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| ---------------------Sobre clones y clonados. --- Por Pablo Castellanos. | |||||||||
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Desde que era tema exclusivo de la ciencia-ficción, hasta hoy que es recurrencia sensacionalista en los informativos, la clonación (y la manipulación genética en general) ha sido estímulo para creadores y ha cautivado a todos los públicos. Tenemos clásicos de la literatura como Un mundo feliz de Aldous Huxley, Los niños del Brasil de Ira Levin y La isla del Doctor Moreau de H.G. Wells, en las que se han basado películas, incluso más de una, en el caso de Moreau. También la adaptación que hizo Spielberg sobre Crichton y su megafauna jurásica, y las dos versiones de La Mosca. Son obras que deben el total o gran parte de su argumento a este tema, que con el tiempo, de mera especulación teórica pasó a ser técnica pulida de laboratorio.
Pero como en todo asunto donde predomina un conocimiento vago y confuso, y carga con el estigma de "pecar contra la naturaleza", se vuelve objeto de necios prejuicios y rechazos. Por esto, y en vísperas del estreno de El ataque de los Clones, sería bueno saber de qué estamos hablando cuando decimos clonaciones.
Ese no sé qué del oscurantismo Una vez estaba en el campo observando a un peón rural que carneaba una oveja. No era el único mirón: a nuestro alrededor había cuatro o cinco perros que no quitaban el ojo. Después del desangrado y del desollado, vino lo mejor. Con un largo tajo cortó el abdomen, y súbitamente se abrió un abanico de entrañas. Tomó con las dos manos el triperío, y lo arrojó a un lado, donde se precipitaron los relamidos compañeros. Mientras miraba, me imaginaba una maligna y numerosa fauna de parásitos de esos que pululan entre las vísceras, los comen los perros, y luego nos los contagian. Para mi sorpresa, agrega el peón: "Ve, esto es lo que dicen que no se le puede dar a los perros". Información, por lo menos no le faltaba.
Años después, observando igual faena en otro rincón del país, mientras los perros se disputaban hígados e intestinos plagados de hidatidosis, el joven que carneaba arranca el corazón, le corta la punta, y lo arroja a los canes. "Esto es para no sufrir del corazón... al menos es lo que dicen". No sé quien fue que dijo: "Con qué facilidad le gente cree en cosas que son fácilmente rebatibles, y cómo cuesta que la gente acepte cosas que son fácilmente demostrables".
Es curioso, ¿no? Los temas que están llenos de misterio, producen una fascinación irresistible. Para algunas personas son hasta motivo de entrega mística o de pasión ocultista. Extraterrestres, lobisones (1) y aparecidos, zombis o brujas, y un largo etcétera que da para todo. Pero los temas que entran en ese orden de conocimiento humano llamado ciencia –que no es sino la razón aplicada metódicamente para satisfacer la curiosidad– generalmente producen aburrimiento o desilusión. Creo que el planeta Marte interesaba más cuando los astrónomos creían ver canales construidos por adelantadísimas civilizaciones, que ahora que hemos posado laboratorios portátiles en su superficie. Por un lado es lógico. El conocimiento acota la imaginación, le saca el encanto misterioso a lo ignoto. Pero tampoco es cosa menor que un antropoide se proyecte fuera de su planeta y traiga una piedra de la luna. Aunque ya no sea una diosa, ni la habiten selenitas, por lo menos por nuestra proeza, deberíamos maravillarnos ante la luna llena.
No menos digno de fascinación es que ese inquieto antropoide que de tanto mirar estrellas descubrió galaxias, cuando dirige su curiosidad hacia adentro descubre la claves de la vida. Dejémosle por lo menos jugar un rato, sin apelar a oscurantismos.
Nada nuevo bajo el sol
Doña Inés va de visita a lo de doña María. Al entrar por el enjardinado frente de la casita, exclama "¡Ay mi santa, qué lindos que tenés los malvones!, ¿no me das unos gajitos?". Doña María le regala cuatro o cinco gajos de su malvón favorito. No de los rosados ni los rojos pálido. Del rojo carmín. Cuando doña Inés los planta en sendas macetas y luego brotan, no se extraña de que todas las plantas den pétalos rojo carmín. Insólito le hubiera resultado obtener malvones de distintos colores cuando todos los gajos eran de la misma planta. Es que doña Inés tiene el concepto intuitivo de lo que es un clon.
Materia, energía e información Para levantar una casa no alcanza con tener una pila de ladrillos y tirarle arriba unas vigas de hierro, arena, cemento Portland, agua, caños, cables, baldosas... y para que el conjunto luzca mejor, unos cuantos tachos de pintura. Inútil sería que alrededor de ese caos constructivo unos cuantos albañiles hagan fuerza, transpiren, gasten litros de combustible encendiendo motores de poleas y grúas sin ton ni son. Para que tanto gasto y pérdida de tiempo tenga sentido falta algo que ordene los materiales y las fuerzas: los planos del arquitecto y un constructor que sepa interpretarlos. Información.
Lo mismo ocurre en la formación de un ser viviente. Sin información adjunta a un sistema capaz de interpretarla y desplegarla, tendríamos un amasijo de proteínas, grasas, azúcares, minerales y agua, que sería cualquier cosa menos vida.
Células y tejidos La unidad de la vida es la célula; ese pequeño laboratorio donde se dan las condiciones para que se produzcan todas las reacciones químicas determinadas por la información que ella contiene. Muchas veces con una sola célula basta, como en bacterias, protozoarios o algas microscópicas. Otras veces, un grupo numeroso de células se reúne formando un conglomerado o colonia, y con eso basta. Pero otras veces, se agrupan en conjuntos o tejidos celulares homogéneos e independientes que se especializan en determinada función vital. Y de tan especializados que están, no podrían subsistir si no estuvieran asociados con otros tejidos que cumplan funciones complementarias. Así se forman estructuras vivientes de organización compleja, como los malvones, los perros, los hombres y las babosas.
Genes, ADN, etcétera Genes, ADN, cromosomas, son palabras que todo el mundo asocia a la información biológica. Pero veamos… El ADN (sigla del ácido desoxi-ribonucleico) es la unión de unidades moleculares especiales, que se encadenan entre sí formando unos delgados y larguísimos filamentos (en realidad, un doble filamento contorneado como un tirabuzón). Para tener idea de su longitud, si unimos todo el ADN que contiene una sola célula humana, tendremos una hebra de más de un metro de largo. Las unidades moleculares que lo forman no son muchas, pero se alternan en todo tipo de combinaciones a lo largo del filamento, creando una secuencia de claves o códigos irrepetibles. Igual que una cerradura de combinación, cuyos dígitos que van del 0 al 9 permiten formar innumerables combinaciones. Este código informático, mediante un fascinante sistema digno de la más sofisticada ingeniería bioquímica, es luego interpretado o decodificado por el resto de la célula. De este proceso depende cualquier nivel de organización biológica.
A los genes, podríamos definirlos como un segmento de ADN responsable de la formación (cuando ese increíble mecanismo celular lo decodifica) de ciertas sustancias que controlarán cuanto suceda en la célula.
Los cromosomas serían unas cápsulas alargadas, unos bastoncillos, dentro de las cuales se encuentran los larguísimos filamentos de ADN. Si estos estuvieran sueltos y no contenidos en los cromosomas, se convertirían en una maraña de nudos inextricables. Los cromosomas tienen formas variadas. Unos son más largos, otros cortos, muestran estrangulamientos en distintos lugares, etc., pero siempre repiten su forma exterior de a pares. Y el número y forma de estos pares es característica propia de cada especie: los pinos tienen siempre doce cromosomas (seis pares), y cada par con su forma propia. Los humanos tenemos cuarenta y seis, dispuestos en veintitrés pares cada uno con su forma característica.
Reproducción
Reproducción asexual Cuando una célula se va a reproducir (ya sea una célula independiente o la de un tejido), sencillamente se divide en dos. Primero se duplican los cromosomas; cada uno hace una réplica de sí mismo. Después, cada juego de cromosomas (los originales y sus copias) migran a extremos opuestos de la célula. Se produce un alargamiento de la misma, un estrangulamiento por la mitad, y se separan. Si el resultado de esta división es la célula madre y una hija idéntica, o se trata de dos células nuevas e idénticas, es cuestión retórica. A mí me gusta imaginármelo como un continuum viviente sin reparar en conceptos humanos tales como maternidades o filiaciones. Lo que queda claro es que asexualmente se propaga el mismo material genético. Esto permite que tanto las células libres como protozoarios y bacterias tengan continuidad, así como que los tejidos sean más longevos que sus células individuales.
Clones, genotipo y fenotipo
Si nos rebanamos un pedazo de pierna y lo ponemos en una reposera frente al mar, o en cualquier otra condición propicia de vida, difícilmente a partir de ese pedazo nuestro se regenere un organismo idéntico. Pero esa cualidad que no tenemos nosotros, sí la tienen –entre otros- los malvones de doña María. En biología se llama clon a un conjunto de organismos idénticos en su información genética por provenir de un organismo en común. Se dice que son del mismo genotipo. Esto no implica necesariamente que cuando se desarrollen sean idénticos entre sí. Los malvones que dejemos en la terraza castigados por los vientos invernales, van a ser de un verde más oscuro, hojas y tallos más gruesos y de porte achaparrado. Los que crezcan adentro y reciban el suave sol a través del ventanal del living, serán larguiruchos, más claros y frondosos. Es lo que se llama diferencias ambientales o fenotípicas.
Reproducción sexual La reproducción asexual puede ser muy práctica y simple. Reproduce eficientemente identidad, pero tiene la gran limitación de no producir variabilidad. Para garantizar la continuidad y además ganar en variabilidad, es necesario reproducirse no en formas idénticas, pero si análogas. Para ello la naturaleza cuenta con la sexualidad (sí, todos tus problemas se originan en este truco de la naturaleza para que tu descendencia no tenga la desdicha de ser igual a ti). Consiste, básicamente, en la ultra especialización de ciertos tejidos para producir ciertas células que tienen sólo un cromosoma de cada par. Los humanos por ejemplo, que tenemos cuarenta y seis cromosomas (veintitrés pares), producimos óvulos (ellas) y espermatozoides (ellos) de veintitrés cromosomas desapareados. Cuando se dan las condiciones propicias (esta vez las más propicias de todas), y se junta un óvulo con un espermatozoide, se junta también el juego de cromosomas desapareados de la madre, con el juego complementario proveniente del padre. Así tendremos una nueva célula con cuarenta y seis cromosomas en veintitrés pares; pero de cada par, un cromosoma proviene del padre y el otro de la madre. Luego esta célula inicial se reproduce sucesivamente por división simple (asexual) hasta formar un conglomerado de células todas idénticas (como una colonia de células). Este cuerpo sigue creciendo hasta que algunas de sus células inactivan ciertos genes, lo que da como resultado nuevas generaciones de células diferenciadas, o sea, la diferenciación de tejidos. Lo demás es conocido. Crece, nace, y repite...
Hecha la ley, hecha la trampa Testarudo don Prometeo. ¿Y qué pasa si yo agarro un óvulo, y en vez de fecundarlo con un esperma, le vacío su contenido de cromosomas, y en su lugar le coloco todos los pares de cromosomas completos de un individuo predeterminado? El nuevo organismo tendrá toda la información genética de ese individuo seleccionado. Tendrá idéntico genotipo que el del organismo que queremos propagar. Se trata de utilizar los mecanismos de la reproducción sexual, pero por medio de este ingenioso artificio, reproducimos asexualmente. El principio teórico es sencillo, desarrollar la técnica fue más costoso... pero hoy ya tenemos a Dolly (¿vieron que no es un monstruo sacado del averno?), e ainda mais.
Los niños del Brasil
Ahora que me acuerdo de qué venía esta página web, el cine y la literatura trataron muchas veces este tema, incluso cuando era simple ciencia ficción. Desde el lúdico Spielberg buscando en un mosquito fósil células sanguíneas de dinosaurios con el ADN intacto para crear un parque jurásico, hasta los neonazis de Los niños del Brasil.
Elijamos el argumento de la novela homónima de Ira Levin en la que se basó esta película, no sólo porque es el más siniestro, y eso es bueno, sino porque representa el aspecto más oscurantista de la clonación, que es justamente lo que quiero desmitificar con la luz clara y aburrida de la ciencia. Dijimos que la oveja Dolly no era ningún monstruo ¿no?, es una pobre oveja como cualquiera de las que pastan inocentes sobre la penillanura uruguaya mientras se llenan el hígado y los pulmones de hidatidosis. Pero qué pasa si Herr Doctor Mengele, el "Ángel de la Muerte", con ayuda de otros criminales de guerra, lograra a partir del ADN de Adolfo Hitler, clonar a tan temido líder nazi. Muchos imaginan la automática reproducción de la persona de Hitler. Podríamos hacer cinco mil clones, cinco mil hitlercitos. Cinco mil niños autoritarios y gritones en alemán y en grado histérico.
Este concepto errado se basa en que no se tiene en cuenta el principio de individualidad del ser. Podemos tener hermanos gemelos idénticos, que se producen natural y accidentalmente por división del embrión, y en los hechos prácticos equivale a una clonación. Serán iguales físicamente, tendrán muchas facultades mentales, rasgos de carácter, predisposiciones y gustos similares (aunque fueran criados por separado); pero no nos cabe duda de que cada uno es cada uno. El ser, no sabemos bien qué es, pero lo experimentemos permanentemente, y como experiencia sí sabemos que es único e irrepetible.
Si Hitler se hubiera clonado cinco mil veces, a los quince años hubiera tenido que bancar cinco mil crisis de adolescencias, que aunque sea por llevarle la contra a tan rígida figura paterna, unos se harían comunistas, otros homosexuales, y quién te dice... algunos hasta judíos conversos. Me podrían rebatir diciendo que con una educación alienante, por lo menos la mayoría saldrían fieles nazis. Es cierto. Pero también es cierto que Hitler no necesitó de clones para su Tercer Reich. Logró manipular y mandar a la guerra a uno de los pueblos más cultos de Europa. En época de crisis, los que se ponen a estudiar con criterio científico los fenómenos económicos y sociales que la provocan, sólo logran pequeños espacios en la prensa alternativa. Pero los hábiles que logran que los demás confundan las consecuencias con las causas, inventen un chivo expiatorio y remuevan primarias emotividades humanas, pueden convertirse en los dueños del mundo.
La clonación, como la manipulación genética en general, puede ser una imprudencia, como un niño que acaba de descubrir el fuego y juega con un arsenal de pirotecnia. Debemos tener cautela. Pero si en algún momento nuestros clones resultaran peligrosos, será justamente porque son nuestros clones y no por ninguna maleficencia intrínseca a la ciencia. En vez de tantas consecuencias sombrías, yo prefiero pensar en esas personas que tienen que ir tres veces por semana a bancarse cuatro horas en un centro de diálisis. ¿Qué tal si dentro de poco le sacan una célula y le fabrican un riñoncito de probeta?
(1) N. del E: Aquí dice Lobisones, con "s". Y yo lo corregí a lobizones, con "z". Pero Pablo Castellanos me mandó un mail. Me convenció de dejarlo con "s", y no puedo resistir la tentación de transcribir su carta. Me parece una obra maestra en su estilo, y creo que es muy útil para ir conociendo a nuestro colaborador. Una vez que lo conozcan, cada uno de ustedes sabrá por qué vereda caminar cuando se acerque. Ahí va:
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