Una
especie de misteriosa añoranza, de deseo apenas confesable por
su absurdo motoriza este texto de Cioran, un pensador trágico
que no ha podido ser completamente descremado por el posmodernismo.
"El Parásito de los poetas" es un texto que traza una
conexión entre la visión romántica del poeta como
maldito, y las condiciones de extrema austeridad de la creación.
El
Parásito de los poetas, (en El pensador de ocasión, Breviarios
de podredumbre de E. M. Cioran)
I.
No puede haber desenlace para la vida de un poeta. Todo lo que no ha
emprendido, todos los instantes alimentados con lo inaccesible, le dan
su poder. ¿Experimenta el inconveniente de existir? Entonces
su facultad de expresión se reafirma, su aliento se dilata.
Una
biografía solo es legítima si hace evidente la elasticidad
de un destino, la suma de variantes que comporta. Pero el poeta sigue
una línea de fatalidad cuyo rigor nada flexibiliza. La vida les
toca en suerte a los filisteos; y para suplir lo que no han tenido se
han inventado las biografías de los poetas...
La
poesía expresa la esencia de lo que no podríamos poseer;
su significación última: la imposibilidad de toda "actualidad".
La alegría no es un sentimiento poético. (Proviene, sin
embargo, de un sector del universo lírico donde el azar reúne,
en un mismo haz, las llamas y las estupideces.) ¿Se ha visto
alguna vez un canto de esperanza que no inspirase una sensación
de malestar, incluso de repulsión? Y ¿cómo cantar
una presencia cuando incluso lo posible está manchado por una
sombra de vulgaridad? Entre la poesía y la esperanza, la incompatibilidad
es completa; de este modo el poeta es víctima de una ardiente
descomposición. ¿Quién se atrevería a preguntarle
como ha experimentado la vida, cuando ha vivido gracias a la muerte?
Cuando sucumbe a la tentación, pertenece a la comedia... Pero
si, por el contrario, de sus llagas brotan llamaradas, y canta a la
felicidad - esa incandescencia voluptuosa de la desdicha - se sustrae
al matiz de vulgaridad inherente a todo acento positivo. Es Hölderlin
refugiándose en una Grecia soñada y transfigurando el
amor en embriagueces más puras, en las de la irrealidad...
El
poeta sería un tránsfuga odioso de la realidad si en su
huida no llevase consigo su desdicha. Al contrario del místico
o el sabio, no sabría escapar a sí mismo ni evadirse del
centro de su propia obsesión: incluso sus éxtasis son
incurables, y signos premonitorios de desastres. Inepto para salvarse,
para él todo es posible, salvo su vida...
II.
En esto reconozco a un verdadero poeta: frecuentándole, viviendo
largo tiempo en la intimidad de su obra, algo se modifica en mí:
no tanto mis inclinaciones o mis gustos como mi propia sangre, como
si una dolencia sutil se hubiera introducido en ella para alterar su
curso, su espesor, su calidad. Valéry o Stefan George nos dejan
allí donde les abordamos, o nos vuelven más exigentes
en el plano formal del espíritu: son genios de los que no sentimos
necesidad, solo son artistas. Pero un Shelley, pero un Baudelaire, pero
un Rilke intervienen en lo más profundo de nuestro organismo,
que se los apropia como lo haría con su vicio. En su proximidad,
un cuerpo se fortifica, y luego se ablanda y se desagrega. Pues el poeta
es un agente de destrucción, un virus, una enfermedad disfrazada
y el peligro más grave, aunque maravillosamente impreciso, para
nuestros glóbulos rojos. ¿Vivir en su territorio? Es sentir
adelgazarce la sangre, es soñar un paraíso de la anemia,
y oír, en las venas, el fluir de las lágrimas...
III.
Mientras que el verso lo permite todo, y en él podéis
verter lagrimas, vergüenzas, éxtasis y sobre todo quejas,
la prosa os prohibe expansionaros o lamentaros: repugna a su abstracción
convencional. Exige otras verdades controlables, deducidas, mesuradas.
Pero, ¿y si se robasen las de la poesía, si se saquease
su tema, y si uno se atreviese a tanto como los poetas? ¿Por
qué no insinuar en el discurso nuestras indecencias, nuestras
humillaciones, nuestras muecas y nuestros suspiros? ¿Por qué
no estar descompuesto, podrido, ser cadáver, ángel o Satán
en el lenguaje de lo vulgar, y traicionar patéticamente tantos
aéreos y siniestros vuelos? Mucho mejor que en la escuela de
los filósofos, es en la de los poetas en la que se aprende el
valor de la inteligencia y la audacia de ser uno mismo. sus "afirmaciones"
hacen palidecer los apotegmas más extrañamente impertinentes
de los antiguos sofistas. Nadie las adopta: ¿hubo jamás
un solo pensador que fuese tan lejos como Baudelaire o que se atreviese
a transformar en sistema una fulguración de Lear o un monologo
de Hamlet? Quizá Nietzsche antes de su fin, pero, ay, se obstinaba
aún en sus estribillos de profeta... Buscaremos del lado de los
santos? Ciertos frenesíes de Teresa de Ávila o Ángeles
de Foligno...Pero se encuentra demasiado a menudo a Dios, ese sinsentido
consolador que, apuntando su valor disminuye su calidad. Pasearse sin
convicciones y solo no es propio de un hombre, ni siquiera de un santo;
a veces, sin embargo, lo es de un poeta...
Imagino
a un pensador exclamando en un movimiento de orgullo: "Me gustaría
que un poeta se fabricase un destino con mis pensamientos!". Pero
para que su aspiración fuese legítima, haría falta
que él mismo frecuentase largo tiempo a los poetas, que sacase
de ellos delicias de maldición, y que les devolviese, abstracta
y acabada, la imagen de sus propias caídas o de sus propios delirios;
haria falta sobretodo que sucumbiese en el umbral del canto, e, himno
vivo más allá de la inspiración, que conociese
el pesar de no ser poeta, de no estar iniciado en la "ciencia de
las lágrimas", en los azotes del corazón, en las
orgias formales, en las inmortalidades del instante...
...Muchas
veces he soñado con un mounstro melancólico y erudito,
versado en todos los idiomas, íntimo de todos los versos y de
todas las almas, y que errase por el mundo para nutrirse de venenos,
de fervores, de éxtasis, a través de las Persias, las
Chinas, las Indias muertas, y las Europas moribundas, muchas veces he
soñado con un amigo de los poetas que los hubiese conocido a
todos por desesperación de no ser de los suyos.