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| ---------------------Paul Naschy habla de la muerte. -----Entrevista: Javier Diment. | ||||||||||
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Nota asociada: Una anécdota de Jacinto Molina guionista. En el fanatismo infantil por las películas de terror se mezcla el cosquilleo de la travesura con una sensación de miedo tremenda, absoluta. Porque entre lo poco que hemos ido aprendiendo, ya está bien firme que no le podemos creer a los grandes: no puede ser que el hombre lobo no exista, eso que queremos y no que se nos aparezca por la noche, esa emoción en que el miedo se parece tanto al llamado. Y es que si es cierto que el hombre lobo (el monstruo, el hombre invisible, la momia, el vampiro...) no existe, entonces la vida a la que aspiramos podrá ser más tranquila, pero no va a ser demasiado apasionante. Porque si no hay que tener miedo de los zombies y los jorobados de la morgue entonces también es cierto que no nos van a salir alas, ni vamos a aprender a respirar abajo del agua, ni vamos a triunfar ante ningún dragón. Y claro, antes que pensar que nuestra vida va a ser una mierda, ¿quién no prefiere pasar un miedo tremendo ante algún buen monstruo? Bueno, para varias generaciones de espeluznados espectadores, algunos de los monstruos más apasionantes y divertidos tenían el rostro de Paul Naschy. Así que encontrarnos frente a frente con él no es cualquier cosa: en cierto modo es la confirmación de que, quizás no como lo pensábamos de niños, pero el monstruo existe, y por ende los monstruos, y por lo tanto tal vez uno mismo pueda, quien te dice, acceder a alguna de las categorías de lo imposible que tan esquivas se nos muestran. Paul Naschy (o Jacinto Molina, español, nacido en 1934), es el pope del género llamado fantaterror español. Actor de algunos clásicos como La Noche de Walpurgis, (León Klimovsky 1971), y toda la serie del hombre lobo llamado Waldemar Daninsky, por otro lado un invento suyo, El jorobado de la morgue (Javier Aguirre, 1973), y El huerto del Francés (1978, dirigida por el propio Naschy, y tal vez su mejor película). Esas si nos quedamos en mencionar solo tres entre las 85 películas en las que actuó según IMDB. Paul es, además, productor, director y guionista. Las últimas películas en las que participó (por el momento), son Rottweiler (Brian Yuzna, 2004) y Rojo Sangre (Christian Molina, 2004), esta última escrita por el propio Naschy. Este encuentro se produjo en el Festival de cine Fantástico de Estepona, que él mismo apadrina. Rápidamente logramos unas buenas charlas con Paul y su mujer, la diosa Elvira, a quien está dedicada buena parte de la obra de Naschy. A Paul le gusta hablar. No hay que hacer demasiados esfuerzos para que cuente todo tipo de anécdotas de su increíblemente amplia experiencia en el mundo del cine. Pero habiendo leído su muy entretenida autobiografía y varias entrevistas en distintos medios (recuerdo una muy buena que le hizo Nik Loretti en La Cosa), conocíamos bastante el anecdotario. Así que decidimos explorar un poco sobre su cosmovisión, y en particular sobre su relación con uno de los conceptos esenciales (si no el fundamental) a lo largo de su obra: La muerte. Así que empezamos con lo primero: ¿Qué es esa cosa?
Igualmente a mí en lo personal me viene muy bien que exista esa creencia en el más allá, porque eso argumentalmente para el cine fantástico es fundamental. Esa línea absolutamente temible que es la barrera entre la vida y la muerte provoca muchos temas imaginativos, y puede uno crear seres fantásticos, diablos, trasgos, vampiros... en fin... pues ojalá existiera todo eso que nos cuentan, del dios, y los demonios, y las emanaciones demoníacas... pero yo creo que eso es algo que el hombre con su imaginación, y sus miedos a tantos fenómenos físicos como la naturaleza tiene, y su miedo a la oscuridad, y a la noche, pues lo ha ido creando por autodefensa. Como ha creado a Dios. Hay una película en que yo digo, interpretando al diablo: “Me gustan los ateos porque al final siempre acuden al de arriba”. Y es que siempre me acuerdo del caso de Voltaire, en que el rey del ateismo, y no hay dios, y yo he matado a dios, y tantas cosas, resulta que en sus últimos días estando en su lecho de muerte pidió un sacerdote. Y eso demuestra las contradicciones del ser humano. Un tipo tan inteligente como Voltaire... Y además tengo una cierta fascinación con la muerte. La muerte es algo que repele y fascina a la vez. Y al fin y al cabo el cadáver no es más que lo que contuvo la inteligencia, y bueno, para los creyentes el alma. Insisto en que si bien soy tan escéptico, estoy abierto a que algún día me venga una iluminación que todavía no me ha llegado, y verdaderamente piense que hay más allá. Hoy no.
Leyendo mis memorias se ve que yo siempre he tenido un contacto muy directo con la muerte. Tuve un tío que era tremendamente romántico y decadente, y como todos los románticos, la muerte era casi su novia. Y él me hizo ver lo que era la muerte de una manera bastante directa. Luego pues he tenido muchos contactos con la muerte. Ten en cuenta que yo he sido corresponsal de guerra en Camboya, me enviaron los japoneses para hacer un documental, entonces he visto morir en directo. He visto decapitaciones, he visto fusilamientos, he visto muchas cosas que a veces todavía me vuelven en pesadillas. Lo que pasa es que, claro, es evidente que la muerte ha sido una constante desde la existencia del mundo. Pero hoy en día tiene una difusión mediática tremebunda. Uno pone los televisores, ve las noticias, y ve Irak, por ejemplo, o Afganistán, o Chechenia, o los atentados espantosos, entonces la muerte está presente de una manera como quizás jamás lo estuvo. En los antiguos tiempos la muerte estaba allí, y las batallas eran terribles, pero es evidente que si la batalla tenía lugar en Atenas y tu estabas en Esparta, por poner un ejemplo muy facilón, solo te llegaban los ecos de lo que había ocurrido. Ahora es que lo ves, y ves en el televisor esas caras con los ojos entreabiertos, esos cuerpos destrozados... eso da mucho que pensar. Lo que creo que al ser humano lo hace bastante deleznable, es que a través de los siglos no haya conseguido hacerse menos violento, más comprensivo, en definitiva: más humano. Al contrario, siempre ha ido para peor. Me parece horrible pero bueno, el ser humano no tiene solución. Entonces yo, de verdad, creo que la muerte es muy fea, y eso que dicen vive de prisa, muere joven y deja un bonito cadáver, pues no es verdad... los cadáveres siempre tienen algo impactante y algo desagradable. Así que me parece que es horrible la muerte. Lo que pasa es que también debo decir que yo no creo que me asuste mucho el día que me toque. Lo que yo no quisiera es pasar dolores, porque eso es terrible. Pero bueno, la muerte es una cosa más que tenemos que hacer.
La muerte en mis películas es una herramienta muy valiosa. E intento que provoque en el espectador lo que yo experimento, que se me eriza la piel. Estos asesinos en serie a los cuales les he dedicado un libro, Los más famosos asesinos de la historia, pues son absolutamente aterradores. Es más, tu vas a ver una película de vampiros, o de hombres lobos, o de demonios, y de alguna manera lo tienes muy cercano, porque está en tu mochila ancestral, y ya el hombre prehistórico creía en hombres lobos y en presencias del más allá. Pero su maldad no pasa de la literatura o el cine. Por desgracia el asesino en serie tiene otra dimensión, y es que puede estar ahí enfrente tomando un café, lo cual lo convierte en mucho más aterrador. Yo personalmente conocí personalmente, y fui amigo, de uno de los asesinos en serie más famosos de este país, que fue Jarabo, un asesino estremecedor. Eramos amigos de salir de copas, de ir con mujeres, de ir a la bolera, en fín... Y luego me entero, ante mi asombro, que era un asesino múltiple. Era un señor normal, algo mayor que yo, un estudiante de medicina. Yo veía que era un tipo raro, pero de ahí no pasaba mi sospecha. Y luego me entero que había matado a seis personas de la manera más bestial. Y acabó en el garrote vil. Era un niñato bien, campeón de judo, se llevaba a las mujeres de calle, muchas cosas, y era un asesino despiadado. Es que los personajes fantásticos que suelo hacer, si bien son siniestros, tienen una envoltura muy bella que procede del romántico y el gótico. Al venir de la literatura romántica, eso les crea un halo casi catártico. Entonces son personajes que tienen una belleza de la que carece el asesino de la calle. Yo tengo una película muy curiosa que se llama Licántropo, no muy lograda de parte del director, Paco Gordillo, pero tiene su interés porque enfrento al Hombre Lobo, es decir el asesino ancestral y mítico, contra el asesino de calle actual, un asesino en serie, y tiene su gracia. Claro que gana el hombre lobo. Que pertenece al más allá, que tiene poderes especiales, y es evidente que ese asesino miserable siempre perecerá en sus garras, si ese encuentro fuera posible. Por otro lado el Hombre Lobo no quiere matar, está condenado, es un ser acosado por una maldición y obligado a hacer lo que no quiere hacer. El otro en cambio tiene otras razones, como por ejemplo afianzar su ego espantoso. Yo he hecho una película que es la mejor de mi carrera sin ninguna duda, El huerto del Francés, donde se describe qué es y lo que siente un asesino en serie, y es un personaje construido a partir de las declaraciones de un asesino de la realidad. Y es despiadado, no siente nada, porque no tiene conciencia ni sentido del mal. El mata, mata y mata, con el pretexto de robar, pero era solo una excusa, porque lo que pretendía era la satisfacción de quitar la vida a los demás. El más allá es lo que dimensiona a la muerte para construir un espectáculo. Aunque claro, los asesinos en serie, cuando crean sus intrigas, y se hacen esos thrillers tan estupendos que existen, pues también tienen su fuerza, pero de una manera muy diferente. Ahora estoy ensayando una obra de teatro en la que hago de La Muerte. Iconográficamente mi personaje está inspirado en el personaje de El Séptimo Sello, de Ingmar Bergman. Esa especie de verdugo, con la capa negra, y que entra al escenario en su caballo negro. Y he escrito novelas, y una de ellas se llama La muerte nos acompaña. Es que la muerte... no la muerte en directo sino como ente metafísico, tiene su atractivo. Es todopoderosa, inflexible, invencible... Y es un personaje que desde que nacemos nos acompaña, la llevamos pegada al hombro. La Huesa... en España los medievales la llamaban La Huesa.
Yo creo que el hecho de haber visto tantos cadáveres y haber tenido tanto contacto con la muerte le da una fuerza especial a lo que desarrollo en mis películas. Es que es cierto que cuando estuve jugándome la vida en Camboya, que no tuve más remedio que ir porque tenía un contrato firmado con una empresa japonesa, la NHK, sinceramente no era conciente de lo que iba a ser. Me dijeron que era una zona tranquila, que la zona peor estaba lejos. Y resulta que me mandaron al sitio peor, estaba toda la tralla. Yo tendría más o menos 30 años, era un hombre lleno de agilidad y fuerza, que podía soportar aquel clima espantoso, nos metíamos en los arrozales y salíamos plagados de sanguijuelas, había unas serpientes cortas, rojas, en los árboles, que si te caían encima y te picaban morías fulminado... fue terrible. Pero puedo decir que fui de pardillo, como quien no sabe. Claro, era muy bonito, y la aventura, y tal, como ir a China, o cuando recorrí todo oriente, pero allí me metí en una buena trampa. Pero ahora ¿Sabes cual es el problema? Que yo empiezo a tener una edad en que las cosas tienen que venir muy rápido, porque si no cada vez voy teniendo menos posibilidades. La muerte se acerca. Igualmente mi visión es la misma que cuando tenía 20 años: que esto tiene que acabarse algún día.
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