---------------------David Lynch: El Spielberg de los quemados. Por Javier Diment.

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Digamos: que así como hay un enorme grupo humano en el planeta, de millones y millones de personas, cuyo mundo imaginario es comprendido, pulsado, estimulado, representado, interpretado y construido por Steven Spielberg, así como él conoce a la perfección la combinación de imágenes y sonidos para generar identificación, los dispositivos para capturar y manipular la atención, para encantar, fascinar, y retratar los mundos internos de millones de seres humanos llamados pueblo, gente común, público masivo, etcétera, David Lynch conecta, liga, estimula, construye e interpreta a otra masa, -claro que muchísimo menor- y es el hechicero principal a la hora de combinar imágenes y sonidos de manera que la conmuevan, alteren, internen, diviertan, y sobre todo: inquieten.

Es que aquellos, clase media, ciudadana, que respondemos a una manera no masiva de la dominación imperialista (que parte de la base del proponer y adscribir a estéticas y contenidos que la nieguen, pero desde adentro mismo de los sistemas de producción y consumo, el adentro que ocupa el rol de negarlos, y por lo tanto también de hacerlos crecer a través de la incorporación de nuevos códigos, aquellos, encima, que de no ser incorporados podrían ser realmente inquietantes), aquellos, decía, que nos jactamos de apreciar, aunque no logremos, el ejercicio de una inteligencia crítica, que nos gusta aún innecesaria o compulsivamente ponernos o exponernos a ciertos riesgos -cada tanto-, ser campo de ciertas batallas, desatar en nuestros cerebros una serie de cortocircuitos, sacudidas, experimentos, tenemos en Lynch a nuestro conductor, a nuestro espejo.

Y este buen hombre (¿?) nos maneja a las mil maravilllas: juega el futbol que le gusta a la gente (quemada). Es decir, ¿qué querés? ¡sí!: dos muchachas hermosas, algo idiotas, que se aman y se traicionan; ¡sí!, la pesadilla de ese sueño, ¡¡el fracaso de aquellos que lo sueñan!!, ver el poder en manos de quienes preparan la cama para que los tarados se acuesten; ¡¡¡sí: nada que entender!!!, unos climas que te llevan y te traen, unos escena a escena que no sabés donde se van a interrumpir pero que en sí, cada situación es brillante, porque hay una inquietud, una tensión sin descanso, un agotamiento.

El hombre pone el pie en el acelerador cuando empieza la película, aprieta aprieta aprieta hasta el fondo, y no lo suelta más, sigue así, a fondo de tensión agotadora. Y también: no necesitar una explicación lógica, pero tener una sensación de verdad interna que te permita, al salir de ver la película, pensar, delirar, construir versiones (que es construir mundos, realidades, en vez de confirmarlas). ¿Qué más querés?

Igual que Spielberg, pero en otra dirección.

Porque si bien uno reconoce la maestría inmensa de Spielberg, no logra el nivel de identificación necesario para una entrega mayor. Entiendo que a tanta gente le encante, así como entiendo que tanta gente putee con Carretera Perdida y Mulholland Drive. (Y no concuerdo con aquellos que se quejan airadamente. ¡¡Ayyy, a Lynch no lo nominan para el Oscarcito!!! ¡¡¡Ayyy, la de Lynch no junta multitudes y la pavada de tal sí!!! Ante estos gritos se impone la presencia de Cocteau: no hay que rechazar los premios. Hay que NO merecerlos.) Pero, decía: yo no me puedo comer la historia de Spielberg.

Perdoname y qué querés que le haga.

Aunque esté buenísima, filmada como los dioses, utilizados todos los recursos específicos del cine de una manera absoluta y sublime, y me llene de admiración y trate de analizar, entender, aprender e incluso disfrutar muchas de las cosas. Pero siempre lo hago un poco de afuera. No me puedo comer la de la justicia y la libertad, las nuevas formas de seguir refiriéndose al mismo sueño americano, al ícono yanqui, al personaje yanqui.

Y no es que diga que la iconografía de Lynch se corra de los EUA, sino que refleja desde otro lado. No abandona el sueño ese, pero lo ofrece en la versión de los quemados. Y cada vez más. Sabe poner la cámara y los sonidos de la manera que más nos inquiete. Enrarecer las actuaciones, dar los tiempos estirados a las conversaciones más anodinas como para que siempre, tras lo que pasa, pase otra cosa, y siempre esa otra cosa nos inquiete. Tiene esa relación magistral con Badalamenti, cuya música es otra estrella de sus películas. Es la respuesta para aquellos que preferimos, a un polvete prometido entre Harrison Ford y la que pinte, una declaración de amor fervorosa y calentísima entre esas dos muchachas puestas en situación extrema, y tal vez puestas allí solo para que esa declaración tenga la fuerza necesaria. (Hablando del tema, me viene a la mente Laura Dern, que latió con Lynch y murió con Spielberg, al menos hasta ahora). O la expresión de aquella otra muchacha y la de aquél muchacho cuyos rostros y puños crispados nos cuentan un mal polvo, una eyaculación precoz, un fallido intento de ella para consolarlo, una fallida consolación en él. La de aquellos que nos gusta no entender, que estamos un poco podridos de los enigmas explicados al final de la película, y preferimos participar de un no entender cargado de posibilidades, antes que de un entender de posibilidades agotadas. Que preferimos la inquietud al garrotazo, que nos gusta ver, una y otra vez, ideas en funcionamiento, bueno, basta, no es para hablar de cosas o elogiar a Lynch que escribo esto. Nada de eso. Solo señalar que a las clases medias del mundo, a todas las personas, cualsea su clase social, que comparte las morales de la clase media del mundo, el cine brinda dos paladines: Spielberg, para la masiva; y Lynch, para los quemados. Y que brindo por eso.