------------------------Cumbres Borrascosas . -- Por Javier Diment.

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Hay un brete en que no entro: si me piden que recomiende una novela o película de amor, inmediátamente respondo Cumbres Borrascosas.

Películas, en realidad, porque de las seis que se filmaron sobre la novela de Emily Brontë (1), dos son maravillosas: Las de Billy Wilder (Cumbres Borrascosas –Wuthering Heights—,1939) y Luis Buñuel (Abismos de Pasión, 1954).

En 1847, una de las hermanas Brontë (otra, Charlotte, se hizo conocer con Jane Eyre) publicó esta novela, donde se ponen en juego unas pasiones más que descarnadas, en unos paisajes cargados de belleza y amenaza. Con el correr de las generaciones los lectores de Cumbres Borrascosas se la fueron apropiando de diferentes maneras: novela del amor absoluto, decían los Románticos entre escupidas de sangre; del Amor Llave, los surrealistas en su transe dictaminador; de terror gótico y sobrenatural, los adoradores de Lovecraft; melodrama perfecto para telenovela, los gerentes de programación; etcétera, etcétera ... (2)

Bueno, cuestión que entre tantas otras, salieron estas dos películas. Tanto placer por verlas (la de Wyler la habré visto 72 veces en las trasnoches de ATC, siempre diciendo no, no la vas a ver de nuevo, mañana tenés que madrugar...), me lleva a pensar por qué. Y no digo que vaya a sacar conclusiones, pero sí a arriesgar unos desordenados tópicos.

2002 (3)

En primer lugar, no puedo evitar una pregunta: ¿Qué pretende el amor, o qué pretende uno del amor? ¿Tranquilizarse, perderse en lo oculto, construir un yo más cómodo, permitir a una presencia que nos lleve a nuestro bicho más peligroso, el más exaltado, potente, extremo? ¿Vencer a la muerte, como decía Macedonio Fernández, o crudamente perpetuar la especie, como decía Schopenhauer?

Andá a saber.

Sin intención de dar respuesta a esto, me corro un poco y hablo de lo que aprecio en una "película de amor". No busco tranquilidad. No busco la respuesta que inequívocamente dan las comedias románticas, su definición en términos de género: que cuando el amor despierta es peligroso para el entorno, pero cuando los personajes logran instalarse en él, permite a la sociedad restablecerse sin serias modificaciones (a lo sumo logrando un suegro algo más tolerante y un novio algo más conservador).

Más ganas me dan de meterme en la piel de aquellos personajes cuyas pasiones, conflictos o dinámicas de funcionamiento, los empujan más y más a un abismo misterioso, insostenible para el apenas estar vivo, tanto que los llevan a salvar esa tonta barrera llamada la muerte, y con ella a destrozar todo límite, o destrozarse allí. Personas con crueldades mayúsculas cuyas motivaciones tengan origen en su pasión, no con pequeñas maldades irreprochables, construidas en la ansiedad por su sí mismo. Gente que no utiliza el amor para mejor adaptarse, sino que por la misma violencia de ese amor no logra hacerlo. Hermosos enfermos mentales que, a medida que avanza la trama, nunca dejan de sorprenderte y te llenan de inquietud, desazón, desesperación, maravilla.

1939.

Empieza la segunda guerra mundial. Se suicida Lisandro de la Torre. En el Rio de la Plata el capitán Langdorff, del Graf Spee, decide volar su nave para que no la capture el enemigo británico. Luego se suicida en Buenos Aires. Mueren más de 100.000 personas en el terremoto de Anatolia, Turquía.

Y se estrena Cumbres Borrascosas, de William Wyler.

No está mal ese recurso clásico de contextualizar el año a través de ciertos sucesos importantes. Funciona para darse cuenta las pequeñeces en que tantos de nosotros nos detenemos apasionadamente. Imaginate, el comienzo de la segunda guerra mundial, más cien mil personas muertas en un terremoto, versus el estreno de una película de amor.

Y así funcionan muchas veces las pasiones. Rompiendo desaforadamente los contextos establecidos por el sentido común, por el paisaje que te rodea, por las posibilidades que se abren y son enceguecidas por las imposibilidades que nos impone nuestra contextura psíquica.

Charles Mac Arthur, Ben Hetch y, sin firmar, John Huston, adaptaron la novela de Emily Brontë, para una película dirigida por William Wyler, producida por Samuel Goldwin, con música de Alfred Newman, y fotografiada por Gregg Toland, (quien poco tiempo después sería el DF de El Ciudadano). Y se convocó a Merle Oberon, Laurence Olivier y David Niven para los papeles principales. Todo un seleccionado. La apuesta era alta, y el resultado estuvo a la altura. Un relato cuya perfección fluye imparable, y te hunde sin detenerse un instante. La calidad de los diálogos ("No hables, Heatchcliff: todo esto podría desaparecer"), las actuaciones llenas de sugestión y silencios oscuros, la estética expresionista haciendo estallar un blanco y negro conmovedor, qué se yo... tremenda. Todo funciona maravillosamente. Una gran película, con un solo inconveniente: Hollywood. Este dream team tenía que jugar un tipo de juego, y no tenía demasiada libertad para correrse de él. Por lo tanto, fue necesario que las pasiones extremas, las características de los personajes, sus motivaciones, se atemperen.

O bueno, no lo llamemos inconveniente, pongamos que sea una característica de funcionamiento. Porque contra la adaptación no hay quejas. Hicieron un gran trabajo para dar una duración viable a una novela que, de no recortarle subtramas, personajes y situaciones, hubiese dado para miniserie.

Pero lo puntual es que, al margen de esos recortes, y del gran trabajo de diálogos que ya mencionamos, Cathy no podía ser esa chica salvajemente egoista, rastrera y manejadora de la novela. Es decir: sí, pero menos. Porque era necesario hacer queribles a las estrellas ante el público masivo, y sabemos que esta categoría es de límites estrechos. Entonces Merle Oberon es caprichosa, pero tiene un buen corazón. Laurence Olivier es violento, pero básicamente en términos de que la injusticia se dedicó a maltratarlo, y por lo tanto su nobleza natural debió esconderse en un rincón de su expresión. No como Heatchcliff, mucho más violento, mucho menos justificado, un torturador empedernido y desalmado del prójimo y de sí mismo. Todos los personajes son lo suficientemente previsibles como para no alejarse de los canones aceptados por la Academia, es decir, por el público masivo, o sea aquél formado por dicha institución. No es el espíritu de la novela esté ausente. Pero se nota un trabajo en hacer que los personajes no dejen de seducir.

 

1954

Esto era lo que le molestaba a Buñuel, que durante 23 años tuvo en boxes un guión basado en Cumbres Borrascosas, escrito con Pierre Unik, y no lograba filmarlo.

En el 54 se inaugura el Festival Internacional de Cine de Mar del Plata, termina la guerra en Indochina, Fangio gana en Berna el campeonato mundial, se suicida Getulio Vargas, "el Perón brasilero".

Y Buñuel logra estrenar Abismos de Pasión, su versión de Cumbres Borrascosas, pendiente para su espíritu desde sus épocas surrealistas. Es que en este tipo de historias y personajes, el maestro era un especialista. Recordar a Arturo de Córdoba en Él, su ir más y más adelante, o a Fernando Rey en Ese Oscuro Objeto del Deseo, y gritar por cada pasito que da, sabiendo que de esa misma manera se pierde uno, permanentemente, pero sin espectadores. Por lo menos cada vez que uno se suelta, no mide, se zambulle.

De estas dos versiones Buñuel hizo la más cruda. Trasladó la acción a México, lo cual ya aporta violencia (no se puede comparar unos actores hablando en español mejicano, rodeados de riquezas en un contexto de tanta miseria, con oír a Olivier, Oberon y Niven en esos decorados producidos por Goldwin). No se preocupa por Hollywoodizarla, sino que rescata sobre todo el espíritu extremo de los personajes. No hace ningún esfuerzo en hacer "querible" a Heatchcliff, porque lo quiere como es, violento, inadaptado, resentido, y profundamente enamorado. No se esfuerza por dar a Catherine pinceladas de "humanidad", porque la quiere como es, caprichosa, histérica, jodida, frágil, y profundamente enamorada. Además, la brecha de la diferencia social entre ellos dos se hace más notoria.

El trabajo de adaptación es memorable. No tanto en la delicadeza de los diálogos, (caso de la versión Wyler), sino en tanto ejemplo de cómo un guionista puede tomar la historia original, desarmarla, cambiar todo lo que se le ocurra, destrozarla incluso por momentos, siendo más fiel al espíritu de la obra que otra adaptación, muchísimo más literal en lo argumental.

Buñuel decide algo muy interesante: en lugar de agarrar la historia e ir sintetizando en las distintas etapas (infancia-juventud-adultez-muerte-siguiente generación-etc.) toma la historia desde el regreso de Heatchcliff, y hasta muy poquito después de la muerte de Cathy. Con la primera de estas desiciones toma una apuesta muy riesgosa, una desición que en Hollywood hubiese sido imposible o imperdonable tomar: no cuenta la infancia de Heatchcliff y Cathy. Es decir, no se centra en la gran justificación de las motivaciones de estos personajes. Por lo tanto, no empieza la película haciéndolos adorables para todo el mundo, de manera tal que luego se les perdone todo gracias a esa sensación inicial. No, él apuesta al misterio del personaje recién llegado, y a que, contrariamente, la parte "humana" se vaya desprendiendo de los personajes luego de haber sido presentados como tremendos y extremos. Además, colabora con una de las instancias latentes de la historia, que con acertada insistencia señala Andrea Di Cione: la zona del incesto. Que de las versiones, extrañamente, esta que no los muestra criándose juntos la sugiere más. Sobre todo en el espanto que provoca esa relación en el entorno, y en las oscuridades del pasado de Heatchcliff, y su rechazo por la memoria de su padre, opuesta al afecto de la versión de Wyler.

Y encima, después, le inventa un final. Un final fuerte, que junta lo onírico, lo mágico y lo violento, el delirio y la profunda realidad. Y que, en relación con la novela, se anticipa al final de esta en por lo menos 20 años, dejando afuera toda la descendencia que este muchacho arrastró a la infelicidad, pero sobre todo, a la felicidad que, en la novela, encuentran finalmente las víctimas de su amor.

Ambas modificaciones, (no son las únicas, pero sí las más notorias en términos estructurales), hacen que la película sea adaptación de aproximadamente la tercera parte de la novela de Brontë. Porque lo que intentó no fué repetir un argumento, sino transponer un clima, unas pulsiones, y para eso le bastó con ese fragmento.

Dice Buñuel en "Mi último suspiro" que su gran problema fueron los actores: el productor le exigió trabajar con un elenco que había contratado para una comedia musical. Y sí, el punto flojo está allí: hay que hacer un cierto esfuerzo para entrar en código. Hay que forzarse a aceptar como verosímiles esas malas actuaciones. De telenovela vieja. Actores con un repertorio expresivo muy pobre. Y que por momentos logran tirar abajo el trabajo de guión, los diálogos, y sobre todo las relaciones. Es dificil aceptarles una vida a los personajes compuestos por actores de esa categoría ínfima.

Una vez que se logra dejar un poco de lado eso, lo que aparece es buenísimo. Unos diálogos impecables, agudos y sórdidos. Unas motivaciones entre lo infantil y lo sublime. Un gran trabajo de adaptación. Con muchísimos cambios respecto de la novela, pero que logra no correrse del espítritu borrascoso de Bronté. Y, aunque no estaba demasiado conforme con el resultado, Buñuel afirmaba que la suya era una adaptación más fiel que la de Wyler. Igual hablamos de historias de amor, así que dejemos la fidelidad para otras discusiones.

 

EPÍLOGO.

Películas de amor. Películas que cuando llorás no pensás mirá que tarado, esta pavada me hace llorar. Ni pensas nada: solo llorás, feliz en tu dolor, dolido en el de los personajes. Una opción a la pelea entre emoción y sentimentalismo. O entre el romanticismo en los términos que se vende ahora, y el romanticismo carnal, apasionado, difícil y peligroso de Cumbres Borrascosas.

Del amor que viene a cambiar la vida, no a acomodarla. De destrozar el piloto automático, cueste lo que cueste.

 

 

1- 1920, Inglesa y muda, dirigida por A.V.Bramble.
1939, Estadounidense, de William Wyler. Con Laurence Olivier, Merle Oberon, David Niven, etcétera,.
1954, Mejicana, de Luis Buñuel, se llamó Abismos de Pasión.
1970, dirigida por Robert Fuest, yanqui-inglesa, con Timoty Dalton.
1985, de Jaques Rivette, Francesa, adaptada por Pascal Bonitzer.
1992, también yanqui-inglesa, de Peter Kosminsky, con Juliette Binoche y Ralph Fienness, en la que no me detengo porque para qué.

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2- De hecho, además de una telenovela mexicana producida por Televisa, se han hecho telefilmes, miniseries, historietas, obras de teatro, radionovelas, y hasta aquella canción de Kate Bush con que nos bombardearon en los 70-80 (Heathcliff it's me, Cathy come home, I'm so cold, let me in-a-your window).

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3- Bush (George) en pleno delirio belicoso, ola de secuestros en la Argentina, Lula gana las elecciones en Brasil, gestos desesperados de los chechenos en Rusia, etcétera, etcétera.

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Un sitio interesante en Internet sobre Emily Brontë, Cumbres Borrascosas y sus versiones para cine, en español: http://usuarios.tripod.es/bronte28/index2.htm