---------------------El amor y las películas. -- Por Vera Land

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Mi primer novio tenía grandes ojos verdes, pestañas húmedas, se llamaba Marcelo y las pocas veces que al besarme logró meterme la lengua me dio asco. Era ocho años mayor que yo; una gran diferencia si tenés doce. Una noche fui con mi hermana al cine, cuando estábamos comprando las entradas vimos su camioneta azul, estacionada a pocos metros de los afiches que exhibían los próximos estrenos. A la salida tuve mi primera desdicha amorosa al verlo abrazado con una chica de su edad. Me saludó a la distancia como si apenas nos conociéramos.

Al año siguiente hubo un estreno al que asistió toda mi generación. La chica poseída, flotando sobre su cama, escupiendo sustancias inmundas y girando su cabeza hacia la espalda me recuerda a Osvaldo; ese moreno desalineado y drogón que soportó que le apretara el brazo durante todas las escenas escalofriantes; a la salida, bajo la luz de Pumper-Nic, se corrió un poco la manga corta de la camisa y todos reímos viendo los arañazos y marcas rojas que le cruzaban la piel.

Cuando estoy tirada en el sofá haciendo zapping y cruzo La rosa púrpura del Cairo me detengo y quiero entrar a la pantalla –donde en una sala de cine la soñadora escapa de su vida real sin emociones–; para después entrar a la siguiente pantalla donde un personaje también escapó, pero de la ficción, mientras los otros debaten cómo seguir la historia sin él. Entrar a las dos pantallas para salir después en la sala del cine con Humberto sentado a mi lado. ¿Por qué esa fue nuestra última cita? Después del cine fuimos al telo y todo salió bien pero yo estaba ofendida porque a la salida del cine él había dicho que me parecía a la soñadora protagonista. Puesto en perspectiva no parece que estuviera tan equivocado. Esa fue nuestra última cita tal vez porque a los 17 años creés que el porvenir está lleno de entrepisos de madera con velas chorreantes y encuentros de veinte horas con un muchacho especial al que apodás El Brujo. Y esa peli me trae de vuelta el olor a sol y sal del pelo azabache de Humberto la noche que nos conocimos en la playa y el olor de la nafta de su moto y el olor de la sangre por la herida abierta que se había hecho un rato antes de encontrarme. Y por último me devuelve la imagen de Humberto, de pie en la terminal, las lágrimas rodando por sus mejillas mientras lo saludo desde la ventanilla del bondi que me lleva de vuelta a Buenos Aires, un rato antes de cumplir un día juntos.

Fui con Enrique y con Perla a ver la famosa peli del chico de la moto y a la salida me separé de ellos por un rato. ¿Existió esa noche que ahora flota en el recuerdo como el cuerpo desdoblado del personaje después de la pelea en el callejón? Mis guantes verdes olvidados en la butaca se transformaron en un símbolo y en todas nuestras peleas futuras iban a aparecer como prueba de mi desamor o mi traición, como si olvidarme los guantes hubiese estado conectado con el acto de llegar a la casa de Charly –a buscar las entradas para el concierto del fin de semana– y desvestirme en la penumbra y meterme en la cama y volver a la casa de Enrique con el sol en la frente.

Y fue tal vez la tarde que salí de la sala de cine antes del final de Terciopelo azul –porque me estaba asfixiando– cuándo nos dimos cuenta de que nuestra pareja no funcionaba y que teníamos que inventar otra cosa con nuestro amor.

La primera vez que fui al cine con José duramos poco en las butacas; mientras Kevin Costner andaba por el bosque con sus flechas y sus millonarias miraditas de costado no podíamos evitar besarnos, el tiempo de estar en el cine era demasiado para interrumpir nuestro contacto, por eso –y porque a mí la peli me aburría– nos fuimos al baño del cine y nos enlazamos de pie en el compartimento individual. Cuando salimos todos se habían ido y yo había perdido mi maletín con notas, grabador y cintas con entrevistas para el siguiente número de la revista que editaba. Pero al día siguiente hubo un llamado y cruzamos la ciudad en taxi y tomamos el té con un hombre muy simpático que había rescatado mis cosas.

 

 

 

Aquí estoy, sentada frente a la computadora, el celular a un lado del teclado, escuchando Dream Theater, tomando vino, escribiendo y mirando el teléfono a cada rato, esperando que suene y esa voz que me marea diga: "Hola nena, ¿qué vas a hacer esta noche? ¿vamos al cine?"