---------------------Ragendorfer y las palabras. Por Javier Diment.

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Ricardo Patán Ragendorfer (cronista policial que trabajó en Cerdos y Peces, Noticias, Tres Puntos, Gente, etcétera, que publicó Robo y Falsificación de Obras de Arte en Argentina, y en colaboración con Carlos Dutil el best seller La Bonaerense, y también participó, entre otros, de los programas de televisión El Otro Lado y Unidos y Dominados), no solo trabaja con la palabra, la saborea, la disfruta, la consume y sabe darle una vida propia, sino que además escribe y habla como si filmase.

 

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Mi fascinación por la palabra pasa por escribirla, por leerla, por oírla y por decirla. Por ejemplo, declaré una hora y media en el caso Cabezas, y era una situación muy incómoda, porque las preguntas te las hacen de atrás, tenés una cámara de televisión que te transmite a todo el país, y para colmo te equivocás en una y te hacen un falso testimonio. Y mis respuestas las escribía interiormente, era como leer algo que iba improvisando sobre la marcha. En un momento dado, refiriéndome a Yabrán digo "el fallecido empresario", y así como esa varias, que las voy escribiendo sin computadora, ahí. Y a veces cuando escribís estás hablando con vos mismo. Y también, por el valor que les doy a las imágenes, escribo como si estuviera haciendo cine. No son cosas planeadas, pero tal vez haya desarrollado sin planearlo una pequeña técnica al respecto.

 

Yo nací de puta casualidad en Bolivia, hijo de una familia austríaca. En casa se hablaba alemán, y el castellano fue mi segundo idioma. Después nunca logré aprender otro idioma. Estudié 8 años de inglés y se decir This is a table. Soy estrictamente bilingüe. En la primaria tenía acento alemán, y pensé en alemán hasta los 15 o 16 años. Y finalmente terminé haciendo de este idioma desconocido y ajeno mi oficio. Y por supuesto dejó de ser ajeno.

 

No me imaginé que me iba a dedicar a la escritura. Es más, durante toda la adolescencia carecía absolutamente de vocación, francamente no sentía inclinación hacia nada. Cosa que me sigue pasando, pero ahora tengo de donde agarrarme. En realidad, antes de mi primera nota periodística bien podría haber sido plomero gasista. Siempre, antes que uno haga por primera vez una cosa, no la hizo nunca. Pero después que la escribí me dije puta, nací para esto.

 

Ahora, me llamaron para trabajar en la televisión, y me gustó. Pero la verdad es que sentí una especie de culpa de adulterio hacia la gráfica. Y mirá que extraño: con las mujeres jamás me pasó tener culpa de adulterio. Con las palabras sí.

 

El lenguaje no es otra cosa que la exteriorización codificada de las cosas que uno siente. Yo, por ejemplo, no siento la poesía. A mí me conmueven cosas que dan francamente vergüenza. Por ejemplo, me voy a cortar la barba regularmente y hace muchísimos años a "La Tijera Loca", una peluquería atendida por Lozano padre e hijo, que tienen dos slogans: "Los cortes de Lozano se peinan con la mano" y "Corte por Lozano". Un día voy y no lo veo al padre, y le pregunto al hijo, que me dice "no sabés lo que pasó: se murió, acá mismo, estaba cortando el pelo y se murió". Ahí me tenté, porque pensé cómo le quedó el corte al tipo, y me imaginaba su pobre destino, porque no tenía derecho al pataleo; y supongo que se tuvo que ir, y habrá ido a otra peluquería, y el otro peluquero le habrá preguntado ¿Qué le pasó? Se me murió el peluquero. Y el otro peluquero le debe haber dicho ah, yo no se lo corto. Y debe estar vagabundeando por ahí, sin que nadie lo atienda. Y esa es para mi la literatura, pequeños disparadores, pequeñas escenas. Siempre cuento de un aviso en el Clarín, que me parece el cuento más corto que alguna vez haya leído. Decía simplemente "se vende cuna nueva, sin estrenar".

 

En Méjico llegué a conocer y a conversar un par de veces con Octavio Paz, y él decía que el ser humano es un imbécil y un canalla, tanto en el capitalismo como en el seudo socialismo, pero tiene una cosa maravillosa: que a veces habla, y en ese momento lo que dice deja de pertenecerle, y por sus cuerdas vocales comienza a correr la voz de la condición humana. Y ese es el caso clásico en que el que escribe quiere dominar lo que escribe, y termina siendo dominado por eso. Cuando me pasa, es lo máximo. Es como hablar con Dios.

 

(Suena el teléfono. La voz de Gladis recibe en el contestador. Luego de siete pitidos una voz de mujer dice: "bueno Riki, llamame". Patán acota: mi mamá; vos sabés que una vez, que me había peleado con Gladis, la mandé a mi mamá a buscar mis cosas, y antes de irse, con su tono alemán, le dice a Gladis: ¿me puedde ddarr para Riki unn pocco de marihuana?. Es sublime.)

 

Los idiomas no son otra cosa que sistemas de pensamiento, y cada pueblo tiene el suyo propio. Más que por los rasgos raciales los pueblos son pueblos por el lenguaje. Fijate, por ejemplo, la palabra "siniestro". Freud hace un estudio extenso sobre lo siniestro, que me di cuenta que únicamente lo podés leer, y podés decir uy qué lúcido es este tipo, si no conoces el alemán; conociendo el alemán te das cuenta que es medio chanta. Porque siniestro viene del latín, y aludía al tipo que se sentaba a la izquierda del rey; un tipo rasputinesco, medio torvo. Pero en alemán se dice unhaimlisch. Y el desglose es el siguiente: Haimlisch es hogareño, porque haim es hogar. Entonces unhaimlisch es lo extraño que aparece en el centro del hogar. Que es exactamente la teoría de Freud. Así como yo te lo expliqué, pero a Freud explicar esa palabra le lleva 70 páginas.

 

Nunca escribí en alemán y no creo que lo pueda hacer, así como no podría traducir. La traducción es una recreación, casi una versión libre del original. Hay una anécdota al respecto: Lúcio V. Mansilla va a visitar a Bartolomé Mitre, que lo recibe diciendo: "Lúcio, acabo de terminar la traducción de la Divina Comedia". Y este hijo de puta le dice "Muy bien don Bartolo, hay que joder a esos gringos". Y te digo más, creo que la izquierda argentina fue de un fracaso tras otro después de que Juan B. justo tradujera El Capital. Creo que mi simpatía hacia la izquierda tiene más que ver con Sandokán o con El Tulipán Negro que con Lenín. Además, viendo el Tulipan Negro descubrí a Voltaire, porque así se llamaba su caballo, y mi papá me dijo que debía ser un homenaje al filósofo francés, entonces quise leer al filósofo que dio su nombre al caballo del Tulipán Negro.

 

Una vez me censuraron una frase. La mafia china mató a una pareja de chinos, que apareció en una cama nupcial "envuelta en frazadas como dos arrolladitos primavera, solo que en vez de salsa agridulce, había sangre". Esa frase me gusta como literatura, y yo cuando escribo lo que me importa es la literatura, no la información o la noticia. Los policiales tienen eso, uno es un tipo normal, se levanta, se baña, le da un beso a la mujer y se va a laburar, pero en vez de entrar a una oficina te ves envuelto en una película, y lo que vos relatás es esa película. Me acuerdo de una frase de Goddard que dice "el escritor es un cineasta que hace películas sobre la página en blanco"; y tal vez por eso me dedico a policiales, porque es un espacio genérico que te permite describir situaciones. Mis notas están llenas de imágenes cinematográficas.

 

Me impresiona toda la iconografía de la noticia, los gestos... Me impresionan mucho los personajes que uno tiene que entrevistar. Por ejemplo el comisario Naldi, un gordo que decía "me dicen chorro porque ando bien vestido"; el hijo de puta tenía un saco rojo fucsia, camisa rosa salmón, zapato blanco, y decía que estaba bien vestido. Los tipos de la bonaerense, que desde hace unos 3 años vienen siendo mi ocupación principal, me impactan desde el punto de vista Copoleano. Si hacemos una analogía, los de la federal son el nacionalismo hitleriano, y estos son el fascismo italiano, como de película de Lina Wertmüller, que hasta serían simpáticos si no mataran, torturaran, esas cosas que hacen. Te cruzás con situaciones y personajes que son tan asombrosas, que de indescriptibles pasan naturalmente a ser ideales para describir. Y esas cosas las podés lograr no cuanto más talento tenés como escritor, sino cuanto más ojo tengas para visualizar lo indescriptible.

 

Más allá de la causa policial, a mí me interesan los colores de la situación. Una vez, para una nota, viajaba en 4x4 con Beliz, Castrili y William Braton, ex jefe de policía de Nueva York, el de la mano dura. Un boludazo, un tipo peligroso. Veíamos los barrios marginales y Braton preguntaba boludeces. En un momento quieren ver ofertas de sexo callejero, y vamos a Constitución. Pero era un domingo de Febrero, a las seis de la tarde, con 60 grados de calor y claro, no había nadie. El idiota de Beliz dice "uh, alguien les habrá alertado que íbamos a pasar nosotros". No Gustavito, le dije, hace calor. Hasta las putas descansan los domingos. Entonces quedaron en volver en otro momento. Y cuando yo escribo la narración fiel y cronológica de los acontecimientos, la cosa quedó (a sabiendas, lógico) como que Braton quería ir de putas, no había y prometieron volver más tarde. Esa no me la censuraron. Esa coló.

 

Durante muchos años escribí sobre el mundo del hampa, pero no para denunciarlos, para eso está toda la sociedad, que no hace otra cosa. Por eso nunca me gustó mucho la palabra "policiales" para designar lo mío. Veía que los periodistas, si le querían hacer una entrevista a un chorro, iban a la cárcel. Y ahí el chorro, presionado por la reja, siempre dice lo mismo, "no, cometí un error, debo pagarlo, y cuando lo pague voy a caminar derecho". Y como tenía muchos amigos delincuentes pensé ¿por qué no les hago reportajes? Después me fui quedando en el género. Ahora, con el correr del tiempo, me di cuenta que no hay delincuentes, que hay gente que trabaja de preso, porque los verdaderos delincuentes son los policías que manejan a los delincuentes, que los mandan a robar, o los sacan de la cárcel para que maten a un juez y vuelvan. Entonces, digamos, ahora sí hago policiales. Y fijate lo que son las palabras, en España, a los "policiales" se los llama "sucesos", que por lo menos no quiere decir nada.

 

El viejo tema es qué viene primero, si el lenguaje o el pensamiento. Aparentemente viene primero el lenguaje, porque no podés pensar sin él, así como no podés hacer una cirugía sin instrumentos. Si el vocabulario no te impulsa al pensamiento, la palabra es una cárcel. Un ejemplo lo veo en la gente que cuenta chistes que ya contó muchas veces. No se que puede divertirlos de repetir eso. A mí me interesan las humoradas espontáneas, eso me hace reír. Y fuera del tema del humor, el universo lingüístico en su conjunto funciona así. Me asombran las cosas que digo o las cosas que escucho, y no todo el mundo tiene esa capacidad, solo uno y sus amigos, que por eso son sus amigos. Cuando hablás con alguien y es un embole es porque en ese diálogo no hay ninguna sorpresa. Y hay vidas enteras que se terminan sin sorpresas, sin haber explorado algunas delicias, como las del sexo y las de la palabra, o ambas a la vez, que es lo que se llama sexo oral.

 

Una vez le preguntaron a Bukovsky si escribía para él o para los demás. El agarra un cigarrillo y dice "es como esto: el humo es para uno, y la ceniza es lo que se publica". A mí todo el mundo me dice que soy egocéntrico porque leo mis notas. Y sí, yo escribo para leer mis notas. Después se publican, me dan de comer, son mi profesión y las leen otras personas. Pero nadie conoce el back stage. Lo que uno finalmente escribe es el informe de una aventura, y esa relación íntima que existe entre el hecho que cuento y el cuento, no existe entre el lector y el texto. Al lector lo remite a una experiencia ajena, que no tuvo, y a mí me permite revivir algo que me sucedió. Pero es raro también, porque de alguna manera la obra es la caja mortuoria de la creación, que cuando ya está, la leés una vez y la archivás. Prueba superada.

 

Al escribir pongo mucho cuidado en la correlación de los hechos, para lograr un impacto. Así como en todas las cosas, hay tesis, antítesis y síntesis. Pero no es una cosa que aprendí a hacer, sino que lo voy dominando con el oficio. Una vez estábamos en casa con Osvaldo Lamborghini, él tomando hasta el agua de los floreros y yo fumando porro, y dijo "hay boludos por todos lados que hacen talleres literarios con la intención de escribir obras buenas, edificantes, bajar línea o lo que sea, en cambio hay personas que están condenadas a escribir, y yo soy uno de ellos". Después descubrí que yo también soy un tipo que está condenado a escribir, que es una condena maravillosa. Y lo que me condena es el hecho de ver y de hacer ver.

 

Además, si no escribiera sería un inútil total. Fui educado para ser un inútil. Yo le decía a Enrique Symms en un reportaje que me hizo hace como 10 años, que todas las minas con las que viví, al conocer a mi madre, hijo único y qué se yo, me dicen no saliste puto de casualidad, y en realidad no era ese el asunto: no salí inútil por casualidad. Y pongo mucho cuidado en el trabajo con la palabra en el texto.

 

Tal vez lo que hace más atroz a la realidad es su estructura de chiste. Y más allá de la tragedia, la injusticia y la melancolía del mundo, a mí me atrae lo cómico que es el mundo, las personas, sus protagonistas... Cuando alguien dice "palabra de honor", lo primero que pienso es que le está dando un lugar de verdad nada más que a esa frase, y todo lo que dijo antes y lo que diga después no tiene ningún valor. Hay modismos habituales que son terribles amenazas. Como cuando alguien te dice "mirá, no te quiero cagar, pero..." esa es peor que recibir un anónimo por teléfono. Así como desconfío de quien me dice "te doy mi palabra".

 

Hay gente que tiene un toco mental, laburan de bancarios y escriben, y dicen no quiero lucrar con mi arte. No es que no quieren, no pueden lucrar. Es como los tipos que te dicen no, yo no me vendo, y a la mayoría nadie los quiere comprar. Los surrealistas y las vanguardias de principios de siglo descalificaban la faceta laboral de la escritura. Yo pienso que es absolutamente necesaria. Porque la única manera de desarrollar tranquilamente este oficio o pasatiempo es siempre y cuando no tengas que ir a buscar la guita por otro lado. Es absolutamente necesario. Yo no se si escribo mejor que antes. Escribo como soy hoy, y hace diez años escribía como era hace diez años. Nunca entendí mucho a Symms, que escribía para jóvenes, teniendo él 50 años y pareciendo 70. Uno puede escribir únicamente para uno. Yo no puedo "escribir para". Aunque hay muchos oficios paraliterarios, o paraperiodísticos; si las circunstancias laborales me hubieran sido adversas y yo tuviera que escribir el house organ de Musimundo, tal vez mi lenguaje no se hubiera desarrollado mucho.

 

Pero mi elección del periodismo, y mi posterior descubrimiento de la fascinación de la palabra, y mi posterior ocupación en el género policial, creo que fueron etapas tan impensadas como inexorables. Y acá hay una cuestión de destino, aunque nadie sabe lo que es el destino concretamente, digamos que uno tiene el destino de todas las cosas que le han pasado.

 

Los periodistas incisivos son los más fáciles de parar. No hay nada más inofensivo que una pregunta incisiva. En cambio cuando te hacés el boludo y charlás coloquialmente (y yo no hago espectáculos, no entrevisto a estrellitas de cine, son tipos que se mandaron alguna cagada) es muy gracioso verlos, en ese tono de boludo, entrar como caballos.

 

Escribí en medios muy distintos, como Cerdos y Peces, Gente, Noticias, Tres Puntos, etc. y afortunadamente creo haber superado los medios en que he trabajado. En ese sentido te podría decir que siempre soy yo. Por ejemplo estuve once días en Ramallo después de la masacre, y escribí 3 o 4 notas en Gente sobre eso. Esas notas así como están podrían haber salido en Cerdos y Peces o en Página 30. Obviamente son medios distintos, y esto es un privilegio que no todos los periodistas lo tienen, pero dejan que sea yo.

 

Hay dos distintos targets de escritores: los que suelen hablar de su propia experiencia, o de sus propios episodios, porque la experiencia es algo abstracto, entonces tienen que protagonizar un episodio para contarlo; y los tipos que suplen las llagas de una vida muy monótona drogándose con eso, ensoñándose con eso. Los dos caminos son válidos. Pero pienso que en este momento la literatura pasa por ficcionar la realidad. Este género, que estamos haciendo tantos, es el llamado non fiction novelle, y su padre universal es Truman Capote. Lo curioso es que el año que escribía la obra fundacional del género, Rodolfo Walsh hacía exactamente lo mismo con Operación Masacre. Así que los tipos, sin ponerse de acuerdo, inventaron, o mejor dicho descubrieron la misma cosa en la misma época. Eso suele pasar, por un lado es mágico y por otro es el signo de los tiempos, o sea que los tiempos impulsan a dos desconocidos a hacer lo mismo en dos lugares del mundo. Einsenstein y Grifith, Rimbaud y Lautremont, Walsh y Capote... En este sentido, estamos hablando de los tipos que reflejan sus propias experiencias, y al decir esto no me refiero a alguien que cuenta las anécdotas pelotudas de si mismo, me refiero a Truman Capote, que hace A Sangre Fría a partir de entrevistar durante años a dos tipos que estaban condenados a muerte, y los tipos estos aceptan concederle la memoria de sus vidas, depositársela a él, a cambio de una pequeña cosa: que él asista a la ejecución de ellos. Y eso por supuesto lo volvió loco, es muy difícil desprenderse ya no de su experiencia de vida, sino de la experiencia de ir en busca de ese argumento, porque te envuelve. Y así como las palabras en un momento dado te entran a dominar, la preproducción de una obra literaria determinada también te lanza hacia un territorio incierto, que podés salir bien parado o terminar medio piantado.

 

De alguna manera ese es el fin de la literatura y del arte: no volverte loco. Todos nosotros tenemos cierta predisposición a la locura. A la gilada le gusta Artaud porque estaba loco; en cambio el era poeta a pesar de su locura. Siempre hay una búsqueda a lo estético, a lo bello, pero también hay una necesidad de enfrentar lo siniestro, y pienso que lo más siniestro de toda vida humana es saber que algún día va a terminar.

 

Hay una novela de Eric Ambler que se llama Viaje al Miedo, y en un diálogo entre un inglés y un alemán acerca de la inmortalidad humana, el inglés decía que el ser es mortal, pero a través de su obra alcanzan la inmortalidad. El otro le dice "Pamplinas". "¿Cómo pamplinas? Behetoven habrá muerto, pero sus cuartetos son inmortales". "Pamplinas -replica el otro-, porque van a morir en cuanto sean interpretados por última vez ante la última oreja humana". En una época, en Cerdos y Peces, hacía artículos que tenían ese talante, como "El Poder y la Muerte", y esas cosas.

 

Hay tipos que se excitan con el poder; yo no. Me excito un poco con la gloria, aunque también es una imbecilidad. Cuando era más joven tenía quilombos con la certeza de que alguna vez me iba a morir, y ahora me aterrorizaría saber que no voy a morir algún día, como Gilgamesh el inmortal. Imaginate que te enamorás de una chica de 17 años a las 10 de la mañana, a las diez de la noche tiene 50 años, y al día siguiente ya es una anciana. No, la inmortalidad no es un buen negocio.

 

Entrevista realizada en Junio del 2000. Publicada en la revista Sexicangrejo número 6.

 

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