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Tanto
pasó el amor por este número de Mabuse, tanto pasaron el
sexo y la celebración amorosa, que los vaivenes porno-poético-eróticos
de Ramón pidieron pista y entraron. Senos es un libro en que se
encuentran relatos, por lo general bastante breves, protagonizados por
senos, que se relacionan de una u otra manera con las mujeres que los
portan, con sus amantes, con los viandantes que se detienen a mirarlos
pasar...
Macedonio Fernandez decía de sí mismo que no era un literato
por carecer de gracia en el decir; (y dicho con esa gracia...). Pero que
en cambio Ramón Gomez de la Serna sí lo era. Aquí
entonces, algo de su gracia.
Prologo
a "Senos".
Este libro esta escrito en plena videncia juvenil, por lo que al releerle,
después de toda la experiencia acumulada, creo que hice lo que
debí hacer cantando a pleno cantar la belleza indecible de los
senos, lo que más suavemente eleva a la mujer sobre la bestia,
pues solo la esfinge se ha atrevido a tener senos como ella.
Lo mórbido que palpita y siente, lo mórbido que puede hablar
de lo que experimenta, es lo supremo de lo supremo: el salmismo del ensalmo
sumo.
Quizá por eso el segundo libro que publiqué casi en la infancia
se llamo Morbideces y, siendo un libro de confidencias espirituales, se
amparó de ese titulo porque ya había en él barruntos
de la idealidad de los senos, cuya palabra cumbre no me atreví
a escribir sinceramente sino años después.
Dignificadores del deseo, son ellos la consecución mas importante
de las que alientan la vida.
Desde luego, necesitaban para ellos solos un Cantar de los cantares que
trasluciese la obsesión más decantada del joven, la indeshinchada
ilusión del hombre aun en su vejez, siendo por eso por lo que en
las casas mas hipócritas se eligió el cuadro en que el anciano
mártir, condenado al hambre en la cárcel, se acucia en los
senos de su hija.
En los senos se guarece el alma femenina, y quien asciende en un afán
sólo hasta ellos, ira a la mujer con un romanticismo que podrá
ser duradera galantería y fiel cortesía en el trato hasta
la muerte.
Intenté almibarar y acicalar el estilo como los místicos,
pero sin mentir el desasosiego juvenil que será eterno en el mundo.
Sé que estuve alumbrado por el fervor global de una luz potente
y que no sentí arrepentimiento mientras escribía mis letanías,
pues trazaba palabras consagrativas al Arte y la Vida.
Sinceras oraciones de un afán que sigue vivo en mi, pues creo que,
si se establece contacto real con la metafísica, es solo gracias
a ellos, que en plena realidad siempre son irreales.
La salud de la rectitud de los sentimientos varoniles está en la
superación de su idea, pues solo gracias a los senos se eleva sobre
la pornografía.
Lo paradisiaco, lo inlogrado, lo que revela la ilusión, lo que
hace que el hombre se revuelva contra lo efímero, lo que permite
que sienta una caricia del alma en el alma, está en los misteriosos
senos, en que se supera la delicadeza de la materia manteniendo intacto
su secreto.
Yo bien se que si rehiciese ahora este libro lo llenaría de mas
verbosidad, encontraría mas extraños matices, pero al mismo
tiempo debilitaría aquel ardimiento que me hizo tirar por el camino
de en medio, por el camino peligroso de la vía láctea. Con
abrasadora sed juvenil y con una fe en la mujer que nunca perdí,
sorbía en el cuenco de mi mano la forma del agua que se desvanece
al instante por los resquicios de ese cuenco entreabierto que es la mano.
¡Solo somos pobres escultores de agua!
Es un libro orientador como señal del camino en el que está
el nombre y las señales del pueblo del tesoro.
Significan cerca del pensamiento lo divino sensible y basta que este señalado
su sitio por el botón femenino para que sean esenciales.
Son el dorado tirador glorioso que da a la habitación en que se
reúne la vida y la muerte.
Ser el dominador de unos bellos y sensibles senos es mas que tener genio.
Arpegios materializados, señal anticipada de la felicidad, es el
único anclaje sensorial con el mas allá paradisíaco.
Todo el estilo del lenguaje se pronuncia ante ellos y muere inútil,
pues si vuelan son como una sombra.
Son del más puro lirismo interno y son la única mano con
que nos quiere salvar la naturaleza de la anonadación total, las
únicas boyas flotantes cuando nos vamos a la deriva.
No podían escaparse por eso a la especulación de la palabra
holgada y libre.
El horror de los celos a su desamor, es como el que toma el ave a los
huevos que empolla cuando alguien los ha tocado en el nido.
Son como la cúpula vista desde fuera, la umbela secreta, el floripondio
anatómico, lo que ya esta muerto y, sin embargo, vive.
Toda la danza, lo mas fino de ella, son unos senos bailarines.
Renoir ya lo dijo rotundamente: "Si no hubiese tetas, yo no pintaría".
Cuando los poetas aluden a la muerte la llaman "la sin senos".
Nadie mas que el genial Creador podía escultorizar tan suaves quimeras.
Los senos son los salvavidas de la muerte. Sólo agarrándonos
a un seno nos podremos salvar.
Ese algo que cae lento pero pesado es la comprobación de la dulzura
de la materia, de lo que esta más allá de lo sensual, lo
sensorio.
Lorca supone "los dorados senos de las cubanas" y los "senos
de cristal arañado" de las rameras.
He llegado a suponer que las guerras, las revoluciones, la política,
toda violencia que se hace la disimulada, solo trata de cobrar unos senos
en el botín final de su victoria.
Los senos rubios de las rubias y los blancos de las morenas, parece que
van a fundirse alguna vez, pero no se funden nunca. ¡Pobre de la
que no tiene mas que la sombra de los senos, el ciprés del nacimiento
muerto !
El reclamo de los senos es a veces demasiado orgulloso, pero entonces
la vida les para en su soberbia y en su movimiento y quedan como juguetes
muertos sobre los que llora una niña.
Casi todos los senos son frígidos, pero si se llegan a conquistar
senos enterados, el más allá del placer esta logrado. Esa
es la suerte mayor de la vida, el hallazgo sumo y todo lo demás
resulta pecaminoso y brutal.
Solo se sabe cómo habla la mujer cuando sus senos saben hablar.
El seno avizor responde, ha sido dotado por la divinidad de un especial
permiso para que pueda estar el delirio cerca del pensamiento. No se necesita
más. El amor ha ascendido. Ya no hace dengues de vanidad la mujer,
sino que se deja decir hasta las mas hondas palabras de amor y se siente
la respuesta deliciosa. ¡Tesoro, verdadero tesoro!
Solo no responden los senos de timbre muerto, en los que, cuando más,
hay una respuesta de dolor.
El camino de los senos es largo, largo, con mucha espera y años
que se pierden en la espera; pero si la esperanza es grande, un día
sucede lo inaudito.
Estaban en reserva y se logra que la pierdan.
El milagro es lento, pero seguro. En su nínfea de seda se escucha
la voz del alba y de la noche, reunidas, sin quererse desenlazar, prendiendo
los días unos a otros, como en un simulacro de inmortalidad.
En ellos está la palabra como antes de pacer el mundo, y la copa
que les sirvió de modelo está como fue antes de endurecerse,
cuando no era revés de copa aun, cuando eran el principio de todas
las caracolas de nácar.
Se esta en la madurez cuando encontramos el mas perfecto cáliz
en que poder hacer el resumen de lo vivido y de lo que no se pudo vivir,
de lo buscado en vano.
Todos ya no eran ninguno, es decir, sólo eran esa sombra blanca
y sobrenatural que respondía al ahondamiento, que decía
lo que la nube no puede decir y la estrella dice quizá, pero no
se oye.
Senos lustrales, con recepción del más allá en el
mas acá, pilas benditas con reposo en su delicadeza acorcaban el
amor y salvaban en flotación de cielo.
Todas las palabras abombadas y exultantes resultan procaces ante esas
esquinas de altar, en que el amor se ahorra para el más allá.
Al caer hacia el cielo o al caer hacia el infierno el caso es tener su
asidero y sólo eso salvará de interminable trayectoria.
Hacen el silencio a su alrededor y solo hablan ellos, y la degollada deja
que se sepa donde había escondido su alma, donde la guardará
siempre y desde donde podrá resucitar.
Son vanos todos los esfuerzos por decir que se ha hecho en la vida hasta
que la flecha de la palabra encuentra su blanco y se abren cenadores en
la sombra.
¡Cómo habrán sido de inútiles todas las palabras
como rosas de cera pronto rotas!
En ellos resulta que los círculos que crean las palabras al caer
en el espacio, en vez de retirarse cada vez mas de su centro, se centran
y sólo paran cuando, amontonándose, forman el pequeño
capacete del alma, su fanal.
Gracias a ellos, se saben al fin cosas secretas que parecía no
ser posible saber nunca, como dónde esta el ángulo intimo
en que las paralelas se reinen.
Lo mismo da que en ese momento del hallazgo se apague la luz, pues quedarán
como joyas encendidas, ágatas antes de petrificarse, frutas que
hablan en el momento de entregarse a la fuerza de gravedad, vislumbres
en la negrura concedida. Horacio los ponderó y definió genialmente:
Que
el cuenco de la mano palpe en hondo
la redondez del seno y su latido,
hemisferio de amor, mundo redondo
a dimensión de beso reducido.
Novalis
dijo de ellos palabras excelsas:
"El seno es el pecho elevado a estado de misterio, el pecho moralizado."
En
los senos hay un recuerdo de los primeros que nacieron del mármol.
Entre todo el tostado de la piel blanquea algo con blanco de pan: ese
es un seno.
En ellos está todo el peso de la naturaleza, del aire, y del arte.
La vida está adornada con farolillos de senos.
El cascaron de los senos está en los hombros.
No cabe duda que Dios quiso dignificar con ellos la figura de la mujer
y por eso los puso en lo alto del pecho y los desnudo de pelo.
Invertidos y colganderos son como el embudo por el que se filtra y pasa
la delicia de la vida.
Son ventosas del deseo para ella y para el.
En un seno ya se sabe que esta el corazón, pero ¿y en el
otro? En el otro estará el alma.
Todos los deseos se pueden sentir ante ellos, hasta el deseo del poeta
moderno, ante los de la quinceañera, de cascarlos con cucharita
como si fuesen unos huevos duros.
Los senos idealizan el pecado y por eso es casto ver el seno alto de las
vírgenes, como si aquellos pintores quisieran que les saliese de
la propia garganta.
Cuando el escultor ve aparecer el seno en el mármol, cree que fue
un milagro, y eso que aparece sin areola, la sombra morada de la llaga
de amor.
Los senos son las dos grandes lágrimas que llora la belleza por
ser tan efímera.
Péndulos sin ritmo o movidos una vez como para no volverse a mover
nunca, son presagios de la muerte acariciada. La naturaleza es plurimama
y hasta Napoleón todo lo hizo por encontrar al final de sus victorias
unos senos como tope del mundo que acabará cuando se hundan los
dos últimos senos como las dos bovedillas del misterio y del descanso.
Los senos que responden son los ósculos entre lo finito y lo infinito,
las vueltas de llave en la puerta del deposito de alegría, la serena
complacencia de estar entre tanto retrato y momia, desmentidas las sombrillas,
abandonados los palcos, huidos de las playas frías en que se bañan
engañosas mujeres.
Ya ha pasado el índice de todos los senos de bazar, esta cerrada
la cubierta y prologado el libro por última vez.
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