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| ---------------------Filosofía de Folletín. Por Christian Busquier. | |||||||||
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Breve
e incompleto estudio de esa forma prostibular y encantadoramente popular:
el folletín.
Todo
tiene una ley, nada sucede por casualidad: los deseos del público
y la estructura del mercado interactúan con las tradiciones
de la intriga, dando vida a una “forma” que tenemos la
obligación de identificar (Humberto Eco): el folletín.
La
aventura forma parte del patrimonio humano. Es hija de la imaginación
y deriva de adventire: lo que ha de venir, la búsqueda de algo
diferente.
Generalidades
de un género… Benito Mussolini (como ya hemos dicho) era divulgador de las ideas del superhombre nietzscheano por ejemplo, y fue también autor de varias obras de narrativa folletinesca. Lo que obligatoriamente nos lleva a preguntarnos si habrá entre nuestros políticos alguno que previamente escriba lo que después lleva a la escena como un imperfecto Richelieu, un Rochefort o una Milady de Winter. Tal vez. En todo caso, la arena política argentina (y mundial) describe y supera con creces cualquier ficción folletinesca… Pero
volvamos a lo que nos preocupa realmente en este momento… Eco
divide a la historia de la novela popular en tres períodos: Esta
influencia llega hasta nuestros días de manera que podríamos
pensar en una cuarta etapa, a partir de 1938 con la aparición
de Superman de Jerry Siegel y Joe Shuster para Action Comics, donde
se abre un nuevo capítulo con la era del cómic o historieta
como material de “lectura popular y populista”. No podemos
pasar por alto que artesanos de la historieta como José Luis
Salinas adaptaron obras famosas como El capitán Tormenta (1938)
de Salgari, Los tres mosqueteros (1939) de Dumas, La pimpinela escarlata
(1944) de la Baronesa de Orczy, entre muchas otras obras “populares”.
Sin ir mas lejos es posible encontrar aquellos temas recurrentes en
el folletín en obras como Batman Año Uno o El regreso
del caballero nocturno de Frank Miller, en el Watchmen de Alan Moore
o en las pequeñas piezas de arte que fueron Ernie Pike y Mort
Cinder de Héctor Oesterheld y Alberto Breccia, otro tanto con
Corto Maltés de Hugo Pratt. La serie Origin (Marcel) de Jenkins/Kubert/Isanove
sobre el personaje de Wolverine, no es otra cosa que un dramón
sobre un hijo no querido, una herencia (de sangre) maldita, amores
imposibles y los propios problemas (licantropía de por medio)
que desencadena ese hombre mutante con garras retráctiles.
Pero lo cierto, justamente es que resulta ser algo más de un
dramón y puede sorprender al lector. En Batman Luz de gas de
Augustyn/Mignola/Russell/Hornung, el encapuchado es apresado injustamente
y vuelve al mejor estilo Montecristo para poner en orden una ciudad
Gótica de 1889. Batman – Houdini también deambula
sobre la idea de una ciudad Gótica a finales del siglo XIX
dividida entre el ocio de una aristocracia pedante, el nuevo rol de
la mujer en la esfera social, el maltrato de niños y una figura
antagónica que se regodea con la sangre de sus víctimas.
El Joker puede pensarse como una moderna acepción de Fantomas.
Resulta
entonces que negar que el folletín es una consumada pieza de
relojería es negar en todo caso que tras una escritura, en
principio servil hacia un lector, se esconde una poco moderada exaltación
casi anarquista de un deseo no resuelto a nivel social por una sociedad
que prefiere (obviamente) leer en el revés de un diario o entre
el ocioso discurrir de una tarde, las desventuras de un sinfín
de rufianes, héroes de poca monta y mucho brío que escalan
aquello que ellos mismos secretamente anhelan (justicia, venganza,
intrépidas correrías, y por qué no hasta asesinatos
y robos) Y
sin embargo, tan caro es en estos días encontrar un villano
a la altura de los tiempos (y de las situaciones infelices con las
que tropiezan), como caro es encontrar un héroe que no modele
un perfecto traje de Amani sino un exacto e imperturbable traje echo
con las medidas de un Sue, un Dumas o un Fleval, un Rohmer, un Allain/Souvestre,
un Leblanc, o un más reciente Fleming o un Charteris. Y tras
la negrita que adorna una escritura refinada pero implacable en sencillez
y acción, se esconde un secreto filosófico único
e inmortal (y no confundir, que se haya olvidado no quiere decir que
haya fallecido). Veamos… Con un pulso claro e incisivo puede magistralmente embelezar los ojos del lector y no perder ni por un momento la atención sobre la acción, que se desenvuelve de manera misteriosa y, aparentemente, fruto del azar. Esto es pura vena de literatura popular, y como podemos apreciar una vena rica en contrastes, un paseo distinguido por un callejón plagado de aventuras. Leblanc
(1864-1941) publica su primer cuento sobre Arsenio Lupin allá
por 1904 cuando Pierre Laffite (director de Je sais Tout) le encarga
un cuento para su revista recién fundada. Aceptado el encargo,
Leblanc entrega un original titulado El arresto de Arsenio Lupin.
A esa primera aventura habrían de seguirle cincuenta aventuras
más, que entre cuentos y novelas suman unos veinte volúmenes.
Lupin aparecerá ante el lector bajo personalidades diferentes
como Horace Volmont, Louis Valmeras, Vizconde Raoul d´Andrézy,
etc. Arsenio Lupin parece tener el don de la ubicuidad (curiosamente
Fantomas padece del mismo mal), y le ocurre al lector lo mismo que
a su enemigo mortal, el inspector de la Suretê, Ganimard: cuando
cree haberlo apresado, cambia de personalidad y se le escapa, como
el agua entre los dedos. Pero Lupin es pura energía, exaltación del ideal francés del caballero seductor y aventurero; no es un Robin Hood pero tampoco un criminal asesino como es el caso de Fantomas. Roba, sí, miente, sí, engaña, sí, pero sin derramar una gota de sangre, y es capaz de arriesgarlo todo por una causa que lo valga. Hay un secreto de verdad oculto tras el pensamiento folletinesco, y es que justamente no oculta su intención, la expone como un sentimiento embriagador, mezcla de trágica condición humana frente a un mundo de penalidades por la causa que entonces lo gobierna, la aventura es su verdadera y única religión. Ian Fleming comienza su notable Golfinger con las siguientes palabras: “Con dos bourbons dobles en el cuerpo, James Bond estaba sentado en la sala de embarque del aeropuerto de Miami pensando acerca de la vida y la muerte. Matar gente formaba parte de su profesión. Como eso nunca le había gustado, cuando tenía que matar a alguien, lo hacía lo mejor que sabía y luego lo olvidaba. Como agente secreto con el raro prefijo doble 0 – la licencia del Servicio Secreto para matar-, era su deber ser tan frío respecto a la muerte como un cirujano. Si sucedía, sucedía. La compasión era poco profesional; peor aún, era carcomerse el espíritu sin necesidad.” Fleming (1908-1964) se muestra como un artesano de su oficio, un maestro de incalculable precisión, y de un toque de belleza tan sutil como soberbio. En el final de Doctor No (junto a Desde Rusia con amor una de sus mejores novelas) escribe: “Bond puso una mano sobre su pecho izquierdo y apretó con fuerza. Cogió la mano cautiva y herida y la puso en su cuello. Las bocas se encontraron y se unieron explorando. Por encima de ellos las velas comenzaron a danzar. Una gran mariposa esfinge había entrado por una de las ventanas. Revoloteó en torno a la araña de cristal. La joven abrió los ojos y miró ala mariposa. Apartó su boca de la Bond. Le aliso el pelo hacia atrás y se levantó; sin decir nada bajó las velas una a una y las apagó. La mariposa salió revoloteando por una de las ventanas. La muchacha se quedó de pie lejos de la mesa. Se desabotonó la blusa y la tiró al suelo. A continuación, la falda. Bajo el resplandor de la luna, ella era una estatua pálida con una sombra en el centro. ” La
novela popular o folletín puede manejar un código estipulado,
reunir en un esquema los accidentes esperados, pero siempre supera
con creces la imaginación de su lector (o espectador). El que piense que esto es una tarea sencilla, se equivoca. “Proyectando su inmensa sombra / sobre el mundo y sobre París, / ¿qué es ese espectro de ojos grises / que surge del silencio?/ ¿Es posible que sea tú, Fantomas,/ merodeando por lo tejados?” - (Robert Desnos, “Fantomas”) - Es
en 1911 cuando el editor Arthéme Fayard les encarga a Pierre
Souvestre y Marcel Allain una serie de cinco novelas fantásticas
con un tema en común. Siendo la primera novela, “Fantomas”,
un éxito. Las continuaciones (a menudo dictadas por los autores
para ahorrar tiempo o escritas en un par de días) eran esperadas
con impaciencia. Treinta y un novelas en torno al maquiavélico
personaje. Y lo que sobrevive a Fantomas como bien marca John Ashbery
en el prólogo de la reciente re edición de Fantomas
por Mondadori, es una atmósfera, un estado de ánimo,
un lugar. Tradición que se remonta a Sue con Los misterios
de París (1842) o a Ponson du Terrail con su héroe maléfico
Rocambole (1854). Y es así también en las novelas seriadas de Sax Rohmer sobre Fu Manchú, donde el mal se presenta inclemente y ávido de ejercer su maldad. A diferencia de Rohmer (y esto es lo que dota a la obra de Souvestre & Allain de una atmósfera terrible), la sociedad en que se perpetran estos crímenes nunca está libre de alguna culpa; la aireada aristocracia, la sencillez de una prostituta o el hábitat inmaculado de un artista: la sombra del mal cae inclemente sobre todos. Y la sombra del folletín se extiende hasta nuestros días…
Athos,
Porthos y Aramis, ése iba a ser el título de la edición
original, que sin embargo vio la luz bajo el de Los tres mosqueteros
en el folletón del periódico Le Siècle del 14
de marzo al 14 de julio de 1844. Una novela de capa y espada con la
que el periódico quería contrarrestar la influencia
y el entusiasmo que otro folletón había despertado en
el corazón parisino: Los misterios de París de Eugenio
Sue, publicado el año anterior por otra empresa periodística,
el Journal des Debats. No olvidemos que nuestros cuatro amigos añoran la falta de ese inmenso hombre en la continuación de Los tres mosqueteros que es Veinte años después, cuando tienen que vérselas con su sucesor: el mezquino Mazarino. Y es la figura de Aramis la que se devela en El vizconde de Bragelonne como el gran manipulador de la política, el hombre que posee la lucidez para llevar adelante su idea de Francia como estado gobernante. Dumas trabaja con meticulosidad la figura de “el bello tenebroso” (Athos) y de “La belle dame sans merci” (Milady). Volvamos a pensar en el cómic y en la figura de Bruce Wayne/Batman y la de Celina Kale/Gatúbela o la malévola Poison Ivy, solo un ejemplo de lo que utiliza el folletín y que proviene de los tiempos de la novela gótica.
Son las historias que han perdurado a lo largo de los años, donde late el verdadero placer del folletín: las venganzas no se olvidan, la sangre sobre la hoja de una espada solo se lava con otra estocada y Fantomas sigue impune su carrera artística sobre los tejados de una París que arde en llamas. Lamentablemente poco ha sobrevivido de este espíritu en el cine, que se ha ocupado de machacar más en las proezas físicas de una vuelta carnero a tiempo y se ha olvidado de la verdadera filosofía del folletín. El
hombre de la máscara de hierro que tanto cine se empeña
en acuñar como una sórdida historia entre reyes y hermanos
gemelos, es solo un capítulo de El vizconde de Bragelonne.
De la obra Los tres mosqueteros solo suelen ocuparse de la primera
mitad del libro, de la anécdota de los aretes de la reina y
del desliz de Buckingham. Pocas veces se ha llevado a la pantalla
la ejecución de Milady y pocas (o ninguna) preserva ese triste
y melancólico final: “Y dejó caer su cabeza entre
sus dos manos, mientras dos lágrimas corrían a lo largo
de sus mejillas. Que Leonardo DiCaprio ponga cara de bochorno en su máscara de Luis XIV o que Chris O´Donell pronuncie de manera defectuosa (más parecido a un gángster de una con James Cagney) el nombre de sus camaradas de armas no alcanza para devolver al folletín lo que tanto le ha dado al cine.
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¿Dónde está tu amigo Chaleck?... ¡Hablá
o te encano! La fotografía pertenece a Georges Guérin. La producción a Gaumont. Edmond Bréon encarnaba al inspector Juve, Georges Melchior a Fandor, Renée Carl en el papel de Lady Beltham, Yvette Andrejor como Josphine/Hélène, y Renée Navarre como Fantomas. El resultado: un serial que de ninguna manera resulta una novedad pero en el que Feuillade tuvo el mérito de tratar la materia tosca de la novela con un divertido brío y una desenvoltura delicada, dejando en el juego lo necesario, resaltando la figura de Fantomas, y no relegando la acción de los policías. Las escenas de persecución y acción son inolvidables y los finales de cara capítulo dejan abierta una incógnita. La atmósfera de las novelas se traslada sin una intención de “reconstruir” una época, sin embargo, la imagen estilizada y las situaciones son aprovechadas al máximo. Los films de la serie fueron solo cinco: Fantomas o Fantomas va a la Guillotina (basada en la novela recientemente re editada), Juve contra Fantomas, El muerto que mata, El policía apache, El falso magistrado. Apareciendo los dos primeros en 1912 y los otros tres entre 1913 y 1915. Revisar hoy este material de escasa circulación resulta tan placentero como entretenido, y sigue palpitante en aquellos fotogramas un fiel traspaso de la novela popular al cine. La materia del folletín es siempre variada y rica en matices. De la acción que la alimenta se desprende cierta visualización cinematográfica, hay una clara puesta en escena y los climas y atmósferas son tan importantes como precisos. En 1912 los estudios Pathé producen Los misterios de París, en medio de una época fecunda para el folletín en el cine francés. Leónee Perret filma L´enfant de París (Gaumont, 1913) con un éxito considerable de público y crítica. El mismo Feulliade vuelve con éxito y una singular propuesta en dos típicos seriales de folletín: Judex (1916) según la novela de Arthur Bernède y Les vampires (Los vampiros, 1915-1916). El realizador Louis Gasnier (Las peripecias de Paulina, serial con Peral White de 1914) alguna vez explicó: “No solo tenía que dirigir estos seriales, sino (…) imaginar también estas abracadabrantes aventuras. Cada uno de estos episodios acababa de un modo angustioso para los espectadores. Siempre tenía que inventar lo que iba a pasar y esto no era fácil. Siempre estaba obsesionado con el final de los capítulos.” … La progresión dramática era invariablemente la misma a partir del final del primer episodio, dejando siempre al héroe en una situación difícil: el héroe se salva, persigue a sus acosadores y vuelve a caer en una situación desesperada. Cada episodio formaba un conjunto perfecto, donde el desenlace se dejaba para la semana siguiente; comienzo, nudo de la acción, mitad de desgracia de la historia. Hoy podemos ver estos films en su completa duración y sin cortes, sin embargo mucho de esto se aplica en la escritura para televisión (series y telenovelas, por ejemplo). Pensemos un momento en el Batman de Lambert Hyllier de 1943 o en el de 1966 con Adam West. Cada episodio además de su propio misterio, hacía adelantar un nuevo paso del relato hacia su culminación. De este modo había un misterio general y varios misterios secundarios. Sin embargo, ya desde 1908 los franceses le habían dedicado al serial folletinesco un título: Nick Carter; serial compuesto de seis capítulos y dirigido por Victorin Jasset. Entre 1964 y 1965 Eddie Constantine (protagonista de Alphaville) volvería a dar vida a este investigador. Pero es sin duda alguna Feuillade quien le otorga al serial una categoría plástica y narrativa distintiva. En Gran Bretaña por ejemplo entre 1910 y 1913 se producían Las aventuras de Dick Turpin. Estados Unidos lanza en 1914 dos seriales que marcarían un hito en la historia del género: Las peripecias de Paulina de Gasnier y El misterio del millón de dólares de Howell Hansell. Italia y Dinamarca hicieron lo suyo respectivamente con obras como: Jack l´Apalache de Eugenio Testa y Gar-El-Hama de Robert Dinesen. Otros buenos ejemplos del pasaje de la novela popular al cine son claramente los seriales de: Dick Tracy sobre el personaje creado por Chester Gould en 1931; Mandrake y El hombre enmascarado, ambos personajes de Lee Falk de 1934 y 1936 (ya en los noventa El hombre enmascarado o The phantom tuvo su muy respetable vuelta a la pantalla grande de la mano de Billy Zane y de un serial para televisión en formato de dibujos animados en la estética de Aeon Flux). Flash Gordon sobre la obra de Alex Raymond con la imperturbable cara de Larry Búster Crabbe. De Superman y Batman (de Bob Kane, 1939) ya hemos hablado. Quedaría en el tintero Tarzán el hombre mono sobre el personaje de Edgar Rice Burroughs, El Santo de Leslie Charteris (que también tuvo su revisión en los noventa de la mano de Philip Noyce y Val Kilmer) y el genial Doctor Fu Manchú sobre las novelas de Sax Rohmer interpretado entre otros por Warner Oland, Boris Karloff y Myrna Loy, que habían sido los protagonistas del excelente film de 1932 La máscara de Fu Manchú de Charles Brabin. Los seriales devenidos de la figura del folletín más clásico completan una lista interminable que puede pasar del héroe de capa y espada, al maléfico villano y de este a Tom Mix, Buck Jones, El llanero solitario, El Zorro o Buck Rogers. La lista es enorme y algunos de los nombres que se destacan como realizadores son: Ray Taylor, Jasset, Gasnier, Ford Beebe (quien dirigió uno de los pocos films realizados sobre el personaje de Leblanc, Arsenio Lupin), Reeves Eason, Robert Hill, Yakima Cannut, Wallace Grissel, Spencer Gordon, Albert herman (Los misterios de Nueva York o la mano que aprieta), Wallace Fox, entre otros. Fantomas tuvo su Feulliade, su Jean Marais (Fantomas contra Scotland Yard, 1967), su Louis De Funes (Fantomas y Fantomas against scotland Yard de 1966) y hasta su F. W. Murnau que en 1922 dirigió una peculiar versión del personaje de Souvestre & Allain, con Lya de Tutti y Alfred Abel (Phantom o El nuevo Fantomas). Nada puede decirse sobre la suerte de Arsenio Lupin. Y es que, como dice Eco, sobre el personaje de Leblanc pesa un equívoco cinematográfico. Que “se debe a las diferentes interpretaciones que se nos ha dado de Lupin, como la de Robert Lamoureux, por ejemplo, ex chansonnier, buen chico, alegre y burlón a la vez, que sale siempre airoso, se divierte y punto. Lo cierto, es que Lupin era un personaje mucho más complejo; ante todo no siempre todo le sale bien, acaba en al cárcel como un tonto por galantería o por amor y cuando ve a su enemigo Sherlock Holmes palidece, pierde el control y suda.” A diferencia de James Bond o Simón Templar, el pobre Lupin tiene un destino trágico, pues en cuanto se enamora, la amada se le muere o lo abandona. El serial de Ford Bebbe de 1944 con Charles Korvin o el film de Jack Conway de 1932 (Arsene Lupin) con John Barrymore y Lionel Barrymore, no logran dar al personaje de toda su magnificencia y su interés dramático. Un dato curioso es el hecho de que el actor español Narciso Ibáñez Menta en 1961 hizo para la televisión argentina de Arsenio Lupin. Otras
obras fílmicas y televisivas sobre Lupin fueron: Arséne
Lupin (Brasil, serie de 1957); Arsène Lupin joue et perd de
1980 y dirigida por Alexandre Astruc; Arsene Lupin (1916) dirigida
por George Loane Tucker y escrita por Francis de Croisset y Kenelm
Foss, con Manora Thew, Kenelm Foss y Gerald Ames como Arsene Lupin.
Francis de Croisset vuelve a escribir Arsene Lupin en 1917 para Paul
Scardon donde Earle Williams hacía de Arsenio Lupin. No detenerse
en el animé japonés Lupin III a menos que quiera encontrarse
con un Lupin que roba submarinos nucleares, viste un poco elegante
saco rojo y unas pobladas patillas, y cuenta entre su banda con un
samurai. Sin embargo, podemos pensar en una época en que el espectador podía soñar cómplicemente dentro de la sala de un cine mientras seguir las aventuras de sus personajes predilectos. Quién puede olvidar las personificaciones que hicieron de El Zorro Douglas Fairbanks Sr. Y Tyrone Power respectivamente en los films La marca del Zorro de Fred Niblo de 1920, y nuevamente La marca del Zorro de 1940 de Rouben Mamoulian sobre la novela de Jonshton McCulley The Curse of Capristano, con el inolvidable antagónico de Basil Rathbone. La versión de 1975 de Duccio Tessari sobre el personaje y con el protagónico de Alain Delon para Zorro hoy puede verse con algo de nostalgia y mucha paciencia. Pero, el mismo Alain Delon, había personificado al personaje de Dumas en la versión de 1963 de El tulipán negro, logrando una de las mejores y más divertidas trasposiciones de capa y espada surgido de un folletín al cine. Scaramuche de 1952 de George Sidney es una extraña joya que rebosa vitalidad y un sincero espíritu sobre la obra homónima de Rafael Sabatini. El guión de Ronald Millar y George Froeschel reviven en espíritu y acción lo mejor del folletín, respaldados por las actuaciones de Stewart Granger, Janet Leigh y Mel Ferrer. Sabatini vuelve al cine junto a Errol Flyn en la magnífica Captain Blood de 1935, de Michael Curtiz. Philippe de Broca logra dos buenos ejemplos de lo que el cine puede hacer del folletín, primero con su Cartouche de 1964, con un impagable Jean Paul Belmondo y una siempre bella Claudia Cardinale. El guión original de Charles Spaak, P. de Brocca y Daniel Boulanger, transcurre en la Francia del siglo XVIII y cuenta la historia de un pícaro criminal a la usanza de Robin Hood. El segundo caso, estrenada en la Argentina como En guardia!, deviene de la adaptación al cine de la obra de Paul Fleval El Jorobado o El caballero de Lagardere. Protagonizada por Daniel Auteil (El adversario) y Vincent Pérez (Indochina, Cyrano de Bergerac), resulta un correcto pasaje de los temas clásicos del folletín: traición, asesinato, venganza, romance, y por supuesto, duelos a espada limpia, esgrima del más alto nivel y un toque secreto de acero mortal. Y queda una deuda pendiente con el Sandokan y sus tigres de la Malasia de Emilio Salgari, del que solo nos llega una miniserie para televisión italiana con Adolfo Celi y Kebir Debi como el pirata de Mompracen… y otro tanto para el Rocambole de Ponson du Terrail, cuya versión fílmica más destacada data de 1962, en la producción francesa dirigida por Bernard Borderie, y no es mucho decir… Otra suerte tuvo la obra de Dumas, destacándose el film de George Sydney de 1948 Los tres mosqueteros, escrito para cine por Robert Ardrey, con los protagónicos de un demasiado exaltado Gene Nelly, Vincent Price como Richelieu, Lana Turner como Milady, Van Heflin como Athos y Angela Lansbury como la reina Ana de Austria. Este film se destaca no por la actuación de sus protagonistas sino más bien el compromiso hacia la obra de Dumas, queriendo por primera vez en el cine adaptar la novela prácticamente en toda su extensión y complejidad. La versión de 1974 de Richard Lester, Los tres mosqueteros, con guión de Georges McDonald Fraser (también escritor de novelas de aventuras cuyo personaje es Harry Flushman, un espía aventurero), logra plasmar con deliciosa gracia parte del espíritu original. Interpretada por Oliver Reed (Athos), Charlton Heston (Richelieu), Raquel Welch (constante Bonacieux), Richard Chamberlain (Aramis), Michael York (D´Artagnan), Christopher Lee (Rochefort), Geraldine Chaplin (Ana de Austria) y Faye Dunaway (Milady), Peter Finlay (Porthos), el film respeta, con ciertas libertades, la extensión y la complejidad de la novela de Dumas. Lester filma enseguida (1975) Los cuatro Mosqueteros como secuela del film de 1974 y en 1989 The return of the Musketeers solo con parte del elenco original haciendo una adaptación bastante libre de Veinte años después. Peter Hyams (Atmósfera cero, Time Cop), también realizó su versión de los mosqueteros en The musketeer en el 2002 y aún esperamos su estreno por estas tierras para ver los resultados. El inglés James Whale (Frankenstein, The bride of Frankenstein) filma en 1939 El hombre de la máscara de hierro, con Louis Hayward como Luis XIV y Warren William como D´Artganan. El film era una comprensible remake del hecho en 1929 por Allan Dwan con Douglas Fairbanks Sr., y en ambos se puede apreciar un cierto interés por la obra original aunque como en todas las adaptaciones sobre este tema, las asociaciones son libres, ya que El hombre de la máscara de hierro es solo una de las subtramas que trabaja Dumas en El Vizconde de Bragelonne. The man in the iron mask de Mike Newell (Cuatro bodas y un funeral, Brasco) de 1977 fue una producción para televisión con el protagónico de Richard Chamberlain que se recuerda con cierto cariño. Y… Por favor olvide el lector la reciente versión de El hombre de la máscara de hierro de Randall Wallace con Leonardo “atrápame si puedes” Di Caprio, Gabriel Byrne, John Malcovich, Gerard Depardieu y Jeremy Irons. Como así también, esa consecuencia deforme de Young Guns de Christopher Cain en pleno siglo XVII con Chris O´Donnell, Kiefer “24 horas” Sutherland, Oliver Platt y Charlie Sheen, intitulada Los tres mosqueteros, de 1993 y dirigida por Stephen Herek. Ambos films son dignos bastardos de cómo el cine puede destruir el espíritu del folletín y ni hablar de la obra de un escritor. El caso de El Conde de Montecristo en el cine también es vasto y generoso (no tanto con la obra como sí en su cantidad de versiones), destacándose el film de Rowland Lee de 1934, escrito por Philip Dunne y Dan Totheroh, con Robert Donat y Elissa Landi. Jean Marais (Fantomas, La bella y la Bestia) hizo lo suyo en la versión francesa de 1954, dirigida por Robert Vernay y Louis Jordan también en la versión de 1961 de Claude Autant-Lara, sin destacar demasiado. En 1975 Chamberlain vuelve a ser convocado para hacer un personaje de Dumas, esta vez como Edmundo Dantés en The count of Montecristo de David Green, con Tony Curtis, Trevor Howard y Louis Jourdan. Chamberlain también compuso a un exacto Aramis en la serie de films de Lester sobre los mosqueteros. Nuevamente el nuevo siglo nos arroja a una playa desconocida en busca de un tesoro y una venganza, solo que esta vez Montecristo desciende en globo sobre una fiesta, resulta irreconocible cuando solo usa una barbita candado y no muestra ni una cana después de haberse comido tantos años en la isla de If… Pero nadie lo reconoce, tal vez ni siquiera el propio Dumas lo haría. Y uno no se cansa de preguntarse porque el cine contemporáneo carece de la gracia y la desenvoltura de aquellos realizados por Lester, Sydney, Feuillade o un Niblo. ¿Dónde esta la gracia, la delicadeza de un Granger, un Fairbanks, un Kelly y hasta un Chamberlain? Kevin Reynolds (Robin Hood Príncipe de ladrones y Waterworld) no pudo contestar esto en su reciente revisión de El conde de Montecristo, titulada a secas: Montecristo. Una lástima. Pocas veces el cine ha atravesado la cáscara que parece envolver el alma del folletín, tomando de este solo las posibilidades más estancas, volviendo un arte consumado en una disciplina plagada de piruetas y convencionalismos. Y el folletín como hemos dicho trabajo sobre los convencionalismos, pero sus personajes (de ahí su éxito popular y su mirada populista) suelen rebelarse a los encasillamientos que proceden y preceden a la transposición fílmica. De esta manera solemos perdernos del momento en que D´Artagnan (luego de haber perseguido y auspiciado, junto a sus tres compañeros mosqueteros, la ejecución de Milady) inca su rodilla ante ese gran antagonista (seguramente en Charlton Heston descansa la mejor caracterización hecha en cine) que es Richelieu, y le ofrece sus servicios. Entonces ¿qué nos queda de este personaje en el cine? Una marioneta alegre y vivaracha que se limita a ensartar gente a diestra y siniestra, justamente cuando Dumas se encarga de cargarle las tintas para que no sea un personaje hueco y un simple malabarista de la esgrima; hay una transformación en el joven iniciado que llega de la provincia cargado de sueños (también la hay en sus tres compañeros) que pocas veces (sino ninguna) se ha visto en el cine. Pensar
que Montecristo es solo la historia de una venganza es quedarse con
la pirotecnia y olvidarse de la pólvora y las chispas…
en todo caso habría que decir que es la historia de UNA VENGANZA,
y la historia universal nos ilustra cada día con un ejemplo
de esto: pensemos en el caso Dreyfuss del siglo pasado por ejemplo.
Es la historia de UNA VENGANZA y la historia de UN HOMBRE que termina
creyendo que su trabajo (esa venganza) es una obra divina para terminar
comprendiendo su pequeñez ante el amor redimido de una MUJER.
Vuelvo sobre el encapuchado nocturno y pienso en las serie sobre Batman
que son El regreso del señor de la noche (DK1) y DK2 de Miller/Janson
y Varley, o Kingdom Come de Mark Waid y Alex Ross, donde este personaje
entiende que su tarea esta muy por encima de una simple limpieza de
ciudad Gótica. Hay films notables que trabajan limpiamente sobre el folletín, ya hemos hablado de ellos, explotando todos sus elementos más kichts: hijos bastardos, traiciones terribles, duelos a muerte, amores rescatados, héroes decididos, villanos imposibles, mujeres angelicales o suaves demonios envueltas en seda, estocadas y explosiones, e intriga, intriga y más intriga… Un gusto particular por la aventura y las tramas enredadas… Por las correrías a media noche y los billetes de alguna dama perfumados con el dulce veneno del amor o de la traición…
Con mucho agrado podemos decir que el cine francés en los últimos años ha vuelto a trabajar sobre cierta vena folletinesca con films como Pacto con lobos de Christophe Gans (Crying Freeman), donde se le adosan a las intrigas palaciegas típicas un concierto de artes marciales, sectas asesinas, prostitutas que son agentes del vaticano y algún que otro monstruo del bosque (Dumas tenía un relato de 1857 El guía de lobos donde trabajaba sobre el tema de los lobos en la Francia del siglo XVII), siendo el resultado un film de excelente factura y preciso equilibrio entre el suspenso y la aventura. Gans vuelve al género en la reciente The adventurer (2003) sobre la historia de un marino (Billy Crudup). Pitof con Vidoq hace lo suyo rescatando a un policía bien folletinesco de la mano de Gerard Depardieu en una trama plagada de vueltas de tuerca y elementos fantásticos, mientras el ya mencionado Jean-Paul Salomé juega entre la comedia y el folletín en Belphégor, le fantôme du Louvre del 2001, con Michael Serrault y Julie Christie. Y seguramente, todos esperamos ansiosos, que alguien se apiade de nuestra alma mortal, y festejamos con alegría y júbilo cuando nos enteramos que Batman 5 (Intimidation) ya está en carrera de la mano de Christopher Nolan y Christian Bale (El imperio del sol, Equilibrium, El reinado del fuego, American Psycho); cuando un Arsenio Lupin vuelve al ruedo y Fu Manchú estuvo al menos en la mesa de trabajo de Alex de la Iglesia. También se espera con renovado placer el estreno de esa proeza literaria olvidada llamada Peter Pan, de J. M. Barrie (1860-1937), ahora en versión fílmica según la mirada de Paul J. Hogan (El casamiento de Muriel, La boda de mejor amigo) promete un Peter Pan de carne y hueso y tal vez un acercamiento más fiel a la obra de ese dramaturgo y novelista escocés. Es que el folletín desata el niño que todos llevamos dentro, podemos cargar con una máscara y descargar mandobles a diestra y siniestra, viajar al planeta Mongo, a una selva africana, ser un capitán intrépido o un pirata de Mompracen; vestirnos de negro y robar alguna joya exótica y quién no tal vez hasta cometer un cruel asesinato y salir impune. El folletín festeja lo que una pieza de relojería diseña con un cuidado artesanal: intriga, suspense, acción, aventuras… Material que un público devora con avidez… Al momento de acercarse a un folletín debería tenerse presente esa impronta sugerida por Georges Melies que dictaba: “Y si podemos reproducir lo que vemos ¿por qué no también lo que soñamos? Muchos nombres han quedado fuera de este acercamiento al folletín y a todos ellos, sus obras mediante, les ruego una sincera disculpa. Y anhelamos el día en que se vuelva a ver una sombra, suene un disparo y un encapuchado salte desde el techo de una casa y alguien angustiado grite: ¡Fantomas!
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