---------------------Desescribirlos.-- Por Javier Diment.

Archivo:
Guiones
Entrevistas
Cine y literatura.
Columnas
Colaboraciones
Reseñas

Suplementos:
Extrabrut
Dr. Acula

Talleres de guión
Links
Prontuarios

"Un pintor decía "yo para pintar me tengo que violar permanentemente". Después que se te pasó la euforia de los descubrimientos, seguís pintando o haciendo lo que sea, por una decisión de ponerte en zona de riesgo, que implica dejar la comodidad, cualséa tu comodidad: prender la tele, tomarte una raya, salir por la noche, decir cosas ilustres, hacer una familia... es todo lo mismo en ese nivel. La diferencia es entre poner el automático y estar vivo, y es muy difícil eso. Para estar vivo te tenés que forzar, porque toda la inercia te lleva a poner el automático."

Daniel Maruki Martucci. Revista Sexicangrejo número 7.

 

(Bajar en Word)

 

La escritura.

El todo me está escribiendo. Toda la historia de la humanidad, y el universo actual en pleno, confluyen en la escritura de mis ojeras, el ritmo con que tecleo estas líneas, la manera de crujir mis dedos. Me toco la cara, y leo los rasgos que la historia de la humanidad talló en mí. Siento los pómulos salientes que escribió el absoluto del tiempo y el espacio, todos los muertos de todas las épocas, todos los vivos de esta. Todo.

El absoluto del tiempo y el espacio te está escribiendo. Está escribiendo la tensión de tu entrecejo mientras leés estas líneas, la curvatura de tu espalda.

Yo te estoy escribiendo. Estoy señalándote y te escribo. Estoy tallando en el espacio tu posición, y en el tiempo tu pensamiento.

Llevá una mano a tu mejilla: estás tocando un texto que viene escribiéndose desde el Big Bang, desde la preeminencia y desaparición de los dinosaurios, desde la Revolución Francesa.

Aquellos que participan activamente de los entramados de poder nos escriben. Son los encargados de direccionar la escritura que nos hace, según sus intenciones. Manejan nuestra conducta cotidiana, nuestro pensamiento, nuestros hábitos de consumo, nuestras posiciones y capacidades amatorias.

Aquellos que manejan los almanaques nos manejan. Disponen el cuándo hay más o menos tráfico en la calle; el cuándo el compacto de las energías de la gente que puede trabajar se diluye, se relaja; el cuándo grupos inmensos de personas se concentran en torno a alguna de las imágenes que dibujan el concepto de Divinidad; el cuándo celebramos, bebemos, bailamos. Almanaques, o medios de comunicación. Los que dirigen la línea editorial de los diarios escriben nuestro concepto de la realidad. Los que definen la programación de un canal de televisión llevan a los jóvenes a relacionarse como los de El Gran Hermano, cuyas relaciones fueron a su vez escritas por Verano del 98. Nos escriben.

 

Una tesis, a manera de ejemplo.

Hans M. Enzensberger apuesta una tesis. Dice sintéticamente esto: Un fabricante de fósforos produce equis cantidad de cajitas. Cada una cuesta 5 centavos al fabricante. Las vende a 50 centavos, y de esa diferencia extrae su ganancia.

Un canal de televisión (pensemos en televisión de aire), invierte, por poner un número, cien millones de dólares por mes, y tiene una planta de trabajadores, un edificio, producciones, y mucha tecnología, al servicio de ofrecer un promedio de 15 horas diarias de programación. Y el espectador no le paga un centavo. ¿Cuál es su negocio?

El esqueleto de la programación de un canal de tv no está constituído por los programas, sino por las tandas publicitarias.

El cliente del canal de TV no somos nosotros, sino las empresas que compran publicidad. Nosotros somos la mercancía que el canal le vende a las empresas para que estas le paguen sus dineros.

Ese esqueleto (la tanda) hay que vestirlo. Hay que hacer programas. Para que haya gente que mire la tanda. Y consuma lo anunciado en esa tanda. Un canal (un programa), que se queda sin espectadores, se queda sin mercancía que ofrecer a sus clientes.

Los programas, la carne de ese esqueleto, deben escribir al espectador, tallarlo, convertirlo en un consumidor de sus productos. Los guionistas (actores, directores...) de esos programas, inventan un espectador, una persona que viva de determinada manera, que se relacione de determinada manera con el prójimo, y esas dinámicas de relación, esos pensamientos que te escriben, diseñan una forma de vida que te convierte en consumidor de esos productos, y si ya lo sos, te confirman, te empantanan.

Diseñan su mercancía.

Millones y millones de personas en todo el mundo no conciben sus vidas sin mirar su dosis diaria de televisión. Los que participan activamente en los entramados de poder de esos canales (de esos trust multimediáticos) los están escribiendo. Nos están escribiendo.

 

Desescribir.

"Sé que ellos están construyendo una civilización, pero yo estoy acá, desescribiéndoles". (W. Burroughs, citado por Martucci).

Multimedios, gobiernos, estructuras religiosas y de conocimiento, grupos económicos, etcétera (pero no un largo etcétera: un etcétera corto e identificable, aunque móvil), nos escriben. Qué hago, a qué hora, mis costumbres, actividades, puntos de vista, todo escrito por Ellos. Vos, yo, simples y míseros guiones. Fáciles guiones.

Desescribirlos empieza por verlos, reconocerlos, entender sus códigos, sus recursos estructurales, sus dispositivos narrativos. Y trabajar distanciándose de esas estructuras, probando otras. No soluciones (a saber si existen, o si existe como concepto válido aquel denominado "solución"): posiciones.

Dónde me paro a mirar cara a cara a los guionistas, a intentar entender y desembarazarme de ese YO que ellos me escribieron, me escriben.

Es trabajo.

Mucho.

Una de sus herramientas principales es nuestra tendencia al piloto automático. Tendencia que ellos mismos nos escribieron. Escapar de esa huella es arduo. Nos la vienen haciendo desde el nacimiento, desde antes, desde siempre. Trabajar. Ir contra el piloto automático que nos escribieron, que nos están escribiendo. Rompernos. Quién no se preguntó, alguna vez, cómo es que a tanta gente puede gustarle tanta película de mierda, obvia, reiterada. Tanto programa de televisión. Piloto automático. Nos dejamos escribir, nos reconocemos en esa escritura porque la tenemos clavada. Pensamos en sucesiones de palabras, cadenas asociativas unidireccionales. Aristotélicas. Sistemas de exclusión. Esto es una cosa o la otra. Causa-efecto. Cualquier relato que nos confirme que la vida es así nos tranquiliza, nos "gusta". Nos escribe. Cualquiera que nos distraiga de eso, que nos desplace, aburre, irrita.

Para ver, hacer, disfrutar de otro tipo de relato hay que trabajar. Estamos ya muy escritos. No es rápido el proceso de desescritura. De corrimiento de esa línea que somos. Asociaciones simultáneas. Ejercicios de corte y plegado desarrollados por Burroughs. Películas de Godard, de Buñuel... El silencio. Desnudar una imagen. Ver, dejando de lado la bruma que nos distancia de la imagen a través de la sobredosis de imágenes con que estamos siendo permanentemente abotargados. El estudio e incorporación de lenguajes jeroglíficos simples. Ir en contra de las reacciones automáticas ante las palabras, imágenes, estructuras narrativas. Sustraerse con detenimiento de los sistemas de control castigo – premio... Ejercicios. Búsquedas. Esfuerzos.

 

Aristóteles y Ellos.

La estructura aristotélica clásica en tres actos nos escribe. Cuando los estudiantes de guión empiezan a conocerla, a profundizar un poco, es muy común que sientan esta idea como descubrimiento: "Claro, es como la vida, como si hubiese sacado la estructura narrativa natural de la vida de una persona y la hubiese traspuesto a la tragedia, a la película".

No.

Hay Ellos que nos escriben a la medida de aquella estructura. Y nosotros, tranquilamente, pagamos la entrada, los impuestos, el diezmo, el cable, para que nos sigan escribiendo.

La estructura atenta contra la mirada. Contra la mirada crítica, abierta, despojada. Contra el pensamiento propio, autónomo. Manejar la estructura, sus dispositivos, sus recursos, profundizar en ella, subvertirla, ejercitar la búsqueda de alternativas, puede ser una buena herramienta de desescritura. O de sumarse al ejército de Ellos que nos escriben.

O de encontrar matices, si los hubiera.