike Lee --el muchacho que cambió el punto de vista sobre la temática afroamericana en el cine contando historias divertidas, barriales y a veces pasadas un poco de moralina--, dio un disparo acertado con esta rara elección. A Huey P. Newton Story es azul, azul como el humo gris de los cigarrillos y azul como el pelo negro de Roger Guenveur Smith, guionista, actor y autor de la obra de teatro que llenó seiscientas salas antes de llegar al celuloide. Todo lo que hay es un hombre sentado soltando un monólogo descarnado, filoso, improvisado, encendiendo los cigarrillos y moviendo la pierna nerviosamente mientras el humo flota mostrando el momento que se evapora. El humo es la ilusión del tiempo real, el transcurrir de una supuesta tarde en la que el carismático y peligroso líder de los Patera Negra habló en una cárcel de Nueva York. El hombre desde la silla despliega una autobiografía vibrante y envolvente, muestra su dureza, su ironía, su debilidad. Se ríe de sí mismo, se pierde, lee poemas malos y en algún momento podemos tener la sospecha de que la cosa va en ambas direcciones: Newton es Smith y Smith es Newton.
Ciento setenta y nueve palabras para Elegy of Voyage El agotamiento, el sueño, las sustancias alteradoras de la percepción, la escritura automática, intentos por atrapar algo, perseguirlo, capturarlo sin acomodarlo, evitando el proceso de etiquetado y clasificación intelectual en el cual tantas veces se escurre lo original. En Elegy of Voyage Alexander Sokurov nos entrega un sueño. Propio y universal. No lo aclara, ¿para qué? Sumergidos en el mundo blando de los sueños la voz que se nos presenta es nuestra voz desdoblada, interna y abarcadora, con capacidad de vernos desde afuera pero sin comprender el todo. Elegy of voyage es el viaje del inconsciente, el viaje certero, el ir de un sitio a otro sin transición, llevado y llamado por paisajes y pasillos hasta arribar al lugar donde un misterio será revelado. Los finales de los sueños de viajes y transiciones, de faros con respuestas, de casas vacías que encierran un secreto no fallan, Alexander Sokurov tampoco y en el desenlace frente al cuadro de Pieter Saenredam el hombre encuentra la inquietante certeza. La pieza que falta para comprender todo. ¿Qué? Despertamos y el significado se evapora.
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