---------------------Eusebio Poncela habla de La Sonámbula. Por Javier Diment.

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(Entrevista hecha en 1998 para el Making Off de La Sonámbula, dirigido por Gabriel Posniak)

(Bajar en Word)

 

Los caminos del señor.

Los caminos del señor son complicados, y en este caso hasta muuuy intrincados. Es que a mí me llamó Fernando, a quien yo no conocía de nada en absoluto, para proponerme un rol de salvador de la comunidad bonaerense, Gauna, un hombre que aparece como en pantalla, en interrupciones, y que da mensajes, como una especie de Gandhi, una Madre Teresa de la política, un duro, un oso.

Y yo inmediatamente rechacé ese rol.

Yo soy una persona bastante controladita, educadita, pero no lo parezco, ¿entiendes? Entonces a veces hay que atender a las apariencias, aunque no tanto como en esta ciudad que me rodea. ¿Entiendes lo que digo? La apariencia es fundamental. No puedo hacer una persona que diga vengan a mí, no tengan miedo, porque tengo cara de punkie, no iba a venir nadie, iba a ser un fracaso el mensaje.

Entonces dije que no, lo siento mucho, en otra ocasión será. Y de pronto este hombre empezó a poner cara de loco, más de la que tiene, y dijo no, ahora he pensado otra cosa, y lo que había pasado era que el que iba a ser protagonista le había dicho que el protagonista era yo.

Así empezó. Yo había leído el guión de forma oblicua... o sea china, o sea que lo lees por acá (inclina una página hacia abajo, adyacente a su mirada). Y entonces lo leí de una manera más horizontal digamos, que es que lo ves por acá (pone la página recta frente a sus ojos), o sea un poco más directamente, ¿verdad? Y me pareció francamente horrendo. Ningún guión es perfecto, pero este sencillamente era imperfecto.

Ya en los ensayos empecé a meter caña de lo que pensaba, de lo que sobraba, porque sobre todo sobraba. Y teníamos un problema que eran los 10 primeros minutos, bastante farragosos, que yo creo que ni un milagro nos va a salvar. Pero hemos hecho un buen trabajo con la historia. La verdad, empecé creyendo en Fernando, aunque la historia era bastante imperfecta, pero se podía arreglar.

 

 

 

Yo soy cineasta, lo que pasa es que desde este lugar.

No construyo ni hago personajes. Yo voy sobre la marcha a la persona que tengo que hacer. No hago método ni construyo: lo vivo. Desde que estoy en el water cagando a la mañana, ya está. Y luego tengo que estar en rodaje, y si no filmo también estoy... estoy... estoy en la película. No construyo nada. Soy el anti – actor en ese punto.

Y aquí sobre todo comprendía a la persona que tenía que vivir. La comprendo mucho... porque yo soy un maestro de huidas, y como él huye, y yo huyo divinamente, nadie mejor que yo sabe de qué se trata.

Lo que me parecía raro eran los detalles, la parafernalia, que en muchos casos no eran reales, había que cambiar, rectificar... Y ahí entré directamente a destrozar el guión de Piglia, es normal. (Poncela mira a cámara: Piglia, bonita, eres muy mona, de verdad, me debes la mitad de tu sueldo).

Si bien no soy yo quien debería decirlo, mi injerencia en la película es muy potente, sí, como debe ser, porque yo no soy actor ni nada de eso. Yo soy un cineasta, lo que pasa es que desde este lugar. Punto.

 

 

Putones y cardíacos.

Siempre estoy chequeando cómo quedó la toma. Es mi obligación. Si el director está contento con cómo quedó la toma, y yo no, estamos repitiendo.

Las películas no se ensayan, digamos: se comentan. Cuando yo veo un ensayo salgo corriendo a mear. Se comenta cada escena, qué pasa aquí, qué podríamos aprovechar de esto, de qué se podría prescindir, sin qué no existiría esta escena. Y básicamente lo que se habló, queda. Queda en la memoria, donde tiene que estar. Estuvimos casi un mes, o sea que ya tuvimos preparada prácticamente toda la filmación, íbamos muy seguros. Dentro de que esto es un juego de inseguridades, y que las seguridades tampoco sirven. Bastante firmes con el tema.

Y luego, sobre la marcha, íbamos cortando; de manera que cortamos casi la mitad del guión. Sobre todo los diálogos. Kluge hablaba y hablaba, y yo pensaba que prácticamente no debía hablar, que era casi un autista. Porque estaba tan desesperado, quería huir tanto, no quería a su mujer, a su hijo, no le gustaba la casa ni el trabajo, era medio botón... Entonces: ¿por qué iba a hablar? ¿De qué iba a hablar? Si esto era un asco, ¿qué iba a decir, iba a vomitar la mierda que tenía? No, no, era un ser silencioso. Se trataba de que quería huir, y no sabía el procedimiento. Si tenía que pisar una cabeza la iba a pisar. No solo iba de botón, sino que tenía una parte de hijo de puta importante. Pero por ahí te digo... él creía en él, tenía confianza en no sé qué de él, de que podía salir fuera de esa basura. Y esa fuga le permitía ser concienzudo de algo... no voy a decir "bueno", pero de algo ligero, no tan dark, tan heavy, tan asqueroso. Eso siempre lo tuvo, incluso en el peor momento, cuando es el peor sorete, él tiene esa cosa de hombre... de gran hombre. Perdedor, lo que quieras, pero...

Yo decidí que él era de Honduras. No me preguntes por qué, pero no hay que traicionar. Yo no puedo imitar un acento bonaerense porque me corto la cabeza yo mismo. Entonces voy con las influencias, uso "viste", "boludo", lo mezclo, hago un cóctel, y lo que sale es una cosa medio neutra. No me acuerdo de nada, no soy de acá, mis raíces no son de acá. Entonces ahí arreglamos un poco la cinta, por si alguien dice: Oye, ¿por qué habla así y está en Buenos Aires? La crítica pelotuda que se fija en esas cosas, bueno, ya tenemos el detalle: no es de aquí. Játe.

Al público hay que entretenerlo todo el tiempo, hay que ser putas directamente, cineastas putones y cardíacos. Que no vayan a comer muchas palomitas de maíz, porque todo el esfuerzo de estos dos meses se va a cagar. Estamos trabajando para ellos. Así que cuando había cosas demasiado confusas, que ni yo mismo entendía, le decía a Fernando pero nene, si no lo entiendo yo, con lo lista que soy, ¿lo va a entender María en la fila 4? No, no, no.