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en Word)
"La
imagen como un absoluto, la imagen que se sabe imagen, la imagen como
la última de las historias posibles..."
Va este texto escrito por Lezama a mediados del siglo pasado con el encargo
de abrir la investigación de uno de los crímenes que más
me interesan: la poética.
Este ensayo forma parte de un libro editado por Barral en Barcelona, 1971.
Ese libro, Introducción a los vasos órficos, reúne
todos aquellos escritos de poética que fueron publicados en "
Analecta del reloj" (1953), " Tratados de La Habana" (1958)
y "La cantidad hechizada" (1970). Libros fundamentales que tuvieron
escasa circulación fuera de Cuba.
Sobre
la obra de Lezama Lima han aparecido gran cantidad de interpretaciones,
exégesis y intentos (vanos) de vulgarización desde que fuera
publicada su gran novela "Paradiso" y que Julio Cortazar lo
hiciera entrar en el circuito del boom latinoamericano con su ensayo "para
leer a Lezama Lima",
me abstengo entonces de loa y apologías.
El
interés que despierta este texto está más allá
de la explicitación de propuestas retóricas que permitan
leer su poesía. Esta escritura incorpora su poética y se
irradia metafóricamente destrozando el lugar común de las
claridades o las oscuridades.
Los dejo con la primera parte de este ensayo que guarda, como un barco
fenicio innumerables riquezas, que por capricho de Eolo, serán
capaces de brillar incluso en el delirio de estas profundidades.
Introducción
a los vasos órficos de JOSE LAZAMA LIMA (Barral Editores,1971)
LAS IMÁGENES POSIBLES
I
Apesadumbrado
fantasma de nadas conjeturales, el nacido dentro de la poesía siente
el peso de su irreal, su otra realidad, continuo. Su testimonio del no
ser, su testigo del acto inocente de nacer, va saltando de la barca a
una concepción del mundo como imagen. La imagen como un absoluto,
la imagen que se sabe imagen , la imagen como la última de las
historias posibles. El hecho mismo de su aproximación indisoluble,
en los textos, de imagen y semejanza, marca su poder díscolo y
cómo quedara siempre como la pregunta del inicio y de la despedida;
pues cuanto más nos acerquemos a un objeto o a los recursos intocables
del aire, derivaremos con más grotesca precisión que es
un imposible, una ruptura sin nimósine de lo anterior. Ni es posible
que un orgullo desacordado al enarcar la red de la imagen pueda prescindir
de la constitución de los cuerpos de donde partió. La semejanza
de una imagen y la imagen de una semejanza, unen a la semejanza con la
imagen, como el fuego y la franja de sus colores. En realidad, cuando
más elaborada y exacta es una semejanza a una Forma, la imagen
es el diseño de su progresión. Y es cierto que una imagen
ondula y se desvanece sino se dirige, o al menos logra reconstruir un
cuerpo o un ente. Ninguna aventura, ningún deseo donde el hombre
ha intentado vencer una resistencia, ha dejado de partir de una semejanza
y de una imagen; él siempre se ha sentido como un cuerpo que se
sabe imagen, pues el cuerpo a l tomarse a sí mismo como un cuerpo,
verifica tomar posesión de una imagen. Y la imagen al verse y reconstruirse
como imagen crea una sustancia poética, como una huella o una estela
que se cierran con la dureza de un material extremadamente cohesivo. Pues
solamente de la traición a una imagen es de lo que se nos puede
pedir cuenta y rendimiento. Todo lo que el hombre testifica lo hace en
cuanto imagen y el mismo testimonio corporal se ve obligado a irse al
pozo donde la imagen despereza soltando sus larvas. Y la escisión
de semejanza e imagen presupondría un cuerpo bordeado como un ejercicio
en sus límites imposibles. Límite que sería un ejercicio,
no la inocencia ni el don órfico del canto. Y como la semejanza
a una forma esencial es infinita, paradojalmente, es la imagen el único
testimonio de esa semejanza que así justifica su voracidad de forma,
su penetración, la única posible, en el reverso que se fija.
De ese mismo testimonio, el desdoblamiento del cuerpo y ser se sitúa
en esa interposición de la imagen. Cómo concurre el nacimiento
de ese ser dentro del cuerpo, sus sobrantes, las libres exploraciones
que cumple antes de regresar a su morada. Cómo ese ser puede contemplar
el cuerpo formando la imagen o el mismo ser reocupando el cuerpo para
formar un objeto. Pero tanto el nacimiento de ese ser dentro del cuerpo
como sus vicisitudes, o en ocasiones su oscuro desenvolvimiento, sólo
puede ser testificado por la imagen; pues si el ser tomase proporcionada
posesión del cuerpo o si el cuerpo fuese su justa y absoluta morada,
la imagen desaparecería o habitaría una planicie sin cogitación
posible. Ya que el viaje de incógnito de ese ser hasta posarse
en nosotros y su posterior definitiva despedida, forma un ente, el cuerpo
de la imagen, ¿nadie podrá volver a pasar por allí?
Las interpretaciones entre lo sucesivo; las pavorosas distancias entre
una y otra ventana y la tropa en que cada guerrero estrena un distinto
uniforme, y que forman las espumantes, indetenibles metamorfosis. Cada
objeto hierve y entrega su sucesión. La jarra suda su agua estancada,
y de esa podredumbre estática, donde se sientan los insectos a
esperar, la flor conduce su testa en la frialdad aconsejable para su frente.
A la maravilla de que entre esos saltos se establecen interposiciones,
imágenes, queda esa distancia vacía evidenciada en la metáfora.
Las vicisitudes de un hombre que se desplaza y las vivencias de ese desplazamiento
llegan a nosotros como un todo que ni exhala ni absorbe, pues la red de
las imágenes forma la imagen, y aquel desfile de guerreros de distinto
uniforme se convierte ahora en el primero que llega a la puerta o en el
que se aleja desmesuradamente. Tanto la brutal cercanía como el
más progresivo alejamiento, forman un inmediato capaz de endurecer
y resistir la imagen, y a pesar de esa distancia será siempre lo
primero que llega. De cada metamorfosis, de cada no respuesta, de cada
súbita unidad de ruptura y de interposición, se crea esa
imagen que no se desvanece, y las palabras que vamos saltando, despreciando
su primera imantación asociativa; la otra cohesión que exige
de la palabra la metáfora ofrece en su contrapunto, la formación
de ese otro cuerpo integrado por la sustancia poética que ha logrado
el ente de creación, el germen sucesivo; ya que lo primero que
llega es el siempre que se va quedando.
En el período mítico helenístico, siglo VII a. C.,
el concepto de revelación encarnada se verifica con una ingenua
desenvoltura. La casualidad se borra y lo primero que llega toma agudeza
y precisión. El arte en el período mítico, en aparente
paradoja, aparece gobernado y como una entrega que se ha hecho a totalidad.
Encontramos la misma destreza, y como la eterna ocupación de algo
que le fue entregado al hombre. La misma sensación de posesión,
y no de tierra desconocida, encontramos en el periodo esquiliano que en
la física jónica. Mientras se revuelve en las rocas del
Cáucaso, no obstante la incomodidad de su postura y de su hígado,
nos entrega la noticia de que algo le fue regalado y que el hombre puede
alcanzar por el conocimiento poética un conocimiento absoluto:
" Enseñé asimismo la lisura de las entrañas
y el color de ellas que agrada a los demonios, y la cualidad favorable
de la bilis y el hígado, y los muslos cubiertos de grasa. Quemando
luengos lomos, enseñé a los hombres el arte difícil
de prever. Les he revelado los presagios del Fuego, que, tiempo atrás,
eran oscuros. Tales son las cosas. ¿ Y quién puede decir
que ha encontrado antes de mí todas las riquezas ocultas para los
hombres debajo de la tierra: el bronce, el hierro, la plata, el oro? Cierto
estoy, a menos que quiera gloriarse en vano. Escucha, en fin, una sola
palabra en compendio: todas las artes, Prometeo, se las he revelado a
los Vivientes." Es decir, en pleno periodo mítico, el arte
no es un misterio, siempre alcanza la proporción del hombre, pues
el griego estuvo convencido que al poner las cosa en la luz, en su develamiento,
adquirían un logos por la palabra. Los dioses portaban la claridad
hasta el hombre y el teatro para la aparición no era el misterio.
En los pensadores del período jónico, en Empedocles, por
ejemplo, encontramos la misma formulación: "enseñaron
los dioses al mortal todas las cosas ya desde el principio", nos
dice. Las contradicciones de la Moira devuelven a Orfeo, Proserpina o
Polidoro. El hijo del rey Príamo, ejecutado por Polimnéstor,
abandona las cavernas y después de haber reconocido "al alma
soberbia de Aquiles, gravemente suspirando por su hermana Polixena",
se aposenta en el aire venturoso para contemplar los despojos de Troya.
Hay un escamoteo o sustitución, en vez de cumplir un destino espantoso,
surge la mentira primera la mentira primera es la unidad primera?, ¿es
la mentira primera el símbolo primero de que hablaba Nietzsche?,
¿hay en la raíz de esa mentira primera una sustitución
o contradicción? La maldición de la raza de la Atridas que
llevo Orestes al asesinato de su madre, en lo que Nietzsche llama "la
primera teogonía tiránica del espanto", y el hecho
de que la familia de los Atridas, los mejoras, tienen que soportar un
espantoso destino, son las revelaciones recibidas de Prometeo Piróforo,
el que porta el fuego. Ya en ese período mítico, el hijo
después que la madre ha envenenado al padre, y al tener que destruir
la matria, desea una sustitución, una mentira primera, un destino
revelado. Un destino espantoso, el horror, tiene que engendrarse en el
pedir cuentas a las traiciones de la matria, y ante eso se busca una adecuación
tan miserable como la adecuación celular, pero el hombre chilla
y huye como un grotesco medioeval ante esa realización, ante el
asco de la criatura frente al creador, y aunque en algunas de sus frases
el griego introdujese el compás quedaba siempre rondado de un signo.
Así vemos al griego en el período de los mitos, tratando
las artes dentro de la revelación interpretada, pero el griego
volvía a angustiarse en el período socrático o dialéctico
al enfrentarse con el nacimiento del ser. La era mítica lo había
enarcado hasta su destino, su espanto valía tanto como la sustitución
que él hacia. La metáfora impulsando al hombre hasta su
destino lo fortalecía. Ahora las metamorfosis del ser en su cuerpo
al desconcertarlo lo debilitaban, preocupándose no ya de la unidad
primordial, sino, en el período parmenídeo de la definición
de la unidad por exclusión.
Rodeado de los mitos contemplamos la entrega, y después en el período
perícleo la indecisión comienza a doblar las rodillas y
a enarcar la semejanza. Pero siempre en la imitación o semejanza
habrá la raíz de una progresión imposible, pues en
la semejanza se sabe que ni siquiera podemos parejar dos objetos analogados.
Y que su ansia de seguir, de penetrar y destruir el objeto, marcha sólo
acompañada de la horrible vanidad de reproducir. Aquella posesión
de secretos, la seguridad de la tierra revelada, cuando el mito es reemplazado
por el ser, se torna en la semejanza, objeto de vacilaciones y esperas.
Había recibido de los dioses y gozaba de un mundo interpretado.
La semejanza en Aristóteles, va siendo ya para nosotros un concepto
tan enigmático como el de imagen. ¿ Qué es lo que
imita el bailarín? Que la imitación ha de verse en el tiempo,
lo prueba que su acompañamiento es de flautas y de cítaras.
La imitación cobra su inapresable en relación con el aristotélico
concepto de interrupción. La imitación cuyo concepto se
precisaba en las épocas que subrayaban la importancia de toda convención,
dándole total importancia a la imitación espacial de objetos
y modelos. Un modelo era un objeto realizado en el espacio y liberado
de las corrosiones del devenir. Se congelaban las obras maestras que destilaban
unos residuos fijos y unas cualidades igualmente espaciales que se asemejaban
al coro. En el período mítico, el coro ondulaba y seguía
al entonador, que marcaba una medida, indicaba y era el individuo, el
actor. El coro vislumbraba al entonador, no al objeto. En la época
períclea, los dialogantes son sucesivamente objetos, oyen como
estatuas y al hablar trazan un modelo, no una entonación. Nos estaba
revelando esa entonación, la medida para el hombre de cada una
de las progresiones de la metáfora, al mismo tiempo que una penetración
en la imagen, pues el que entona busca en las analogías de la conversación,
los diálogos de las metáfora.
Va la metáfora hacia la imagen con una decisión de epístola;
va como la carta de Ifigenia o Orestes, que hace nacer en éste
virtudes de reconocimiento. Lleva la metáfora su carta oscura,
desconocedora de los secretos del mensajero, reconocible tan solo en su
antifaz por la bujía momentánea de la imagen. Y aunque la
metáfora ofrece su penetración, como toda metamorfosis en
la reminiscencia de su claridad y cuerpo primordiales, y desconociendo
al mensajero y desconociendo en la imagen, es la llegada primera de la
imagen la que le presta a esa penetración, su penetración
de conocimiento. Cada vez que Orestes reconoce a Ifigenia se ve obligado
a subrayar cada una de sus metamorfosis encarnándolas en metáfora.
Pues en la penetración o conocimiento de metáfora no se
verifica una ocupación o saciada inundación, ya que en esas
provincias, conocimiento y desconocimiento, se convierten en imagen y
semejanza.
En toda metáfora hay como la suprema intención de lograr
una analogía, de tender una red para las semejanzas, para precisar
cada uno de sus instantes con un parecido...La lucha fratricida de Atreo
y Tiestes, representada por Ifigenia en telas tejidas. Los retrocesos
del sol representados en ese paños con hilacha fina en el primor.
La cabellera situada en el sepulcro en lugar del cuerpo de Ifigenia. La
lanza de Pélope colocada en el aposento de Ifigenia, mientras mantenía
su virginidad, son momentos donde el conocimiento poético logran
su reconocimiento. Y mientras se cumplen las progresiones del conocimiento,
cada una de las metáforas ocupa su fragmento y espera el robo de
la estatua que se despliega como imagen. Lleva la metáfora su epístola
sin respuesta y en la espera se preludia el rapto. ¿Cómo
es que el rey orando en el templo desconoce el misterio del traslado de
la estatua? La estatua había contemplado las esquiveces de Ifigenia
y fraguaba los castigos de Orestes en la aventura del robo de la imagen
aumentada por la decisión final de Palas Atenea. Y el conocimiento
por cada una de las metáforas que son como develamientos de las
posibles coincidencias de las metamorfosis de Ifigenia, terminado su reencuentro
en el robo de la estatua, como la imagen que prepara su nuevo desconocimiento
para recorrer la ciudad.
Entre la carta oscura entregada por la metáfora, precisa sobre
sí y misteriosa en sus decisiones asociativas y el reconocimiento
de la imagen, se cumple la vivencia oblicua. El momento de la metáfora
se puede cumplir en un símbolo que encarne la misma persona: la
relación entre el monarca y la imagen de la suerte de su poder
llegaba a ser de tipo metafórico. Luis XI vivía frente al
pueblo como una metáfora, y la imagen, favorable a los reyes medioevales,
formaba la sustancia donde el pueblo veía su jerarquía interpretada.
La metáfora y la imagen permanecen fuertes en el desciframiento
directo y las pausas, las suspensiones, que entreabre tienen tal fuerza
de desarrollo no causal que constituyen el reino de la absoluta libertad
y donde la persona encarna la metáfora. El hombre y los pueblos
pueden alcanzar su vivir de metáfora y la imagen, mantenida por
la vivencia oblicua, puede trazar el encantamiento que reviste la unanimidad.
El bosque y las ciudades no son el infinito paredón donde la interpretación
otorga la cerrazón o el encantamiento, sino la penúltima,
la suspensión, de donde brota la nueva cabalgata, el interminable
ejercito de diversos uniformes.
Así en las pellizcadas relaciones que se establecen en los egipcios
entre el campesino y el intendente, se abren aquellos templos y empezamos
a caminar con luz granizada las salas hipóstilas. Dehuti-Necht
se dirige lentísimo y majestuoso a una rama de tamarindo y va a
azotarle todos los miembros al agricultor. Qué luz de topacio de
esas puertas al abrirse en otras puertas y engendrar en las últimas
sucesiones un gran navío. Asomémonos y veamos detenido con
gracejo ese grupo escultórico que se esboza. El campesino está
ya curvado pues en cualquier momento pueden descender los azotes. Supongamos
que prolonga su espera curvado: como la relación no es inmediata,
aquí los golpes no nacen de la cólera sino de un estilo
lentísimo, entre el doliente y el intendente; el campesino se mantiene
tieso mientras el intendente erra por el bosque buscando sin apresurarse
el ramo de tamarindo para golpear todos aquellos miembros que esperan.
Al adquirir esa imagen las puertas van cayendo sobre las puertas, como
en nuestras resurrecciones, donde un centurión va cayendo dormido
sobre otro centurión, viéndose a hora adecuada para el milagro
como la siesta cae intempestivo sobre un gran ejército. Si adquirimos
que esa imagen puede hacerse precisa como una cronología leída
en un papiro por Champollion, podemos ver aún las más contrapuntísticas
y sutiles asociaciones que puede ofrecer la lenta dificultad egipcia.
Cortamos así ese estado de evaporización, acercándonos
a toda esa posibilidad de cristalización. No nos asombra así
que en sus relaciones contractuales usasen las monedas más eficaces
y poéticas. Un velo , por ejemplo, podía ser adquirido por
una medida de incienso y cien manojos de ajos. Pero ¿cómo
el incienso podía ser medido, podía ser convertido en una
moneda? Cuando el monarca otorga su benévola confianza a un súbdito
le asigna como pensión "mil panes, cien jarros de cerveza,
un buey y cien manojos de ajos". Así el egipcio en el esplendor
del periodo Dypilon llegó a mezclar sus propia imagen con el limo
y el tejido de su complicadísima historia era fácilmente
descifrado por el intendente o el labrador. Llegó a creer que todos
los ríos del reino confluían en la boca del monarca. Y el
poeta no tenía que ejercitarse, pues lo mismo el mozo de cuerdas
que el traficante en maderas para la barca de Amon-Re, cuando moría
el monarca todos lo anunciaban con igual plañido: se hundió,
decían en la línea del horizonte. La tumba natural de un
rey era la línea del horizonte. Heracles desaparece también
en una puesta de sol; recibe la túnica fatal y en fuego asciende
de la tierra a las nubes, de las nubes al asiento de los dioses. Cuando
su amante es Yola, como en un ballet, se truecan las nubes del amanecer,
coloreándose de tintas violetas. Ese deleite subsiste aún
para los filósofos. ¿Si pudiéramos ver siquiera cómo
se ha trocado la aurora en laurel, pregunta Curtiss? La aurora es la ardiente;
el laurel, de madera combustible, es también el ardiente.
En el período Fou Hi, según el decir de un historiador,
el feudalismo chino se convirtió en un sueño. En el período
Topsó, en el ceremonial del 15 de agosto llamado La luna de antes,
sentados en la terraza, exigiéndose para la verificación
la compañía de dos incurables viciosos en los placeres de
la conversación y de un poeta especializado en el verso de treinta
y una sílabas; penetra la luna hasta las ofrendas, la bandeja y
la mesa, y se espera en las terrazas el hilo que la luna debe alcanzar
para el comienzo de las danzas. Y en las conversaciones entre el rey Shan
y el Marqués de Khi se trazan los principios invariables del método
celestial, que comprende desde el uso armonioso de los cinco divisores
del tiempo hasta el tratamiento adecuado para el pago de las deudas. Así
aquel pueblo extendía, como el inmenso desfile de las chirimías
de sus bandas, su sabiduría como la sierpe de sus murallas. Llegó
a habitar el humo y el sueño, el rostro ante el estanque y la luna
fría, que iguala al estanque con el desierto. "Lo que moja
y desciende se convierte en sal; lo que arde y asciende se convierte en
amargo; lo que se curva y se endereza se convierte en agrio; lo que se
ablanda y cambia se convierte e acre, y de la siembra y la cosecha procede
la dulzura." Eran suaves consejos adquiridos con una porfiada amargura.
Khwan, rey , tiene que luchar con las inundaciones, represándolas.
Khwan sufre prisión hasta su muerte, y al ascender su hijo Yu,
el cielo le entrega el Gran Plan y los principios invariables del método
celestial. Rodeado de sus inmensas colecciones de proverbios, el chino
se recuesta en el sueño, pero sin adquirir la imagen. Los dioses
reemplazados por los proverbios, depositan los sentidos en el reverso
del no ser.
De la soberbia escayolada de los romanos, si la cronología se interrumpe
o falsea su juego, por entre las columnas truncas, se pueden obtener las
más plásticas distribuciones de elementos de composición
y fondos. Podemos levantar falsas antorchas en la celebración,
en casa del pretor, de la fiesta de la bona dea, a la que solo es lícito
la asistencia de mujeres. La prefectura romana ha tenido la confidencia
de que algunos jóvenes libertinos se proponen asistir disfrazados.
Y los centuriones enmascarados con túnicas como si fuesen ciudadanos,
registran cuidadosamente a los asistentes al festival. De pronto, el asombro
de uno de los prefectos, se encuentra delante de Julio César que
ha asistido disfrazado de mujer. Cicerón que está disfrutando
de un ocio en su finca de Tesalonia, recibe de su partido la orden de
su partido de acusar a Julio César ante el Senado romano. Pero
César le envía con un liberto una esquela interesándose
para su salud, y aconsejándole, día señalado para
la acusación, que deberá continuar en su finca para su total
restablecimiento. Y Cicerón decide quedarse un día más
en su finca de la Tesalonia, meditando acerca de la compra de otra finca
en Dyrrhachium. Ese relato absolutamente falso me hace propietario de
esa mentira. El asistente disfrazado de mujer no fue César, sino
Clodio; éste no mandó ningún billete irónicamente
amenazador como César, sino gimió, compro a los jueces y
consiguió el apoyo de Hortensio, florido enemigo de Cicerón.
Las asociaciones posibles han creado una mentira que es la poética
verdad realizada y aprovecha un potencial verificable que se libera de
la verificación. Y no se falsean esas posibilidades que engendran
otras asociaciones, que en nada destruyen las que se pueden crear después,
pues Clodio era amigo de Julio César, fue nombrado tribuno por
él, hizo que se aprobaran las leyes para desterrar a Cicerón.
Cuando César pactó con Pompeyo, antes de sus desavenencias
posteriores, le envió un billete, enérgico, no irónico,
ante imprudentes pronunciamientos de Cicerón que venían
a recluirlo de nuevo en su granja.
La gravedad de las termas o del foro, fabrican de lo romano el rostro
cejijunto, sobre el que se posa el moscardón. Para quedarse con
el nombre de las fundaciones, Rómulo va al Monte Aventina y Remo
al Monte Palatino. Que sobre la cabeza de Remo trazasen seis buitres y
sobre la de Rómulo circulizasen doce buitres, nos dejaría
mansos al conjuro, sino sirviese para quemar en forma segunda la verdad
segunda. Están, seis y doce, los buitres sobre la cabeza de los
fundadores, ya Rómulo queda con su nombre, y ahora empieza a librarse
otra batalla que hace que los mismos signos espaciales concurran a otro
escamoteo. Nos permitimos, impulsados por esos conjuros que nuestro tablero
dé las señales para el comienzo de la gran batalla de Lutzen.
Separados por eso campos de Breughel el viejo, una llanura de trigo o
un río que podemos impulsar con las manos, Gustavo Adolfo y Richelieu,
en filas contrarias, meditan y oran. Sobre un cojín gualda, como
la sortija rojo y azul de los adolescentes pintados por Rafael, Gustavo
Adolfo ve el paso de los cirros, pero la presencia de una nube bermeja
se precisa hasta parecer un capelo cardenalicio, y como una muestra en
su vitrina de una talla de alta dignidad, hace que lo habite su enemigo
de más peligro, es decir, el otro que también está
rezando antes de la batalla, separado por un río o por una llanura
de trigo. Al despertar, después de un desayuno con los ángeles,
" de otro es el mundo", exclama, tiene el convencimiento que
la suerte de la batalla le será desfavorable. Pero mientras que
un guerrero con un conjuro desventurado, encontraría su fuga justificable,
Gustavo decide batallar como los mártires, donde cualquier posibilidad
de triunfo es una falta de atribuciones, una desconfianza en el otorgamiento
de los poderes. Pero aunque en realidad Richelieu no asistió a
esa batalla y el único implorante fue Gustavo Adolfo, ni el conjuro
llegó a atemorizarlo en una forma tan vehemente como para disfrazarlo
de San Mauricio del protestantismo. Las colecciones de buitres recibidas
en la infancia seguían agitándose como para dividir en los
ejércitos que aguardan la misma necesidad de importación.
En la contienda de Eumono y Aristón, al quebrar una de las cuerdas
del instrumento de Eumono, vino una cigarra a reemplazar el volado traste,
comenzando a cantar. Es el mismo conjuro cuando la causalidad sea demasiado
exigente, lo semejante destruye lo advertido. Qué fatigoso el sueño
de Sócrates, cuando ve el polluelo de cisne sobre sus rodillas,
y al día siguiente al recibir a Platón, lo reconoce como
el cisne que se despereza dentro de su sueño. Sea otras veces una
sequedad que tiene el rebrillo segundo como el pulimento de metal. Es
tanto el halo, el polvillo refractado en el contorno que en lo que no
le allegamos, ejercita una comunicación en ese cauce tinto donde
no le alcanzamos. De la longitud del número, de la superficie plana
entre las extremidades, de las inagotables labores de tafileteros y tapiceros,
aventuras en Pérgamos, fábulas milesias, salto de la empalizada,
despiertan el rumor del orden de la colocación, enfilan detrás
de eso paredones unas secuencias de monodias, decir, un paréntesis
de semejanzas capaz de formar las cantidades que pueden abarcar esa rúbricas,
Bien por una precisión de movimientos de trucha, o bien - el salto
de la empalizada -, por un gobierno de imprecisiones domeñables
que se muestra como el cuerno de la abundancia, el cuerno de caza, el
de ayuda o convocatoria del rebaño. Un tumulto de sonidos que siguen
su aventura por valles y collados, que siguen ondulaciones y espejos,
hasta que saltando las ajenas ciudades amuralladas llega su final que
se ve despertado por esa penetración de ecos carnales que fruncen
la piel del caballo o provocan la irritación muscular del felino.
Otras veces era el ejemplo, el fatídico ejemplo, el que volvía
para destrozarnos las más suntuosas tesis. Para mi mal, al reconocer
la cartesiana sustancia que piensa, saltaba el personaje para trabar conmigo
un dialogo banal, pero suficiente para destruirme un desarrollo acostumbrado,
una acomodación en el pensamiento sustantivizado. Para provocarme
esos ruidos o rocíos, venía una sustancia extensa y divisible
como el alma de un caballo, o inextensa e indivisible como el espíritu
de Sócrates. Su galope, precedido y perseguido por un alma, hacía
del caballo el habitante de una inmensa sustancia que rodeaba al caballo;
pero si niego este cuerpo, este caballo, quedaba esa extensión
que era un alma, que era como un inmenso caballo, como si en cada sitio
regido por nuestra visión fuese inminente la aparición de
un caballo. Un inmenso cuchillo, después de ese inmenso caballo,
venía a pronunciarse, a reclamar sobre esa extensión. Caballos
de cerámica griega, regidos por un concepto euclidiano de la divisibilidad,
venían a encarnarse en un alma que se despertaba de esa primera
y embrutecedora extensión. Venía el caballo sobre su alma,
la reclamaba también, y después se diferenciaba bruscamente
del espíritu, del espíritu de Sócrates. Si de acuerdo
con Cartesio esa alma indivisible era "un aire delicado que está
difundido", el caballo participaba y se incluía al propio
tiempo en un aire que era su alma, pero que extenso e indivisible lo dividía
al ser impulsado por las progresiones de su velocidad al fuego soplado
de su nariz. Pero mientras esa alma extensa del caballo se iba convirtiendo
en toda la tierra y el caballo se tornaba en un gran cuchillo que cortaba
las rebanadas delicadas de ese aire difundido, era necesario retornar
a la cartesiana sustancia que piensa. No nos encontramos al regreso con
ninguna brusquedad excesiva, sino con una tercera palabra: lo que prueba
demasiado, no prueba nada. Luego la poesía y su creación,
necesitaban desde su inicio la prueba hiperbólica, y nos encontramos
con que esa mentira toma peso y se justifica en esa prueba hiperbólica.
Si se ha encontrado una sustitución, marcha opuesta al conocimiento
que va hasta el ser, donde el hombre habita una embriaguez que se hace
evidente por la revelación, la presencia de la prueba hiperbólica
es la única que puede trazar un continuo en aquel mundo que surgió
como la discontinuidad mayor. En el Baghad Ghita, tocamos esas pruebas
hiperbólicas. En la multiplicación del sonido de los caracoles
de guerra, en la instalación de los carros para el gran torneo
verbal, rodeado de la muerte y de la incesante flecha, los dos príncipes
situados armoniosamente en sus carros trazan los círculos del ser,
de los mentirosos sentidos y la verdad del vencimiento. Rodeado de trompas,
de dardos, de las invisibles y hormigueantes estrategias de los pandavas
y los curus, se va trazando la corriente mayor, la prueba hiperbólica,
que es la plomada de la mentira primera. Rodeado de una gran movilidad,
de guerreros que pasan y que desaparecen, de remolinos, de la gran rueda
que siempre pasa por un punto y que ofrece un punto. De eso se rodea,
pero su centro, el poema, es estático, de carro a carro las palabras
van trazando el mismo poema. Estrechado por un gran combate, las palabras
cruzadas entre los dos príncipes, cobran una exquisita lentitud,
la necesaria para trazar el diseño de la sabiduría. ¿Cómo
es posible la confluencia de las sentencias y los caracoles de guerra,
y que mientras la primera se afina, la segunda, se hace ronca y desacordada?
Traza el compás la primera frase, hinchada, roto el compás,
la sucesiva palabra , cae.
En medio de los remolinos, ocurre el desvanecimiento del príncipe
Arjuna. El círculo permanece felino, pero al centro, en el juego
de los accidentes, ocurren los torneos verbales y los desvanecimientos.
Arjuna se niega, no quiere ser el instrumento de muerte de los nobles
y reverendos varones que fueron sus maestros. Pero a sus desmayos , contesta
el príncipe Krishna con sus teorías de las apariencias y
de lo Absoluto. Y es en ese mismo combate , decisivo para las principales
familias indias, donde se hace el elogio de la tortuga, el retiramiento
de las facultades sensoriales y lo esencial que cubre su despreciado peto.
De esa manera, con el gran combate que renueva la periferia del poema,
mantiene el centro como la casa central. Hay una tregua, prueba hiperbólica,
donde parece que se remansa lo que es en su centro la propia prolongación
del poema. He ahí la segunda transmutación. Del combate,
descompuesto en un eco descompuesto en un eco y un remolino, queda como
el gran zumbido que representa lo temporal, el tiempo no encarnado, el
tiempo que no hace historia sobre la tierra. Tiempo Poemático,
forma sutil de resistir sin hacer historia. Y el espacio donde conversan
el aprendiz y la sabiduría perecederamente encarnada, que cobra
una lejanía más allá de ese zumbido, de esas alabanzas
lejanas, semejante a ese cuadro de un supuesto primitivo deliciosamente
artificial que situase en el primero y en el último de los planos,
el mismo motivo. Un motivo caminando hacia nosotros. Y otro precisado
por la perspectiva, pero que se fuese desvaneciendo como si también
desease sumergirse huyendo del anzuelo de la visión.
II
En aquel lavadero negro situado por Rimbaud, suelen acudir las lluvias
(quantos) compás desmesuradamente abierto,, hasta alcanzar en el
ejercicio de un sentido inapresable pero coexistente, un sentido extremadamente
extraído para las asociaciones de verbo, de situación, de
relación, de intercomunicación, entre las asociaciones dilatadas
regidas por un sentido, y un sentido que actúa sobre un contrapunto
preciso, monstruoso, sencillo repetible. Ese lavadero negro viene a abrir
la ópera fabulosa. En esa forma de nutrición poética,
semejante a la diversidad homogénea de la lluvia - ya que la historia
es como una inexistente y bipolar lluvia horizontal -, la poesía
avanza en su inicio sobre una llanura tan dilatada y lejana, semejante
a la entrega vegetal que diferencia siempre el discurso de la corriente
progresiva. Semejante a una doncella que después de haberse cansado
en los burdos trabajos del lavadero negro, por la noche vigila sus sedas
para acudir a la ópera fabulosa. Dispensadme si he empleado sentido
y no la he precisado en el giro en que yo quisiera hacerla visible. Después
de haber utilizado los recursos instantáneos de una red de asociaciones.,
a veces entregados por una voluptuosa extrasensorialidad; es ese sentido
que va surgiendo y que termina aclarándose como la prueba hiperbólica
, como los peces de gran tamaño avisados en su presencia por un
ligerísimo movimiento vertical de la masa liquida, provocando esa
delicia en la que aún el agua se extiende, pero ya perteneciendo
a otro reino, por la superficie escamosa. ¿ Será acaso necesario
distinguir entre el sentido como proyección inicial y el sentido
como resultante tonal? Subrayo ahora esta última condición,
este deseo incesante que por instantes se hace visible, o se fija sobre
nosotros con una insistencia grotesca. Así como el hombre ha reafirmando
las posibilidades de su orgullo en la creación de la orquesta o
en la creación de la ópera, que son organismos vivientes
creados por el deseo perseguido por la secularidad de apoyar, de conseguir
una dureza o una resistencia para su imaginación; de hacer permanente
o perseguible de continuo un enemigo que nos obligaba a seguir su ademán
desenvuelto en el tiempo o su gesto fijo en el espacio. Una fijeza y una
desenvoltura, apoyada en un monstruosillo que después se volvía
errante, burlándose de las primeras imposiciones, que calmaban
la inmovilidad de la congelación.
Al llegar Rimbaud a los deslumbramientos de la ópera fabulosa,
iba más allá de una pertenencia para otorgar un recinto.
Se relacionaba así con la más sorpresiva tradición,
entre las del otro cartesio que nos daba la adecuación de acto
primero y de forma principal en el hombre. Así como el misterio
de nuestras respuestas se adormece o se aclara en relación con
un acto provocador, presentado con una distancia tan absorbente entre
uno y otro, que la misma provocación se insinúa se extingue,
como si esa provocación nos mostrase tan solo su reverso. Pensaba
yo por esa misma asociación de actos, que la respuesta en danza
o en canto a la purificación de los metales o al cumplido itinerario,
debe ser tan sorprendente para él, para el que tiene que contemplar
nuestras respuestas, perdido de su propia cercanía a ese acto provocador.
Y si ya dentro de su milagro cada acto desprendía su forma, engendrando
en la reiteración el entrelazamiento del curso natural y el discurso
artificial; esperábamos también de la forma su secuencia,
desprendiendo su naturaleza en la diversidad o en el tiempo. Así
tampoco la forma se trueca en objeto o en conocimiento dentro del ser,
necesitando irradiar, construir imágenes que son los residuos de
aquel acto a través de la voracidad de las formas. Aún en
la distancia que puede mostrar el acto y la forma se mantiene en su distintivo
de inmediatez; pero las imágenes invadidas por la forma quedan
sólo como aproximaciones, como un deseo en la infinidad deshecho
en el ápice de la música o de la espuma.
En los misterios eleusinos, Ceres marcha acompañada de la flor
de la dormidera, y el sacerdote, en la ofrenda de laos cabritos, riega
sin el cántaro y empuña con el misterio de la siniestra
adormidera. Cada esbozo de lanzar la semilla está acompañado
por gestos de la adormidera para provocar su olvido, para sumergirla en
el sueño que marcha al encuentro de Perséfone. Cuando leemos
en Cartesio que el espíritu es más fácil de conocer
que el cuerpo, deseamos que esa ofrenda se aleje de nosotros para reaparecer
después de un largo sueño. Ahora la demostración
con que acompaña ese conocimiento amistoso con el alma y su facultad
para señalarla a nuestro lado se hace tan evidente y difícil
como la dificultad del cuerpo.
Sus demostraciones han comenzado para nosotros a cantar:
Como yo no distinguía todo lo suponía en su cuerpo.
Cría que la pesantez acompañaba al cuerpo y que era su realeza.
Si digo cualidad real es una substancia que viene a hacerse grosera.
Un traje en sí es una substancia.
Si camina el traje y va hacia su cuerpo es una cualidad.
También sabe el espíritu que la pesantez se liberta del
cuerpo pesado.
Y como esta pesantez no reconoce su nieve y olvida la extensión
del cuerpo del hombre.
Finísima extensión, malla de acero, que rechaza y olvida
la penetrabilidad.
Pues esa misma pesantez, tiene su guarida en la misma masa de oro de un
pie de longitud .
También la pesantez, sencillísima vuelve a lo suyo y ahora
duerme y recela en un pedazo de madera de diez metros de largo.
Pues si el cuerpo se cuelga de un cordel ,la pesantez penetra toda la
parte de la cuerda que sustenta todo el cuerpo.
Y así el espíritu se cuelga al lado del cuerpo
junto con éste se encamina al centro de la tierra.
Y ya caminando al centro de la tierra lo podemos medir
y dividir y así precisamos que él no se desvanece.
He aquí que el trato de los agrupamientos, en que lo diverso logra
constituirse en ciudad, forma las figuras que incesantemente o en unidad
temporal, logra su a horcajadas sobre el tiempo. La iluminación
de los cuadrilleros en los trabajos subterráneos o secretos; la
cacería; las agallas de los barcos en los sucesivos deshielos:
el estallante ojo frío de la mesa de azar; el alma desatada del
capitán que avanza en el desierto rodeado de negros; el campamento
dormido con las hogueras desiertas; las expectativas del agua corriendo
entre el veneno y el amanecer; las conversaciones del hombre y los animales
frente al cañaveral incendiado; el paseo de los conspiradores hasta
la meseta donde están los ahorcados; los estudiantes que se dirigen
al cuarto empapelado del sodomita; las sobremesas donde el migajón
no rueda del abuelo al bastardo hidrocéfalo; las notariales mesas
de firmas donde se rubrica la extensión de los sonámbulos
y los morfinómanos; el asombro yerto ante las operaciones aditivas,
diferentes en tres pizarras e igualasen dos planetas diferentes. Todo
ese mundo tan lento como fulgurante, tren inmóvil o caballo con
tétano, donde el hombre ha logrado formar grupos escultóricos
rodeados de un espacio visible como un follaje duro y de un tiempo que
zumba apagado, inaudible. Han logrado así , con un nombre tan secular
como hecho para rectificarse de súbito, un tiempo que resiste como
una sustancia y un espacio que vuela como esencia. De esas criaturas desprendidas
vamos a fijar la cacería. Sucesivamente, en su agrupamiento, la
cacería va formando una diana para el campo óptico, al mismo
tiempo que va cayendo en lo temporal. Las trompas que impulsan en un soplo,
los perros que trazan cintas colaterales, pero no siempre dentro del volteo
de la mirada. Una ligera suspensión de las riendas del príncipe
halconero, y el largo cortejo, conciencia vertebral, queda en éxtasis.
Como en prolongación monstruosa y afilada, camina el índice
del príncipe entrándose en el pechugón de la garza,
la cual se enajena, se inutiliza y cae. Sóplanse las plumas del
halcón que viene a trazar su malla en cuidado de las plumas del
ave del río. Del halcón a las tenazas del perro, del perro
a las guindallas, a las parihuelas. Aquel organismo, tan inventado como
reinventado, la cacería, va adelantando así con sus contracciones,
con sus sobresaltos rebanados de pronto en el éxtasis en que se
suelta el halcón o relaja con las riendas sueltas al atravesar
el vado o se entra en el castillo de sombra que le trae el alquiler del
toldaje de una palma cana. La dispersión, después de la
glorieta sombrosa , les aclara el pintarrajeo y si no se diluyeran en
sus retiros, la creeríamos formando parte de una locura cuyo centro
vuela. Ese organismo se restituyó, se formó para el veedor
que lo reinventa al dejarle paso al grupo escultórico que de pronto
recibe la impulsión de la temporal, se pone en marcha y al fluir
en el tiempo su estela se endurece para resistir. Y si alguien cometiese
la travesura, comparable a una metáfora subrayada que vuelve a
su lejana provincia, de aprovechar un diálogo conveniencista para
retirarse del cortejo, al llegar a su descanso crepuscular los cazadores
coincidirían en indicar y comentar esa ausencia.
El mismo espejo de la poesía tiene su revés que otorga una
poesía de mayor movilidad, pero de muy difícil desciframiento.
El que ha escrito la poesía es de pronto sorprendido por otra poesía
que él toca y agranda, pero de revés. Un soneto de Góngora
al conde Villamediana, celebrando el gusto que tuvo en diamantes, pinturas
y caballos. Ese soneto es un índice amistoso, pero da paso a enlaces
y misterios de más rebrillos. ¿cómo se conocieron
Góngora y el Conde? ¿Cómo la tozudez gongorina quebraba
para escribir a dos manos obras teatrales con Villamediana? ¿Acompañaba
Góngora al Conde en la misma berlina cuando éste paseaba
por los alrededores oscuros de Madrid y por sus bajos fondos? ¿
Por qué los dos mejores amigos de Góngora tuvieron muerte
misteriosa, pasados a cuchillo? El conde intenta siempre acercársele
como resguardo y compañía. Así si Góngora
crea " la hija de la espuma; él se acerca más aún
y crea su "nieto de la espuma". Cuando Góngora nos entrega
su advertencia inaugural: era del año la estación florida;
Villamediana se acerca más aún para enviarnos el mismo recado
de situaciones: era la verde juventud del año. Aún si estos
acercamientos del de Villamediana dejaban las cosas en su distancia habitual,
el mineral, los diamantes, los frutos de Góngora se alejaban del
lacustre, del junquillos de agua estancada de Villamediana:
voz que puede por tuya, no por mía,
articular del nieto de la espuma
la que de sus victorias fue la suma,
cuando hizo su arpón volante de oro
bramar un dios y suspirar un toro.
Ese momento en que la situación de dos coincidencias o la oportunidad
que puede ofrecer de quedar en vibración con el mismo poderío
que la escritura ¿ por qué ese momento en que todo parece
prolongarse porque ha convertido al hombre en un molusco de incesante
y visible segregación? Entre nosotros, esa situación es
de real valor para completar una frustración poética, un
destino que fue decapitado. Le oí relatar a un emigrado una noche
de festival en que se esperaba a Martí. De pronto atravesó
la sala el hombrecito, arrastraba un enorme abrigo. Inmediatamente esa
pieza, ese gigantesca abrigo, comenzó a hervir, a prolongarse,
a reclamar, inorgánico vivo, el mismo espacio que uno de aquellos
poemas. ¿Qué amigo se lo había prestado? ¿Y
quién había lanzado ese pez tan carnoso en la reminiscencia?
Así como el haz de nerviecillos parecía manifestarse en
la mano de Martí; esas radiaciones se descargaban o descansaban
en el círculo verde frío de los ojos de Casal ¿Qué
gran nube homérica, qué trabajo de los héroes impedía
que Martí y Casal ni se hablasen ni se conociesen? ¿Y cómo
Del Monte tenía siempre a Casal e aquel cuarto sobrante de su periódico,
donde se empeñaba en que Casal leyese a poetas italianos menores?
Cuando Casal lanza su bocanada de sangre en los manteles, está
fumando un cigarrillo. Su traje es el de la invitación a la casa
de brocateles y risitas galas; cuando él suelta esa risotada, que
así subiendo por los cañutos de la sangre parece como si
viese una gran frase que alguien fuera de la sala ha lanzado y que sólo
él ha oído y tiene que reírla. Es llevado a un sofá
donde se le extiende con cuidado; cuando vuelven, Casal ya se ha ido con
la otra frase de la otra pieza, pero en sus manos sigue ardiendo el mismo
cigarrillo ¿ cómo pudo resistir, tan imperturbable, ese
cigarrillo a la muerte? ¿llegó a quemarle la piel? ¿se
apagó en las manos exánimes o alguien lo apagó y
coleccionó? Ahora ese cigarrillo se agita y con la punta de su
fuego y parece volver, esconderse y lanzarse de nuevo a posarse en una
mano como si fuese una divinidad egipcia.
Ahora Paul Verlaine está en Londres con barras clownescas de brea
y de hollín. Y Rimbaud está con él y ha sido la disculpa
unas clases de francés que remediarán la pobreza. Detrás
de ellos como antiestrofa o coro, las madres. La de Rimbaud que ve siempre
que su hijo se le escapa desde que tenía diez años. Y la
de Verlaine, que es la madre muy vieja del cuarentón largo, que
ve que su hijo, más allá de la esposa y del hijo, la busca
siempre, le pertenece. Ambas, como corcho tallado, se aprestan a seguir
los designios de sus sucesiones. Piojoso, vociferante desigual, rueda
de una a otra parte, como el plomo de una banda a otra del barco achicado
como un tapón. Y la de Rimbaud, que recordaba el día que
su hijo le pidió un piano y ante su consideración le descerrajó
la mesa y luego le dio forma y registro de piano. Y la promesa de convertir
todas las piezas de la casa en un piano si no llegaba el piano. Y la asombrada
madre de Rimbaud que ve que después del piano su hijo quiere ahora
a Verlaine, que de noche camina hasta su casa gritando, sucio de hollín
y de siniestros peldaños de buena canción; como si fuese
entrada y salida de personajes previamente diseñados, cuando RImbaud
se escapaba de Londres, llegaba de inmediato la madre de Verlaine. De
nuevo están juntos en Bruselas, ya con la madre de Verlaine. De
regreso la madre de Rimbaud le hace el sueño en un segundo piso,
el granero, con breves borronaduras de cal. Le depara sí en su
rica sencillez, la misma provocación imaginativa que cuando después
de píldoras de opio ve sólo lunas blancas y lunas negras.
Entre Verlaine y Rimbaud y las dos madres, su hermana Isabelle que tiene
el rostro semejante a esas místicas polacas que un día durmiendo
en los trigales, sintieron una rudeza, una conmoción, ostentando
después la hinchazón de su vientre o un gran manto azul
con espesas estrellas. Isabelle cuyo rostro es semejante al de Rimbaud
si hubiese llegado a viejo. "Sin haberlo jamás leído,
nos dice, conocía sus obras. Las había pensado. Pero yo,
ínfima, no había podido resumirlas en su verbo mágico.
Admiraba y comprendía, eso es todo." Y sus deseos cumplidos
de morir de la enfermedad de su hermano, que devoraba los huesos y paralizaba
los músculos y las intenciones. No estaba llamada a ejercitar o
cumplir sus dones, pero había estado despierta, vigilaba y cuidaba.
Su labor era el testimonio en estado puro, no alteraba, no irrumpía,
sin ninguna exigencia o reclamación de un fragmento de aquel destino.
Ni siquiera podía ejercer un llamado directo, pues estaba la madre
que irrumpía y que recibía los cuidados primero que ella
y que servía como una imposibilidad de niebla para impedir que
ella se extendiese y pudiese asirlo. Se realiza así una perenne
coordenada de irradiación. No solamente la extensión poética
que habían cumplido Verlaine y Rimbaud, sino sus vicisitudes, sus
torres de vigilancia, sus familiares, iban a participar de la otra modulación
del otro poema, pues toda verificación en la distancia, toda arribada
en la ausencia, todo cuerpo que ha logrado integrarse sin una fusión
de su sustancia participa y es la misma poesía. Desde el punto
de vista de al modulación emitida, de súbita modulación
de los instantes, de la manera que tienen las cosas de penetrar como un
a túnica en nosotros (la piedra que está en el río
está también en tu alma), encontramos la misma escritura
en El Barco ebrio o en Lo que le han dicho las flores, que en una escapada
de Rimbaud de Charleville, perseguido por su madre, mientras Isabelle
se ha quedado guardando la casa. Nos damos cuenta que esa situación
se ha convertido en sustancia, que goza de una impulsión temporal
y de una penetración espacial, y que podrá reincorporarse
a nosotros como un poema extinguido en la lectura pero exigente y reaparecido
después; como igualmente se reincorporan a nosotros esas situaciones
o modulaciones desprendidas, no en el sentido de que toda acción
es un símbolo, que han logrado avivar un sentido con estricta referencia
para la creación; tomado aquí sentido como una progresión,
que en su desfile o procesional desliza y recobra un cuerpo, donde la
forma se adquiere o se extingue en el momento en que esa progresión
se detiene. Progresión del poema que podemos asemejar a la del
pez dentro de la masa líquida y que queda ya diferenciada de la
impulsión al depender ésta de su punto de partida. Y la
progresión de un número que podemos distribuir con un compás
de los pies o del canto. Pues en realidad esa progresión es la
prueba del fuego de que la impulsión está actuando sobre
un cuerpo y no sobre lo indistinto homogéneo o sobre una sequedad
que no puede ofrecer la metamorfosis de la semilla.
Se acercan con nebulosos cabeceos, palabras sin reclamación ni
exigencia de la parte contraria; mármol, cristal, clara de huevo,
claroscuro. Ni todas, a cada una de esas palabras, voluntariamente, le
rebanamos los ecos y les borramos toda adherencia. Cada palabra rinde
sus reflejos al secuestrarla de la coordenada de irradiaciones. Las cuatro
van a ser atravesadas por el venablo de un sentido que es sus sucesión.
De pronto, descubrimos que su sentido está en su sucesión
y que es precisamente la sucesión la que les presta su marcha y
su creación. Su sucesión habitual las hacia antipoéticas,
y si ahora percibimos que exhalan otra sucesión, que pueden ser
atravesadas de nuevo, cobrando otra modulación, como con un sentido
impracticable pero rigurosamente preciso, pudiéramos ir enhebrándolas
con tacto ciego, pero donde otro sentido destella. Mármol, sentimos
la carencia de ondas en un mar prehistórico. Si la heráldica
china consideraba el cetro de jade como el rayo de luna cristalizado,
en el mármol toda radiación está impedida. Todavía
no se le han colocado puertas al cristal, y podemos salir o retroceder
gustosamente. Cuando la puerta se cierra, es decir, ya en el espejo, la
imagen está fijada y quedamos como la incrustación de monstruos
en las paredes marinas, percibimos que nuestro cuerpo penetra en la puerta
y que allí se fija primero, y que se incrusta en la secularidad.
Nos dolemos que el cristal fuese una abstracción gelée y
no materia orgánica y la clara de huevo viene a ocupar el recinto
de la suspensión para el embrión que no puede soportar la
aridez del contorno ni tampoco una heridora tangencia. Su descendencia
del cristal, que era cristal espeso y orgánico, lo revela en la
capilla de aislamiento y brillo que los primitivos usaban. Que los debates
entre la clara de huevo y el barniz permanecen eficaces, lo tenemos en
la luminosidad de los fresquistas de Siena, y la oscuridad consiguiente,
la del barniz. Si la clara de huevo tenia fuerza para conservar, el barniz
no lo tenía para destruir, y el óleo que resiste treinta
años puede asegurarse que no será devorado por el tamaño
de ninguna mancha negra. Cuando saltan los cristales de la clara de huevo,
y sobreviene su descomposición, el claroscuro, en su asegurada
lejanía, trae el cuerpo en sus invisibles tubas de infinita sucesión.
Pues si el cuerpo está en primer término, y después
de muchos también sucesivos elementos de composición, aparece
en el cielo Orión, habrá que trazar la clara de huevo que
incluya y alimente el cuerpo de primer término y la lejanía
de la estrella, provocando que esa distancia que las separa no sea yerta
e irrelacionable.
La emisión poética de una palabra puede igualar sus ingredientes
o elementos actuando sobre nosotros. Entre los somníferos, las
hojas de gordolobo y el ungüento popúleo, igualan en su virtud
constitutiva, la espesura de sus sílabas con su imagen letal. En
los últimos, cuando olvidamos del tiempo apenas podemos precisar
nuestro pie ideal pisando esas arenas negras y esa mancha que nos va ciñendo
hasta lograr nuestra total destrucción. Gordolobo es palabra adecuada
para entregarnos la primer pequeña mancha que atrae la otra grande
y total. Todos podemos tocar un lobo muy gordo, pero su paso ligero es
intocable. Los movimientos lentos de un lobo gordo, su arrastramiento,
su inofensivo acercamiento a nosotros, y darnos en esa penetración,
la gran mancha, el sueño indistinto, homogéneo e indefinidamente
extenso. Ungüento popúleo nos produce también ese oleaje
gordo de sílabas espesas, que nos va otorgando sílaba por
ola, hasta dejarnos en la playa de donde vamos a ser extraídos
con las danzas del alba. La poesía no se ordena y realiza sólo
dentro de esos regustos de la excepción, es una relación
o enlace que sorprendemos dentro de un círculo para los ojos, que
cabe justamente dentro de una sucesiva cantidad de vibraciones para el
oído. Alguien toca la puerta sin excepcionarse como aparecido o
forastero. La figura que atraviesa el patio parece arrastrada por los
tres golpes en la puerta. Cuando regresa, el ladeo sorprendido de nuestro
rostro lanza su ¿quién toca? La figura que atravesó
el patio, dice: - Uno. Mientras vuelve la atravesadora de patios, no a
su rueca escocesa, sino a su surcado de innobles tapices, su Uno ha comenzado
a reclamar y a hervir, a saltar a otra naturaleza. ¿La respuesta
se refiere a un numeral o a un indefinido? ¿Quería decirnos
que solamente había sido un yo diferente y cordial el que había
sido un yo diferente y cordial el que había anudado tres veces
su llamada? ¿O ese Uno quería decirnos que era Uno de tal
tribu, Uno de aquellos que yo esperaba?
De esa manera , a la cantidad de monstruos que el hombre ha podido crear,
la orquesta, la cacería, la poesía, aparece el más
cambiante instrumento de aprehensión, el que puede estar más
cerca del torbellino y el que puede, al derivar de ese germen una sustancia,
tener un cuerpo de la más permanente resistencia, ¿luego
es posible el aislacionismo de un monstruo elaborado por el hombre donde
puede aprisionarse el germen y su desarrollo, la constitución de
un ente germinal? ¿Luego existe el germen capaz de constituirse
en ente de poesía y no en ser o en existencia? Es posible entonces
la poesía en el poema; es posible que la visita en el tiempo pueda
reconstruirse, permanecer, repetirse. Puede situarse la iglesia debajo
del Órgano, o como afirman algunos teólogos protestantes,
la única fe diferente en cada individuo puede desgajar el espanto,
y en el espanto construirse la torre. En la visión última
¿es la torre o el poema? Mientras el vislumbramiento de la torre
en la última visión es incomunicable, la seguridad de la
existencia del poema es continua o inmediata, pues en el poema la imagen
mantiene el fuego de proporciones, y en la poesía, la metáfora,
no en el sentido griego de verdad como develamiento, sino en lo poético
de oscuridad audible, adquiere su sentido de metamorfosis que justifica
sus fragmentos. ( Tal vez las asociaciones, los ritmos que Rimbaud llamaba
nadas, y que elaboraban en tal forma su silencio que salía de ellos
diciendo, deme papas, deme vinos. O al final, cuando le era casi imposible
escribir a Mallarmé y nos decía: he perdido la razón
y el sentido de las palabras más familiares.)
La poesía que es instante y discontinuidad ha podido ser conducida
al poema que es un estado y un continuo. Pues hay siempre una comparación
en cada poema mediante la cual fijamos un elemento de suyo fugaz e irreproducible.
Si decimos tal vez que un cristal es agua dura o fija brisa, no es que
intentamos detener el eco sino que intentamos una dualidad imposible como
un águila y un toro que tirasen de una homérica carreta.
Esa dualidad imposible, comparativa, hecha para un sentido hiperbólico,
es la que mantiene la liaison de poesía y poema. Mientras el invitado
es esperado, sus rasgos ante la ventanilla se convierten en un poliedro
aleteante. Y las mismas brisas y cristales que él tiene que romper
para acercarse, tenemos nosotros que perseguirlas también para
hundir y perseguir su revés en el tiempo. Al pasar por una casa,
vemos que penetra, después en infinitas sucesivas casas, hasta
que penetra en nosotros. Ese poliedro aleteante que se va acercando a
nosotros prolifera sus huellas en el tiempo. Las casas en las que ha ido
penetrando sucesivamente o las múltiples adherencias que ha logrado
su desenvolvimiento, al mismo tiempo que se han ido desgajando, refractándose
en chispas ocultas detrás de la corriente mayor, como un bailarín
cuyos pies fuesen incesantemente secuestrados por navajas de ópalo.
Si es posible que el hombre haya podido elaborar una criatura donde puedan
coincidir la imagen y la metáfora, viene a resolver no la sustantividad
en lo temporal, sino una sustancia que se sabe y reconoce como tiempo.
No una sustancia resistente al tiempo, que concentra una energía
para le tiempo, sino el mismo tiempo que se sabe que es una sustancia,
el mismo tiempo que es capaz de sustantivarse en un cuerpo... Después
que la poesía y el poema han formado un cuerpo o un ente, y armado
de la metáfora y la imagen, y formado la imagen, el símbolo
y el mito - y la metáfora que puede reproducir en figura sus fragmentos
o metamorfosis -, nos damos cuenta que se ha integrado una de las más
poderosas redes que el hombre posee para atrapar lo fugaz y para el animismo
inerte. Aprovechando el nacimiento del ser, por su posible prolongación
y sucesión del germen, puede captar en la metáfora, que
es en sí las metamorfosis de ese ser, sus vicisitudes hasta alcanzar
el esplendor formae. Al mismo tiempo que por la imagen puede trazar las
proporciones, ocupaciones y desigualdades del ser en el ente. Las imágenes
como interposiciones naciendo de la distancia entre las cosas. La distancia
entre las personas y las cosas crea otra dimensión, una especie
de ente del no ser, la imagen, que logra la visión o unidad de
esas interposiciones. Pues es innegable que entre la jarra y la varilla
de marfil, existe una red de imágenes, participadas por el poeta
cuando las concibe dentro de una coordenada de irradiaciones. Y nos damos
cuenta que si dentro del poema subsiste la sustancia poética, donde
coincide el tiempo como imagen de la eternidad y el tiempo como duración,
y un espacio comparativo ocupado por objetos. Y las viejas pugnas entre
generación y movimiento, resueltas en el germen sucesivo, en el
germen poesía coincidente con el poema movimiento. De esa manera
en una indiferencia y desolación totales, donde apenas puede vislumbrarse
la torre, nos sorprende la existencia de un flujo (todo hacia uno) que
va hacia la sustancia poética, hacia un ente del no ser (opuesto
a la distancia, esa ausencia de las cosas, no es propio no ser) que puede
ser participado y mantenido en imágenes. Así esa distancia,
esa ausencia de las cosas, no es su enemistad, sino una llaneza de inmediato,
donde deslizamos el espejo que suda rocío de enigmas y la lenta
transpiración o vapor de las imágenes.
La derivación en imagen tiene el poderío de entregarnos
hechos analogados, en el entrevisto reconocimiento de uno solo de estos
hechos, creándolos en unidad a pesar de la distancia devoradora
que parecía alejarlos. Puede también esa imagen reducir
hasta sumergirse y reaparecer con un cuerpo opuesto, irreconocible, sobre
su lomo. Queremos hacer sacrificios y rendiremos lo primero que llegue,
que ahora no es la imagen: a lo primero que llegue, y tenemos que sacrificar
a Toro, hasta que se pierda en las aguas oscuras, y a Minotauro en artificial
persecución laberíntica. Cuando Minos fue a la guerra, el
Toro ascendió de secretario a gobernador y Pasifae se enamoró
del nuevo gobernador. La fille de Minos et Pasifae, pasaba de Racine al
Abate Bremond y se perdía después en el aquarium sibarita
de los simbolistas. Júpiter, naturaleza sin memoria, obtuvo las
conveniencias de Taurus, y éste que siempre ha sido débil
con la blancura, con la abstracción de Europa, consentía
en dejarse poner flores de almendro en el testuz. Adivinaba el toro que
las torres de florea en la balanza de sus cuernos engendraría la
risa de los coperos y de Calipso que duerme en las grutas, guardándolas.
Pero el toro que también tiene su risotada baritonal comenzó
a caminar hacia el mar, luego hacia el mar con noche. Europa arrastraba
su cuerpo hacia el lomo sin agua, aunque pudiera caerse. Y Europa comenzó
a gritar. El Toro, antigua amante de su blancura, de su abstracción,
siguió hacia el mar con noche, y Europa fue lanzada sobre los arenales,
hinchada con un tatuaje en su lomo sin tacha: tened cuidado, he hecho
la cultura. De los gritos que recordamos: el Dios Pan ha muerto, el nietzcheano
he matado a Dios, y las ediciones vespertinas que voceaban: el asesinato
de Europa, en el bolsón de su faltriquera se ha encontrado la cultura.
Cien guineas de oro en el fondo de un calcetín. Qué tiempos
decían Tribulat Bonhomet o Papesmo Frisemorun, cuando Europa era
robada por el toro o por Júpiter disfrazado de toro. Ahora nos
olvidamos del espacio asimilado, de una experiencia, es decir, de la verificada
intuición para hacer otro poema; se ha cruzado una larga planicie
para ir hasta Yasnaia Poliana. Nos aburre ese dialogo, interrumpido por
el malestar de la condesa, deseamos la colección de marionetas
rusas. Ese cuarentón que todavía tienen miedo, implora,
y cochero alcohólico, no le llega la vía unitiva, no tiene
con quien abrazarse. El agua que cae del balde en el suelo forma la cara
del diablo. El agua de coco hervida empolla la lechuza. Todos esos idolillos
que salen en el sabat de la casa muerta, del agua triste. La casa muerta
os permite estudiar " las distintas modas del papel pintado, los
grifos del Imperio, las colgaduras con alzapaños del Directorio
y las balaustradas de Luis XVI ". Europa creó la cultura,
una segregación suya, con personajes que claman la dialéctica
griega, la coral bachiana, la metafísica idealista alemana, Dostoyewsky,
la novela francesa del siglo XIX. Los hemos convertido en Dramatis personae;
a través de la imagen que los ha destruido, danzan, con solo un
nombre, no hay un río, se dice un río, o el mar y se descorre
una cortina y aparece el mar. El individua, la máscara, la mascarilla,
ya están en otra dimensión. Ratalaine nos parece simplote
y charlatán. Había sido: Cocinero en madagascar, pasajero
en Sumatra, general en Honolulú, periodista religioso en las islas
Galápagos, poeta en Oomrawutte, francmasón en Haití.
Y, además, León López Halcón, llamado también
El Venado, bananero en Barranquilla, muerto en gang en Connecticut, frente
al Chase. Fauna tediosa que juega al tertulión innocuo y al Royal
Reserch incesante y profético. Europa con su blancura y su abstracción
está sola en la playa. No hay la novela de afganistán ni
la metafísica americana. Europa hizo la cultura. Y aquel verso:
tenemos que fingir hambre cuando robemos los frutos. ¿Hambre fingida?
¿Es eso lo que nos queda a los americanos? Aunque no estemos ni
en armonía ni en ensueño, ni embriaguez o preludio: el toro
ha entrado en el mar, se ha sacudido la blancura y la abstracción,
y se puede oír su acompasada risotada baritonal, recibe otras flores
en la orilla, mientras la uña de su cuerpo raspa la corteza de
una nueva amistad.
1948
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