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| -----------------------Los hombres, las mujeres y la muerte. Por Javier Diment | |||||||||
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Parece que si hablamos del mayor tema de pensamiento que ocupa a los humanos, el primer puesto lo tiene "la muerte". Pero si este grupo lo dividimos genéricamente y nos concentramos en el humano macho, el premio lo lleva, por lejos, "la mujer". Horas y horas y horas de charlas, miles de kilómetros de tinta, siglos de especulaciones, giran en falso alrededor de esta entidad milagrosa, enigmática, honda. Y lo único que logra concluirse es que ese girar será eternamente en falso, que en ese ir e ir, la ausencia de respuestas es lo más parecido a una certeza. Uno de los mecanismos principales a la hora de encarar un tema es el del espejo. Entonces el hombre, para acercarse a "la mujer", suele detenerse en las diferencias consigo. En este ítem es donde quiero aportar mi granito de pus. Dos hechos, aparentemente aislados entre sí, pueden colaborar para que aquellos que buscan respuestas se alejen de las mismas un poco más, y los que solo quieren circular por esas galerías como excusa para seguir evocándo mujeres, se den otras vueltitas. Dos hechos en que se encuentran la mitología y la ciencia. Que, dicen, son tan incompatibles y tan dependientes entre sí como hombres y mujeres.
Las tetas de Tiresias. Tiresias es el oráculo más famoso de la mitología griega. Varias generaciones de reyes lo consultaron, y basaron sus decisiones en las oscuras palabras que este ciego vidente les decía. Tantas generaciones que es raro que un solo y mortal hombre las haya visto pasar. Según una de las muchas versiones de la historia, el asunto fué así: Tiresias era un muchacho, cómo decirlo... sexualmente inquieto. Un día paseando por el bosque, oyó gemidos de mujer sugestivamente satisfecha. Caminó en la dirección que le marcaba su oído, y entre los árboles descubrió a la diosa Atenéa bañándose, desnuda y gozoza, en un estanque. El joven quedose allí, espiando, dolorido por la contemplación de tanta belleza, sobrepasado por el deseo imposible, y no supo irse a tiempo. Atenéa lo descubrió. Irritada porque un muchacho la haya contemplado en tal intimidad, pero comprensiva ante todo tipo de pasiones, en lugar de matarlo de inmediato lo convirtió en mujer y lo abandonó. Desesperado. En medio del bosque. Al atardecer. La señora Tiresias se convirtió en una reconocida meretriz. Reconocida por su belleza, sus habilidades amatorias, y sobre todo por la mayor de las cualidades de una prostituta, la que hace que incluso ante una más joven y bella, los hombres la elijan: ella gozaba. Entonces, al placer que otorga a sus clientes, suma el bien inestimable de hacerlos sentir dueños, aunque sea en ese instante, del supremo goce de su temporal amada. Pero la vida de los dioses sigue su curso, y una mañana opaca y húmeda la diosa Hera, cargada de lágrimas de odio, recibe a su concubino Zeus, que vuelve de una noche de ronda. Luego de discutir violentamente, (estos no eran dioses que intentaran pasar por civilizados), Hera le reclama amargamente a Zeus por sus muchas infidelidades. El trata de hacerse el desentendido como en otros regresos, pero esta vez Hera no se lo permite, llevándolo contra su voluntad a aceptar la verdad de esta acusación. Como es costumbre, la aceptación de Zeus recrudece la ira de su mujer por un rato, y cuando ella se calma un poco él expone su argumento: -Seamos sensatos, hermosa Hera -dicen que dijo Zeus-. No puedes dejar de tener en cuenta que, si bien soy disperso en mis aventuras, cuando nosotros compartimos lecho eres tú la que más goza. -¡Qué idiotez estás diciendo, perro! -Algo básico: que las mujeres gozan con el acto sexual infinítamente más que los hombres. -¡Estúpido! -El rostro de Hera se deformó en el desprecio-. Sucede exactamente al contrario y tú lo sabes. Siguieron discutiendo mucho tiempo infértilmente, cada uno firme en su aseveración, hasta que decidieron pedir un arbitraje. Y a quién podían recurrir sino a Tiresias, que no solo había sido hombre y mujer, sino que en ambos casos se había entregado activamente a los placeres de la sensualidad. Sin pensar en qué prefería Tiresias, le anunciaron que volvería a ser hombre en cuanto diga cual de las dos afirmaciones era verdadera. Tiresias se alegró. Quería volver a su ser masculino. Ya sentía el paso del tiempo encima suyo, se le acercaba lentamente el límite último, e intuía que el hombre era más apto que la mujer para estirar los límites. Pero junto con esa dicha lo invadió el terror: sabía que el dios que perdiese la extraña apuesta volcaría sobre él su frustración. Ante esta encrucijada decidió ser fiel a la verdad: -Si en diez partes divides del amor el placer, una va a los hombres, y nueve a la mujer. La sonrisa pedante de Zeus llenó de odio a Hera, que inmediátamente arrancó los ojos de las cuencas de Tiresias y se alejó bufando, taconeando sus sandalias. Zeus se condolió, y si bien un dios no puede deshacer la acción de otro, a la vez que cumplió su promesa de volverlo hombre, lo premió con dos dones compensatorios: la "visión interior", y una vida que abarcó siete generaciones. Hasta aquí Tiresias, cuyas 7 generaciones de vida no le alcanzaron para ver que, de su propia cultura helénica, fueron derivando sistemas de pensamiento que construyeron una forma de acercarse a la experiencia y de saciar la curiosidad que se hizo llamar "ciencia", que luego de funcionar como gran excusa para negar la historia de este personaje, empeñada en imponer la idea de que no existieron los dioses, finalmente termina dándole la razón: estudios científicos sostienen que las terminales nerviosas que actúan en el aparato reproductor femenino, son muchas más que en el masculino, con la consiguiente superioridad en términos de sensibilidad y, por lo tanto, mayor intensidad en su capacidad de percibir ciertos estímulos en términos de "placer". Adopto por convicción el punto de vista de que no somos más que un género animal entre los tantos que pueblan la Tierra. Sospecho también que las características de funcionamiento psicológico-espirituales (sea lo que sea el espíritu) no pueden separarse de las físicas. Y que, por lo tanto, si Tiresias y estos científicos tienen razón, ese punto, esa diferencia en la contextura fisiológica que repercute en la intensidad del placer, por fuerza tiene que marcar una gran diferencia en la manera con que se lleva adelante este exótico devenir llamado la vida.
Los Hijos de la Nada. Pero otra de las cosas que sorprenden de Tiresias es esa reflexión sobre la diferencia masulino-femenina de plantarse ante "el límite". Hace un tiempo (creo que dos años, más o menos) leí una noticia en el diario Página 12 acerca de un proyecto llamado "los hijos de la nada". Resulta que a una bandada de científicos se les ocurrió una nueva manera de la inseminación artificial, y se pusieron manos a la obra. Esta modalidad consistía, como es costumbre, en cruzar un espermatozoide con un óvulo. Pero la particularidad era que el óvulo pertenecía a un feto abortado aproximadamente al tercer mes de gestación. Esta gente, que ya de tan enferma termina resultando interesante, sostenía que de ahí podía nacer un hijo, un bebé común y corriente, y desarrollar la habitual triste vida de un humano normal, creciendo, reproduciéndose, muriendo al fin. Estaban ya bastante avanzados, pero se armó un escándalo internacional y les prohibieron seguir adelante. El experimento se llamó Los Hijos de la Nada, y en ese nombre está el motivo de la prohibición. Porque: ¿Como le decís a una persona: "tu madre nunca nació"? Luego de rechazar una serie de imágenes que me inundaron el cerebro, protagonizadas por un científico ebrio y caliente que, por motivos económicos, practicaba abortos ilegales, consulté con un médico amigo y me confirmó las posibilidades de la historia. Me explicó que las mujeres, a partir del tercer mes de gestación, llevan en sí todos los óvulos que irán desprendiéndose de su útero a lo largo de la vida. Que si bien la primera ovulación no tiene fecha cierta, una vez que se produzca se podría calcular cuándo será la última, de no mediar accidentes o complicaciones. Es decir, podría averiguarse la fecha de su ingreso en el mundo de la menopausia, de la infertilidad biológica. Sospechando, como se sospecha, que uno de los límites más profundos en la vida de una mujer es ese, el reproductivo, aún en aquellas que con mucha convicción hayan decidido no procrear, llevar ese límite encima tiene que aportarles unas ciertas características de funcionamiento. Que las definan como género, digo, que importen sobre sus características animales. Porque en estas comparaciones, el funcionamiento masculino es muy distinto. No hay límites precisos para su época reproductiva. No hay una cantidad determinada de espermatozoides que vaya a ir soltando hasta que se terminen. En ese territorio, el límite del hombre se da en función de distintas variables, absolutamente dependientes del tipo de vida que vaya construyendo, su vitalidad anímica, su ferocidad interior, etcétera. Entonces creo encontrar en esta diferencia fisiológica algo que hace a las diferencias psicológicas o espirituales (sea lo que sea el espíritu), que tiene que ver con "el límite", con una manera de relacionarse con los límites, con maneras de construcción de la propia vida.
Una gráfica, tal vez un poco enferma. Es muy distinto, estando encerrado en un calabozo, saber o no saber cuando se saldrá. Al margen de las diferencias que haya entre todos los detenidos que compartan esa celda, y a la certeza de que todos, en algún momento, vivos o muertos, van a salir, los que saben que salen en tal fecha tienen una relación con el estar presos (con el estar vivos en ese momento) muy diferente de los otros. Las mentes, los pensamientos, se ocupan de cosas distintas, las ansiedades se aplican a diferentes aspectos de la vida cotidiana y, en fin, las conductas que adoptan estos dos grupos son distintas. La gran diferencia es su relación con el presente. Y la manera de relacionarse con el presente es la manera de estar vivo. Si sumáramos a eso que, por poner, los presos que saben cuando van a salir gozan mucho más al masturbarse, podríamos desarrollar ahí una serie de especulaciones tipológicas que nos acerquen un poco a nuestro eterno tema. Me es difícil, al pensar en lo característico de las mujeres, evitar la gracia con que transcurren su presente, la hondura con que se sumergen en él, y el coraje con que se niegan a tanto futuro inexistente, en permanente construcción, y en cambio apuestan a un futuro que será el próximo presente en el que naden. Me es impensable la tendencia a encontrar valoración en las diferencias hombre-mujer, o en encerrar estas apasionantes especulaciones en el cajón del "son iguales". "Mejor o peor" es lo mismo que "lo mismo". Con tanto énfasis como me opongo a la diferencia de oportunidades, me niego a la indiscriminación de dinámicas de funcionamiento. No ya por una impresión de verdad o falsedad, sino por saber que, de ser así, de ser realmente todo lo mismo, se me niega, y a tantísima gente, esa especulación, una de las mayores herramientas para acortar y hacer interesante el espacio entre sueño y sueño. Y que, de paso, nos permite evocarlas, imaginarlas, inventarlas una y otra vez .
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