---------------------Solaris, la vela y la combustión. Por Pablo Castellanos.

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O: Sobre la combustión del sebo que unta al pabilo, y de la verdadera forma de la llama de la vela.

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Solaris

En el filme Solaris del maestro ruso Andrei Tarkovsky (1), una base espacial orbita un planeta muy extraño. Su superficie, fluida y en constante evolución toma formas que recuerdan las circunvoluciones del cerebro. Tal vez es un planeta pensante, consciente... o mucho más. Mucho más de lo que nuestro entendimiento humano alcance a comprender.

La tripulación de la base ya no se comunica con la Tierra. Piraron. No pudieron soportar los extraños efectos que ese cuerpo celeste, o mejor dicho, que esa materia gris produce en sus anonadadas mentes: materializa deseos, perversiones o temores. Como en una verdadera reencarnación del inconsciente psicoanalítico, la nave se puebla de "reales" fantasías que enloquecen a sus progenitores.

La agencia espacial, para investigar los extraños sucesos envía un nuevo astronauta. Es el típico personaje tarkovskyano. Un hombre reservado, taciturno y filosófico, con un dejo de martirio existencial. Una vez en la nave, no se le aparecen ni monstruos, ni enanos, ni ninguna de esas ridículas criaturas de pesadillas infantiles. Se le aparece su mujer querida, el amor que una muerte prematura le hizo perder.

En este maduro argumento de ciencia-ficción, en cierto momento se despliega uno de los pasajes de mayor emotividad de la película. Una voz automática anuncia en la casi deshabitada nave, la interrupción del campo gravitatorio. Es una escena digna de una pintura de Marc Chagall: hombre, mujer y candelabro... Mientras los amantes levitan románticamente, un hermoso candelabro flota en quietud y silencio. Las sutiles llamas de las velas se elevan, pequeñas, puntiagudas, olímpicas y verticales.

Hasta aquí la película. Formidable! Pero a los boludos, hiperrealistas y obsesivos, se nos plantea algo horrendo en este punto crucial que nos aleja de esta metafísica obra de arte, y nos hunde en la más abyecta ciénaga de lo material y terreno.

Atención! En ausencia de gravedad, es imposible que las llamas de las velas tomen esa forma característica.

Esta es mi tesis y me propongo demostrarlo. Pónganse los hombres los suspensores, y las mujeres los sutienes.

Pensemos fría y desapasionadamente, que la ciencia está primero. Dejemos de lado nuestros deseos y placeres para cederle paso a la verdad.

 

 

Las velas y la combustión

Prendamos una vela y dejémosla arder un rato. Observemos luego con tranquilidad y atención. Que no haya corrientes de aire que agiten la llama y la vela se derrita en forma despareja.

En el extremo del cilindro, se forma una concavidad, como un pequeño cáliz que retiene al sebo fundido. La llama, envuelve intangiblemente al pabilo como un halo fantasmagórico. Su extremo inferior es azulado, y en un límite casi preciso se torna naranjo-amarillento, fugando velozmente hacia arriba terminando en un perfil fusiforme (con forma de huso).

Por su parte el pabilo, en su zona inferior, en contacto con el sebo, es blanco, y a partir del lugar donde empieza la llama se va quemando hasta la punta, que por momentos, a la menor agitación de la llama, se pone incandescente y se consume.

Si la soplamos suavemente, sin apagarla, o la exponemos a una corriente de aire, la llama intenta huir enloquecida, pero una atadura invisible no le permite desligarse del pabilo. Y si lo llegara a conseguir con un viento más fuerte, se extingue, como un alma que no tiene inmortalidad fuera del cuerpo.

Interpretemos los hechos. El sebo de la vela pasará por los tres estados de la materia: sólido, líquido y gaseoso. El calor de la llama lo derrite. Una vez derretido, embebe al pabilo y sube de la misma manera que el queroseno lo hace por la mecha de un farol, como cualquier líquido que es absorbido por un material seco y fibroso. En la zona quemada del pabilo, envuelta por la llama, la temperatura es muchísimo más alta, lo cual provoca que el sebo derretido se transforme en gases combustibles. Estos gases, al mezclarse con el oxígeno del aire entran en combustión (una reacción entre un material combustible y el oxígeno), en la que se libera luz, calor y gases residuales. Una llama, en definitiva es eso: una masa gaseosa en la que se está produciendo una combustión.

De este modo, con el movimiento ascendente de la llama y de los gases de residuo, se produce un vacío en su base que es sustituido por aire con oxígeno nuevo, que permite continuar con la combustión.

Y así prosigue el ciclo; la combustión aporta el calor con el cual el sebo sólido se licua, sube por el pabilo donde se gasifica y alimenta la llama. Al consumirse este líquido, el pabilo queda seco y puede seguir absorbiendo.

La llama de la vela es entonces, físicamente, un gas incandescente que a causa de la combustión que está sufriendo, emite calor y la luz que le torna visible. Cuando la combustión se ha completado, quedan como resultado gases residuales (vapores y humos), que si bien siguen calientes no tienen tanta temperatura como para emitir luz, pero los podemos evidenciar poniendo con cuidado de no quemarnos la palma de la mano a unos cuántos centímetros sobre la vela.

Ahora, cabría preguntar ¿por qué razón, tanto el gas incandescente (llama) como sus residuos (vapores y humos) están provistos de ese veloz ascenso vertical? Por la misma razón que si soltamos un corcho bajo el agua huye automáticamente hacia la superficie.

Los fluidos, tanto líquidos como gases, no soportan en su seno porciones de materia (sólida, líquida o gaseosa) que tengan diferente densidad que ellos. Si el intruso es más pasado que el fluido, cae. Si es más liviano, sube. Y como los gases calientes son mucho más livianos que los gases fríos, tienden a elevarse. Por ejemplo, si atrapamos una gran masa de aire caliente dentro de un globo, éste sube como si se tratara de un gas más liviano que el aire (helio, hidrógeno, etc.).

Falta entonces el concepto final: el peso. El peso es la fuerza con que la materia es atraída a causa de esa cosa incomprensible que se llama gravedad. Sólo para constatar la existencia de este fenómeno, la humanidad necesitó de un genio como Newton, que en un instante de lucidez (dicen que viendo caer una manzana de un árbol un día sin viento) tuvo la capacidad de asombrarse frente a un hecho tan cotidiano. Si este fenómeno al que estamos permanentemente sometidos ha sido tan difícil de identificar, imaginen lo difícil que será explicarlo.

 

Solaris, las velas y la combustión

Volviendo ahora a Solaris. En determinado momento se corta la gravedad en la nave, por lo tanto la materia ya no tendría más peso, y si la materia no tiene peso, no puede haber desplazamientos de fluidos debidos a diferencias de temperatura. Entonces, tonta conclusión para el momento más romántico de la película (pero cierta para la dinámica de los fluidos): en ausencia de campo gravitatorio, los candelabros no pueden lucir su esplendor como lo hacen en el interior de las iglesias. Es más, ni siquiera tendrían llamas, ya que al no haber desplazamiento de gases que permitan la renovación del oxígeno, el fuego se extinguiría al momento de comenzar. Únicamente que el candelabro se mueva por una suave inercia, que ahí sí tendríamos renovación de oxígeno, pero la forma de la llama sería como una estela que la vela va marcando en el aire. Tal vez más poético, ¿no?

 

(1) También se puede leer acerca de Tarkovsky en: Diccionario - Stalker
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